Una mañana, mientras sacaba a pasear a este gran corazón con patas, se detuvo de golpe al pie de un arbusto. Normalmente tira de la correa con entusiasmo para correr, olfatear, explorar. Pero esa vez se quedó quieto. La mirada fija, las orejas erguidas. Y luego, muy lentamente, se acercó.
Tres pequeñas bolitas temblaban bajo las hojas. Flacas. Sucias. Abandonadas.
Apenas tenían unas semanas de vida. Dos naranjitos y un atigrado, todos apretados entre sí, buscando sobrevivir a la noche. No había una madre. Nada. Solo ellos. Frágiles. Solos. En silencio.
Quise recogerlos, meterlos en una caja. Pero él, mi perro, ese gigante a menudo torpe, se tumbó en el suelo, con el hocico pegado a ellos. No gruñó. No se movió. Simplemente se acostó allí, como si supiera que lo único que necesitaban era calor, calma, protección.
Ese día, no tomé yo la decisión.
La tomó él, por mí.
Desde entonces, no se separan de él. Duermen junto a su cuerpo, se esconden entre sus patas, trepan por su espalda como si fuera una montaña suave y viva. Él no dice nada. Los cuida. Les deja morderle las orejas, jugar con su cola, dormirse sobre su pecho.
A veces lo observo. A él, el viejo, el rescatado de un pasado difícil. Ese perro que adopté cuando nadie más lo quería, cuando decían que era “demasiado grande”, “demasiado viejo”, “demasiado complicado”. Y ahora lo veo transformado, convertido en guardián, en punto de referencia, en un papá gigante para una pequeña camada que él mismo salvó.
No son sus cachorros. Ni siquiera son de su especie. Y, aun así, los ama como si fueran suyos. Como si en esos tres seres diminutos y perdidos, hubiera reconocido una parte de sí mismo.
Hoy son una familia.
Un rompecabezas viviente, extraño, improbable, pero perfecto. Un recordatorio de que el amor no tiene forma, ni raza, ni lógica. Solo necesita un corazón lo suficientemente grande para recibirlo.
Y el suyo… desborda.
Poco se habla de los estragos que deja la DEPRESIÓN en la memoria, concentración y atención.
Son muchisimos los pacientes que manifiestan ya no ser capaces de leer como antes o que tienen extrema dificultad para avanzar en sus estudios o trabajo.
La DEPRESIÓN es MAS que tristeza!
La compulsión a la repetición es una de las pruebas fehacientes de que hay inconsciente; creemos que elegimos, que tomamos decisiones de forma consciente, libre y voluntaria, que nuestras decisiones amorosas no tienen que ver con el pasado o la infancia y de pronto, la repetición
Cada día estoy más convencida de que en un análisis unx no paga por hablar, por escucharse hablar o por ser escuchado; unx paga por la lectura particular del analista sobre nuestro padecimiento subjetivo.
la libertad es que el dueño al que le alquilás te pueda cobrar en dólares mientras que la empresa para la que trabajás te pueda pagar en patitas de pollo, el que no lo entiende es comunista.