La peor decisión a nivel empresa que podrían tomar, miles de canales de contenido pro morirán, miles de creadores de LoL quedarán sin trabajo.
Están a tiempo de revertir este cambio
El ecosistema de LoL no puede aguantar esto sin que la empresa pierda muchísimo
No quiero libros escritos por IA, quiero libros escritos por novelistas rusos alcoholicos al borde de un colapso mental por la depresión, así lo quiso Dios.
Parece obvio, pero es algo que no paro de ver, y a veces hay que explicar -con cierta sutileza- que hacer dibujos pixel art no te convierte automáticamente en candidato para artista para videojuegos pixel art. ⬇️
La coherencia está muy bien. Como dormir ocho horas, hacer ejercicio y recordar dónde hemos dejado las llaves. Es preferible tenerla, pero quizá hemos cometido el error de convertirla en una virtud intelectual mucho mayor de lo que merece.
El problema es que una persona perfectamente coherente tendría que poseer algo bastante parecido a un conocimiento perfecto. Los demás vamos averiguando cómo funciona el mundo sobre la marcha, y además lo hacemos de manera escandalosamente desigual. Podemos saber muchísimo de una cosa, bastante de otra y prácticamente nada de una tercera. Es inevitable que algunas de nuestras ideas no encajen entre sí. A veces eso significa que estamos equivocados. Pero otras significa simplemente que la realidad contiene más piezas de las que todavía somos capaces de montar.
La obsesión por la coherencia introduce entonces una tentación peligrosa. Si dos ideas razonables no encajan, podemos limar un poco una, redondear la otra, ignorar aquel dato molesto de la esquina y, después de unas cuantas operaciones de bricolaje intelectual, contemplar satisfechos un pensamiento perfectamente compacto. El inconveniente es que quizá ahora sea más coherente y menos verdadero.
De hecho, muchas ideologías funcionan precisamente así. Empiezan como mapas incompletos del mundo y terminan comportándose como aduanas particularmente restrictivas. Cada nueva evidencia tiene que enseñar el pasaporte y demostrar que encaja con lo que ya creemos. Si no lo hace, sospechamos antes de la evidencia que de la coherencia.
Por eso quizá deberíamos desconfiar un poco de las personas excesivamente coherentes. No porque la contradicción sea una virtud, sino porque un cerebro que está aprendiendo debería producir ocasionalmente ideas que se estorban unas a otras. Es el ruido natural de estar actualizando el modelo. Un subproducto de la curiosidad y el anhelo por aprender de todo.
Tal vez, entonces, no deberíamos juzgar tanto un pensamiento por la elegancia con que todas sus piezas encajan, sino por la potencia explicativa de cada una de ellas. Prefiero una colección de buenas ideas que todavía discuten entre sí a un magnífico monolito intelectual construido después de haber triturado todo aquello que sobresalía.
Me gusta estar solo. Mucho, de hecho. Hay pocas cosas que encuentre más agradables que disponer de unas horas sin que nadie espere de mí una opinión, una anécdota o siquiera una expresión facial que indique que sigo participando en la conversación. Después de pasar demasiado tiempo siendo sociable empiezo a sentir una necesidad casi física de retirarme a algún sitio tranquilo y no hablar con nadie, preferiblemente detrás de una puerta cerrada.
Lo curioso es que también me gusta muchísimo la gente.
No toda, naturalmente. Eso sería agotador y, además, bastante sospechoso. Pero ciertas personas me producen una curiosidad enorme. Me gusta escucharlas, observarlas, descubrir esas pequeñas rarezas que hacen que alguien resulte inexplicablemente interesante. Y cuando estoy en buena compañía puedo disfrutar enormemente de todo el pequeño teatro de la vida social: contar historias, hacer reír, entusiasmarme, hablar más de la cuenta y comportarme, durante unas horas, como una persona que evidentemente debería salir más.
Nunca he sabido muy bien qué me convierte esto. Supongo que, si hubiera que ponerle una etiqueta, ser��a la de introvertido con ocasionales excursiones al territorio de la extroversión. Entro, miro alrededor, lo paso estupendamente y luego regreso agradecido a casa.
Tampoco diría que sea particularmente bueno siendo extrovertido. Simplemente hay momentos en que me divierte intentarlo. Es un poco como bailar en una boda: durante un rato uno se entrega con entusiasmo y llega incluso a sospechar que tiene cierto talento, hasta que se ve reflejado en una ventana.
No olviden mirar este vídeo sobre el arte cambiante de Zelda, que es del que más orgulloso estoy en mucho tiempo.
El arte de Zelda: de Spaceworld al remake de Ocarina of Time:
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