Ayer asesinaron a Sara, en Bello Antioquia.
La torturaron. La mataron.
Hay que decirlo sin rodeos: esta es una sociedad asqueantemente enferma para cometer un crimen así.
El silencio también mata.
Noche de los rifles. Pasto. 1822. 24 de diciembre. Navidad Negra.
La historia no siempre la escriben los vencedores. Poblaciones aparentemente derrotadas siempre tienen una crónica o memoria que contar. A los grandes gobernantes no siempre se les recuerda por sus proezas y hazañas. En una fecha tan especial como la Navidad, la alegría y el regocijo no siempre han estado presentes.
Represalias políticas, fidelidad al Rey o dominio del territorio ocasionaron la toma de la ciudad. Desde finales de la Colonia y hasta las primeras décadas del siglo XIX, la región de Pasto se consolidó como un fuerte bastión realista, el cual apoyaba a la Corona Española. Indígenas y mestizos, quienes hacían parte de su población, se acobijaban a las Leyes de Indias.
Simón Bolívar enfureció. Benito Boves y Agustín Agualongo lideraron la resistencia pastusa y confirmaron su oposición. El Libertador, en respuesta y a manera de represalia, ordenó a Antonio José de Sucre y al Batallón Rifles, conformado mayoritariamente por voluntarios británicos, a tomarse la ciudad.
En la Nochevieja de 1822 y por dos días consecutivos, Pasto fue asolada por soldados patriotas. Saqueos a casas, comercios, iglesias y conventos, así como vejaciones y crímenes cometidos contra toda la población local fueron el resultado de una indignante muestra de poder.
Desde la #BibliotecaNacional invitamos a reflexionar y generar diálogos sobre nuestras raíces, historia y esencia. Siempre.
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José Rafael Sañudo fue uno de los historiadores en investigar el tema. Su obra ha sido referente y, además, se encuentra en dominio público desde este 2024.
Ven a la BNC a conocer más sobre este y otros temas.
#CuidamoslaMemoria
Signatura
A 30096, A 139427, B 14946, G 16054, N 84099, H-3455, Simón Bolívar de Alberto Urdaneta F. Urdaneta
Me encanta ver la gente envejecer, a mis amigos, mirarlos a los ojos y sentir en el corazón la complicidad de la sangre que aún hace palpitar nuestros pechos.