He visto el video de uno de esos influenciadores que —benditos ellos— fueron afortunados por triunfar, a pesar de haberles faltado aire al nacer. La cuestión del video versaba sobre el propósito de la universidad y —léanme esta hijueputa perla negra— «pagar por el conocimiento».
Yo no sé ni por dónde empezar, la verdad. Porque no sé cómo es que alguien puede atreverse a sugerir una «renovación de la universidad», si de entrada desconoce su origen. Socio, es que ni el hijueputa significado de la palabra «universidad» lo entienden. Desde el comienzo, las universidades han sido microcosmos de la ciudad. A Atenas no se iba porque fuera un mero punto de encuentro de sabios, sino porque era, sobre toda las cosas, un lugar que propiciaba el estudio sereno y de fácil acceso. El propósito fundamental de las universidades consiste en la creación de un cuerpo medio; es decir, que se entienda una integración del estudiante a la sociedad desde ese organismo.
Por eso lo de «microcosmos»: así como la ciudad aglutina a los hombres de distintos lugares, la universidad facilita lo mismo. Uno no va a ella para reunirse con los amiguetes de colegio que no tienen ni verguísima idea de lo que quieren, y por eso deciden estudiar administración de empresas en grupo. Se trata de ir más allá, de conocer al villapopeño que estudia cine, confrontarse con el ciudadano improbable y tener una noción más clara de lo que significa una sociedad.
Además, el aprendizaje autónomo es la cosa más vieja del mundo. Sólo porque ahora hay un robot que eyacula guiones y disyuntivas simplemente nos muestra una herramienta más útil para trabajos que no dejarán de existir. Si la universidad ha fallado en algo no es en su oferta, sino la incapacidad de hacer que sus egresados sean sociables y no piensen tan güevonamente lo que significa vivir con gente.