Não é uma simples proibição de visita. É a pedagogia do medo sendo aplicada em praça pública.
Quando um presidente estrangeiro é impedido de visitar um ex-presidente brasileiro, a mensagem não é dirigida apenas aos dois. É dirigida a todos: ninguém se aproxima, ninguém manifesta solidariedade, ninguém desafia o círculo de isolamento imposto pelo poder.
O mais grave, porém, não é o abuso em si. É a domesticação das consciências. A cada nova arbitrariedade, jornalistas, juristas e políticos fingem discutir detalhes técnicos para não encarar o essencial: o poder deixou de reconhecer limites.
Quando o absurdo passa a ser noticiado como rotina, a tirania já não precisa esconder o rosto. Ela apenas espera que todos se acostumem.
Marco Rubio lo acaba de clavar como un martillo:
«La violencia de la izquierda no es una “protesta”. Es una revuelta de lo peor contra lo mejor. Es la pataleta de los débiles, los mediocres y los cobardes contra los fuertes, los capaces y los buenos.
Son aquellos que no saben construir, crear ni lograr nada grande… y por eso deciden vengarse del mundo destruyendo lo que otros levantaron con esfuerzo, talento y visión.
Eso es el izquierdismo radical en su esencia más pura. Da igual la etiqueta del momento: anticapitalista, antiimperialista, comunista, anarquista, marxista, “progresista” o “activista climático”. El ADN es siempre el mismo.
Es resentimiento venenoso disfrazado de “justicia social”.
Es envidia podrida maquillada de “igualdad”.
Es odio a la excelencia envuelto en banderas de “liberación”.
Su único talento es destruir.
Su única alegría es ensuciar lo hermoso.
Su único objetivo es arrastrar todo hacia abajo para que nadie brille más que su propia mediocridad.
A través de la violencia, el terror y la cancelación buscan imponer su fealdad espiritual sobre la sociedad. No es idealismo. No es utopía. Es nihilismo puro con sonrisa moralista.
El viejo dogma se equivocó: esto no viene de gente que sueña con un mundo mejor, sino de gente que no soporta que el mundo sea mejor sin ellos.
Y ya estamos hartos.
La civilización no se defiende pidiendo perdón. Se defiende nombrando al enemigo por su nombre.