Lo peor de tener ganas de escribirte es saber exactamente cómo terminaría: yo esperando una respuesta, tú respondiendo por compromiso o ni siquiera respondiendo, y yo sintiéndome peor por haber abierto una puerta que me costó demasiado cerrar.
Hoy me siento como Kafka cuando escribió: "Estoy constantemente tratando de comunicar algo incomunicable, de explicar algo inexplicable para hablar de algo que sólo siento en mis huesos, y que sólo puede ser experimentado en estos huesos".
¿Por qué siempre tengo que ser yo quien entiende, quien perdona, quien intenta arreglarlo todo? También quiero que, al menos una vez, alguien me entienda a mí y tenga miedo de perderme. Que alguien se esfuerce por quedarse, no porque se lo pida, sino porque no quiera dejarme ir.