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Ya terminé de ver los tres primeros episodios de la tan sonada Heated Rivalry y, como hombre gay desde 1789, tengo varias cosas que decir.
Hay una tendencia clara en muchas escritoras hetero que hacen libros BL (boys love): fetichizar a niveles irreales la vida gay. Y ojo, me queda claro que ni el libro ni la serie pretenden profundizar en la dimensión histórica, política o social de la experiencia LGBT. Apenas la rozan. Y el problema es que esa casi siempre es la constante en ese tipo de historias.
Mientras veía los episodios, no podía dejar de pensar que esta historia —como muchas otras— no es más que soft porn para chicas hetero, que usan lo gay como un espacio seguro para fantasear con la sexualidad que les gustaría vivir en sus propias relaciones.
Y sí, como gays eso también nos atrae. Nos seduce lo fácil, lo edulcorado, lo estúpidamente atractivo que se ve el sexo y el amor gay en este tipo de series. Porque en la vida real no es así de simple. Es más complejo, más incómodo y no siempre viene envuelto en cuerpos híper musculados con cara de dioses griegos. Tocar esa fantasía es tentador, claro. Despierta morbo. Pero no deja de ser una idea edulcorada que hemos visto ya cientos de veces.
Hay muchas escenas sexuales en la serie que son profundamente heteronormadas, solo que con dos hombres desnudos. Lo mismo ocurre con las dinámicas sexo-afectivas que plantea, donde el sexo aparece como solución universal y confirmación automática del amor. Se nota que están escritas desde una mirada heterosexual que romantiza, trivializa y juega con su propio morbo usando lo gay. Y está bien, lo entiendo. Es válido.
Pero no representa la complejidad de ser homosexual. Ni en el deporte ni en casi ningún ámbito de la vida real.
En el capítulo dos, por ejemplo, hay una escena donde Hollander va al departamento de Rozanov. Rozanov le pide que se desnude, se acueste en la cama y empiece a tocarse, mientras él se sienta en una silla frente a la cama, con la camisa abierta y un trago en la mano (muy hetero), observándolo y diciendo frases eróticas que poco o nada tienen que ver con el sexo gay tal como se vive en realidad. Toda la escena —su dinámica, su estética, su carga simbólica— es una fantasía sexual heterosexual, solo que protagonizada por dos hombres. Era como ver algo que ya hemos visto en “50 sombras” o similares.
Sabía a lo que me iba a enfrentar con la serie, pero resulta evidente que quien la escribió no se sumergió del todo en la experiencia gay (ni LGBT) y se dejó llevar por su propia fantasía, como lo han hecho muchas autoras de este estilo.
Y vamos, el problema no es que mujeres heterosexuales escriban romances gay. El problema es desde qué lugar lo hacen. No toda historia LGBT tiene que ser Brokeback Mountain ni terminar en tragedia —afortunadamente ya no estamos en esos tiempos—, pero cuando los personajes no existen como sujetos, sino como fantasía para la mirada heterosexual femenina, el resultado termina siendo una caricatura fetichista.
Se pueden escribir historias LGBT —incluso desde una mirada femenina— sin renunciar a la complejidad: personajes con profundidad psicológica, con contexto, con contradicciones reales, no solo arquetipos emocionales puestos al servicio del deseo del espectador con sexualidad reprimida.
Ojalá en el futuro veamos historias BL escritas por mujeres hetero que no usen lo gay únicamente para dar rienda suelta a fantasías sexuales propias por considerarlo un espacio “seguro” (que eso ya es otro tema largo y necesario), sobre todo en un mundo hetero-macho que todavía restringe a muchas mujeres una exploración sexual tan libre como la que, en muchos sentidos, hemos vivido los hombres gays.
Si van a ver la serie, adelante: entretiene, sirve para pasar el rato, hay hombres guapos y muchas pompis en pantalla.
Fuera de eso, no es un guión pensado para ofrecer algo más profundo al espectador porque esa no es un finalidad.
One year ago today, we lost David Lynch.
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