Recibir halagos por tu apareciencia física está genial, pero cuando alguien te felicita por tu personalidad, tu mentalidad, tu risa o lo genuino que es tu corazón, es algo completamente indescriptible.
El fanatismo religioso esconde terribles efectos secundarios: limita la libertad, empobrece el psiquismo, incomunica, limita la autocrítica y el afán de superación, reduce la riqueza de matices de la vida y en muchos casos desemboca en la negación de la dignidad humana.