—Un caballero de armadura plateada y yelmo de halcón se acercó a las tiendas y los estandartes. Se quitó el yelmo revelando una mata de perfectos cabellos blancos que brillaron con el sol y unos ojos vivos y astutos.—
Me llamo Griffith. Soy el líder de la Banda del Halcón.
+
+ No era cierto. Sentía odio. Dio otro paso, haciendo crujir de nuevo las piezas de metal, con la familiaridad y naturalidad de un amigo. Sereno.—
No.
—Dijo, con voz clara y tersa. Esbozó una sonrisa diminuta. Minúscula.—
Odio repetirme...
—Un viento antinatural se levantó otra vez, interponiendo esta vez los mechones blancos y perfectos entre el perro y la mirada rapaz de su amo. La capa, blanca y azul, se pegó a la armadura alada y la luz del sol se recortaba a su espalda, provocando un dramático claroscuro +
« quitártela. No hay mundo o paraíso al que puedas escapar.
Yo no puedo acabar contigo. Así que adelante, acaba con esto. Dicen que la crueldad es misericordia sobre nosotros mismos. —
Acomodó la capa cubriendo algo sus labios. Sus ojos fríos servían de cobijo al monstruo.
+ que no hacía más que acentuar esa extraña aura divina y terrible. Saboreó, o se permitió saborear aquel momento, aunque no se alteró en absoluto la expresión de su rostro, que permanecía tan frío y perfecto como una estatua de mármol. Una vez le dijo que no sentía nada. +
—Alzó la barbilla con cierta soberbia, dejando que el viento se llevara algunos rizos blancos hacia atrás. Con una calma apabullante, cambio el peso de una pierna a otra y apoyó el guantelete metálico de la armadura sobre el pomo de su espada.—
No.
—Dio un par de pasos de +
— Vamos al mismo sitio, idiota. —
Sacudió un poco la cabeza. Apenas se mantenía en pie gracias a la armadura. Solo quería descansar. Se habría quedado en la Isla, si hubiese podido.
— Mientras la tengas te seguiré persiguiendo. No por ti, por ella. Se merece descansar. —
—Continuó mirándole de la misma forma, pero en su rostro solo había desprecio e indiferencia. O quizá algo más. Bajó un poco la vista y movió los pies para encaminarse de vuelta.—
Adiós, Guts.
— Estamos atrapados aquí. Gracias a ti. Este infierno es tuyo. Vívelo, es lo que hacemos los demás.
Aunque tampoco es que puedas elegir. Ninguno podemos. —
— Nunca estarás satisfecho. Da igual cuantos reinos sometas. Cuantas doncellas tengas o caballeros se arrodillen.
El castillo siempre estará demasiado en silencio, ¿verdad?
Tampoco es que eso vaya a detenerte. —