Un problema grave del sector público peruano es que demasiadas veces se ha pretendido gestionar desde el escritorio.
Hace décadas, Carlos Bentín en Backus popularizó un concepto que debería parecernos elemental: la “gerencia de pasadizo”. El gerente que sale de su oficina, recorre la operación, habla con quienes ejecutan los procesos, observa directamente los problemas y contrasta lo que dicen los informes con lo que ocurre en la realidad.
En el Estado hemos hecho muchas veces exactamente lo contrario: ministros, viceministros, directores y altos funcionarios administrando mediante memorandos, reportes, estadísticas y reuniones, pero con escaso involucramiento directo en la supervisión de aquello que tienen bajo su responsabilidad.
Y después nos sorprende encontrar hospitales deteriorados, servicios deficientes, obras paralizadas, equipos abandonados o procedimientos que simplemente no funcionan.
¿Que salir, supervisar personalmente y mostrar públicamente lo encontrado es “figuretismo”? Respetuosamente, no lo veo así.
Es una forma de gestionar. Y además tiene una ventaja: al hacer públicos los hallazgos también se genera una línea de base contra la cual posteriormente podremos medir resultados. Si hoy se denuncia una deficiencia, mañana tendremos todo el derecho de preguntar: ¿qué hizo para corregirla?
Ahí estará la verdadera prueba.
Puede gustar o no el estilo. Puede incomodar. Incluso puede generar excesos comunicacionales que habrá que observar. Pero entre el funcionario encerrado en su despacho leyendo informes maquillados y aquel que sale al terreno, pregunta, inspecciona y exige explicaciones, prefiero al segundo.
Ahora corresponde medirlo por resultados. Porque supervisar sirve para diagnosticar; gestionar significa corregir.
@presidenciaperu@pcmperu
#GestiónPública #ReformaDelEstado #Perú #SectorPúblico #Gestión #EficienciaPública #Estado #ServiciosPúblicos
Se está discutiendo el salvoconducto a Betssy Chávez casi solo en clave política. Falta la parte comercial, que a mi juicio explica bastante más.
Durante los nueve meses de ruptura el comercio con México siguió normal. Unos US$2.500 millones al año, y las exportaciones peruanas incluso cerraron 2025 en récord: US$1.036 millones, 16,8% arriba. Por ese lado no había nada urgente que salvar.
El problema estaba en otro lado.
Hay alrededor de 14 mil millones de dólares de inversión mexicana acumulada en Perú. Grupo México en minería, América Móvil en telecomunicaciones, y detrás Bimbo, Femsa, Mabe, Cinépolis. Somos el segundo destino de inversión mexicana en la región y el primero dentro de la Alianza del Pacífico. Todo eso ya está puesto y no se iba a ir por una pelea diplomática. Lo que sí se frena es lo que viene. Grupo México tiene anunciados más de 10 mil millones en cobre peruano. Con la embajada cerrada esa decisión no se cancela, pero se posterga, y postergar tres años una inversión de ese tamaño cuesta.
Hay otra cosa que se ha mencionado poco. En enero, en Bogotá, México asumió la presidencia pro tempore de la Alianza del Pacífico. En plena ruptura. Perú quedó como miembro de un bloque presidido por el país con el que no tenía relaciones. Uno sigue pagando arancel cero, pero no participa en nada de lo que se decide ahí: reglas de origen, acumulación, agenda. Es bastante mala posición para estar.
Y me llama la atención que el comunicado de Cancillería cierre hablando de "libre circulación de personas, bienes, servicios y capitales". Son las cuatro libertades de la Alianza del Pacífico, textual. Dudo que esté ahí de adorno.
Al final el cálculo no parece tan complicado. Se entregó a una condenada, con la sentencia firme y reservándose el pedido de extradición, y se recuperó el acceso a la mesa donde se negocia todo lo anterior. El costo moral se puede discutir, y es legítimo discutirlo. En términos de plata, no fue mala operación.