Fuiste hecho a la imagen de Dios y eso significa que fuiste hecho para ver el mundo como Él lo ve, para responder como Él responde, odiar lo que Él odia y amar lo que Él ama.
El pecado no solo nos trajo sufrimientos, también vino a cegarnos al sufrimiento de los demás.
Nos lleva a ser egoístas, cortos en nuestro amor, apáticos ante el dolor de los demás y amantes de nuestra propia comodidad.
Tenemos mentes que divagan, cuerpos que envejecen, corazones que dudan, convicciones que se desmoronan. Nos derrumbamos bajo presión, nuestra porcelana tiene fisuras. ¿Quién quiere usar esa vasija rota? Dios.
Jesús se encontró con marginados sociales y les mostró compasión, y reservó sus palabras más duras para aquellos que consideraban que los «cobradores de impuestos y pecadores» eran personas que no merecían la dignidad básica de la bondad.
No sabemos cuándo terminarán nuestros tiempos de espera, no sabemos si nuestros anhelos llegarán a verse satisfechos; pero mientras esperamos, podemos descubrir la paz que da descansar en la soberanía de Dios.
El amor de Dios no depende del tiempo, ni de ocasiones, tampoco de estabilidad económica, ni muchos menos de temporadas o ubicación.
Él ama de verdad, es sincero, te amó ayer, te ama hoy y lo hará por siempre.
Somos transformados cuando estamos en la presencia de Dios con el rostro descubierto, en intimidad y vulnerabilidad. Al tener encuentros con Su gloria, somos transformados a la imagen de Dios.
Sobre el escenario se lucen las estrellas; sobre el altar desciende la presencia de Dios. Ambas cosas son incompatibles; tendremos que elegir: Estrellas humanas o impacto divino.
Fruto es hacer lo que haces sin una agenda oculta; sin amor a uno mismo; sin intentar satisfacer un deseo egoísta; sin caer en idolatría. Fruto es hacer lo que haces disfrutando del Padre, pensando totalmente en él.
No todas las luchas y batallas que llegan a tu vida son para lucharlas.
Sé selectivo con las batallas.
Porque el día que llegue una verdadera batalla, no tendrás las fuerzas suficientes.
Aprende a ignorar y a dejar que Dios pelee por ti.