Lo de Manu Carrasco aquí no va de espectáculo. Va de memoria, de humanidad y de entender que una canción también puede ponerse del lado correcto.
Cuando la cultura mira de frente, deja marca.
Limitaciones de volumen en la ciudad de los petardos y los fuegos artificiales "every single day" por cualquier cosa. Que tu tío José Luis aprueba el carnet de cocinero pumpumpum. Que la Lola se divorcia pompompom. Eso sí, MÚSICA... "oh Dios mío, el descanso..." @lesartsfest
Los políticos que dicen que el aire acondicionado no es necesario en las aulas son los mismos que dicen que con el sueldo mínimo se puede vivir, yo propongo quitarles a todos los aires acondicionados de sus oficinas y pagarles el sueldo mínimo a ver si así sí lo pillan.😁
No.
Sacó a toda una generación (mi generación) de los institutos para trabajar en la obra bajo la promesa de ganar lo suficiente para hipotecarse de por vida.
Unas hipotecas que acabaron siendo una losa para una generación que fue despedida y desahuciada.
Por cierto, mientras su gobierno robaba a manos llenas.
Voy a decir “casita de Bad Bunny” para ver si este tweet indexa y ahora voy a decir que a Mari Carmen, de 87 años, la está desahuciando de su casa en Madrid un fondo buitre que ha comprado su casa y le sube el alquiler a 2650 euros.
Lo único realmente interesante que vas a leer sobre La Casita de Bad Bunny.
Vaya lección de historia social y de arquitectura @Pedro_Torrijos ¡Gracias!
Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.
@MA_GarciaMartin@ComunidadMadrid Los pasteles están muy bien, pero todas las mejoras básicas que se han hecho en sanidad para estos días, deberían mantenerse. Los pasteles no, esos solo estos días, pero no juguéis con nuestra salud, por favor.
Yo no tengo ninguna duda de que hay una operación para tumbar al gobierno.
La hay desde el mismo momento en el que tumbó al gobierno de Mariano Rajoy en una moción de censura. La derecha nunca ha respetado que la izquierda pueda gobernar.
Pero para no ponérselo fácil a los que están dispuestos a cualquier cosa convendría no tener a corruptos y puteros en un ministerio y en la secretaría de organización que les dejan el camino fácil a todos los que quieren hacerlo.
La izquierda tiene que ser un baluarte y el primero en denunciar a los corruptos.
Hace no muchos años, en la sede de un partido, sito en Génova 13, se destruyeron a martillazos nosecuántos discos duros, se encontró una caja de pagos en B (entre ellos a un tal M.Rajoy) y otros menesteres.
En Ferraz 70: buscad imputad, disolved Cortes, todo lo necesario PERO
Lo de "imputar" a políticos o afines sin pruebas ¿solo vale para las izquierdas o qué?
Dejo esto aquí 👇
Lawfare: la utilización de los procedimientos legales y el sistema de justicia como un arma política para atacar, desprestigiar o neutralizar a un adversario.
‼️ Las educadoras infantiles de Madrid dan un paso más en su lucha por las condiciones laborales dignas que Ayuso y Almeida les niegan.
Hoy van a presentar un recurso contra los contratos prorrogados del Ayuntamiento que les niegan la subida salarial que ellas ya habían conseguido negociar.
Os cuento algunas cosas (abro hilo) 🧶⬇️
El festival de Eurovisión es un concurso, pero los derechos humanos no lo son.
No hay espacio para la indiferencia. Paz y Justicia para Palestina
https://t.co/WoghH3f2bg
España no tiene un problema de fertilidad. Tiene un problema de calendario.
En las clínicas de fertilidad que conozco bien, dentro y fuera de España, lo que veo todos los meses es lo mismo. La paciente española típica llega con 38, 39, 40 años. Llega tarde porque alquilar costó la mitad del sueldo, porque encadenó contratos temporales hasta los 35, porque su pareja también, porque pedir una hipoteca con 32 era ciencia ficción y porque nadie en España la felicitó nunca por querer ser madre joven.
Cuando llega, la biología ya ha decidido buena parte de la conversación. La reserva ovárica a los 40 no es la de los 30. Ningún protocolo, ninguna IA, ninguna donante, ningún congelado mágico revierte del todo lo que el reloj ya cobró. La medicina de la reproducción puede mucho, pero no puede devolverle a una mujer la década que el sistema le cobró en alquiler, en interinidad y en burocracia.
Por eso me parece deshonesto el debate público español sobre natalidad. Se habla de cheques bebé de 100 euros, de permisos parentales, de campañas. No se habla de lo único que mueve la aguja: que una pareja de 28 o 30 años pueda permitirse vivir, trabajar de forma estable y tener hijos sin pedir permiso al Estado para cada paso.
La tasa de fecundidad española está en torno a 1,1 hijos por mujer. Edad media al primer hijo, por encima de 32, la más alta de Europa junto con Italia. Eso no es un problema cultural. Es la consecuencia matemática de un país que ha hecho que tener hijos a tiempo sea un lujo.
La fertilidad asistida puede ayudar a muchas familias, y lo hace. Pero no es una política demográfica. Es un parche carísimo para un problema que se debería resolver veinte años antes, en el mercado laboral y en el de vivienda.
Sois racistas, mucho. Da vergüenza. Pero por encima de racistas, sois aporófobos. Odiáis por encima de todo a los pobres. Vengan de dónde vengan y hagan lo que hagan. Qué asco de planeta nos está quedando. Qué asco.