Ya se encuentra en tierra venezolana el primer avión. El segundo va en camino y, en unos minutos, despegará el tercero.
Nuestro personal en el lugar nos informa sobre las necesidades que enfrentan en Venezuela. Hace falta mucho más equipo, por lo que hemos decidido incrementar la ayuda y enviar 3 aviones más, con personal, equipo e insumos.
En total, serán 6 aviones, 300 rescatistas y 150 toneladas de equipo e insumos.
Primero Dios, podamos rescatar muchas vidas y apoyar a quienes más lo necesitan.
Fuerza Venezuela 🇸🇻🇻🇪
Sentencia de muerte. ☠️🇪🇨
Sales a caminar a la playa con tu familia, buscando ese respiro pequeño que a veces salva el día. El mar está ahí, haciendo lo suyo, insistir. Y de pronto, como si alguien hubiera decidido colgarle al horizonte una sentencia, te encuentras con cinco cabezas humanas balanceándose en el aire y un mensaje del crimen organizado escrito para que nadie pueda fingir que no lo vio.
Ahí entiendes que la guerra ya no tiene uniformes ni trincheras. Tiene carteles. Tiene cuerpos. Tiene playas. Tiene Estado. Una guerra donde millones de ciudadanos miran cómo el país se desangra lentamente, no solo por el número de muertos, sino por la forma en que nos vamos acostumbrando a vivir con el miedo al lado, sentado en la mesa, durmiendo en el pasillo, respirando con nosotros.
Los hijos aprenden temprano a no salir. A calcular rutas. A bajar la voz. A correr si suena algo parecido a un disparo. Los profesores van a clases como quien cruza un puente podrido: esperando que aguante un día más. Los niños escuchan palabras que no deberían existir en su infancia —“vacuna”, “extorsión”, “amenaza”, “bomba”, “muerte”— y las repiten como si fueran parte del abecedario. Los pequeños comerciantes cierran sus negocios no por falta de clientes, sino por exceso de verdugos, porque si no pagas, te queman; si no obedeces, te rompen; si no cedes, te matan.
Y el crimen no solo mata, también educa. Enseña quién manda, quién calla, quién se encierra. Reparte miedo como si fuera ley.
Ecuador está llegando a ese punto peligroso en el que la gente no pregunta “¿cómo pasó?”, sino “¿dónde fue?”. El punto donde no hay un rincón seguro, pero tampoco hay pausa para llorar. El punto donde el país no solo sangra, se acostumbra a sangrar.
Si esta crudeza no sensibiliza, entonces estamos normalizando la desgracia. Estamos aceptando el desangre como parte del día a día. Y esa aceptación, silenciosa y cansada, es la derrota más profunda. Porque cuando el horror deja de escandalizarnos, lo único que cambia es la velocidad con la que seguimos caminando y muriendo.