“¡Qué grande es el poder de la oración! Se diría que es como una reina que en todo momento tiene acceso libre al rey y que puede alcanzar todo lo que pide”.
Santa Teresa del Niño Jesús, Ms. C, 25.
Ante el odio y la violencia, como cristianos, ¿qué podemos hacer? Ante todo, es preciso rezar: nos corresponde a nosotros convertir cada noticia e imagen trágica que nos golpea en un grito de intercesión a Dios. Y luego, ayudar. Pero hay más: está el testimonio, la llamada a permanecer fieles a Jesús, que ha vencido el mal amando desde la cruz.
Las potentes armas empleadas en la guerra actual amenazan con llevarnos a una barbarie superior a la de los tiempos pasados. En nombre de la dignidad humana y del derecho internacional, repito a los responsables lo que decía el papa Francisco: ¡la guerra es siempre una derrota! Y afirmo con Pío XII: «Nada se pierde con la paz, todo puede perderse con la guerra».
En la víspera de Pentecostés, recordemos que la unidad que anhelan los cristianos no será fruto, ante todo, de nuestros propios esfuerzos. Los invito a unirse conmigo para implorar el don de la unidad del Espíritu.