Esto de Rocío Jurado está en el TOP 10 de mejores actuaciones en directo de la historia de la música. Nunca se podrá cantar el Qué no daría yo como este día.
Les ha metido una pitada el Bernabéu a los jugadores en el descanso como no recuerdo.
Algunos deberían recordar las palabras de don Santiago sobre la camiseta que llevan puesta: "Se puede manchar de barro y hasta de sangre, pero nunca de vergüenza".
Despertad de una jodida vez.
Lo mismo os queréis volver a escuchar el programa desde el principio. O en sentido inverso. O escucharlo por primera vez.
Aivox: https://t.co/2iiDWyrm5z
Spoty: https://t.co/tRjhCCNQJq
Apol: https://t.co/S2q3YgsZGj
¿Un RT?
Cada vez me llama más la atención algo que veo a diario. La gente ha perdido completamente las formas. Y no hablo de protocolos ni de ceremonias. Hablo de educación básica, de respeto elemental, de saber estar.
Hoy he visto a cuatro personas tener una bronca muy fuerte, diciéndose cosas tremendas, porque un perrin ha ladrado a otro, estando en una terraza en la calle, donde otros comíamos. Algo sin la menor importancia, que ha molestado a otra señora de otra mesa. ¡No os podéis imaginar lo que se han dicho!
Afortunadamente, la cosa se ha calmado con cierta facilidad... pero la agresividad ha ido aumentando de forma exponencial a un ritmo increíble.
Y no es un caso aislado. Cada día es peor. En el tráfico, en las colas, en las redes sociales… La gente salta como un resorte ante cualquier mínima contrariedad. Como si vivieran con los nervios a flor de piel, esperando la excusa perfecta para explotar.
¿Qué nos ha pasado? ¿Cuándo empezamos a creer que tener razón nos da derecho a ser maleducados? Porque esa es otra: muchas veces ni siquiera la tienen, pero actúan como si fueran los dueños de la verdad absoluta.
Hoy también he visto a una adulta hacer llorar a una niña porque ha usado, sin saberlo, SU tumbona en una piscina comunitaria. Le ha caído tal bronca a la cría, que solamente se había tumbado, que me ha dejado helada. Un malentendido, sin la menor importancia, donde una adulta se ha sentido "empoderada" como para hacer llorar a una cría que se ha disculpado en el primer momento en que le han dicho que la silla no era suya.
Las redes sociales no han ayudado nada. Han normalizado que puedas decirle barbaridades a un desconocido desde la comodidad de tu sofá. Y esa agresividad digital se ha trasladado a la vida real. Ahora hablamos cara a cara como si estuviéramos escribiendo un tuit furioso.
Pero lo más preocupante es que esto no es solo una cuestión de modales. Es síntoma de algo más profundo: hemos perdido la capacidad de gestionar la frustración. Cualquier pequeña incomodidad, cualquier contratiempo mínimo, se vive como un ataque personal.
Y los niños nos están viendo. Están aprendiendo que es normal gritar cuando algo no sale como quieres, que es aceptable faltar al respeto si crees que tienes motivos. Estamos criando una generación que confunde asertividad con agresividad.
No pido que volvamos a los tiempos de “usted por aquí, usted por allá”. Pero sí que recuperemos algo tan básico como la capacidad de discrepar sin destruir al otro. De entender que detrás de cada persona hay una vida, unas circunstancias, una historia.
La educación no es debilidad. Es inteligencia. Es entender que puedes defender tus ideas sin convertir cada conversación en un campo de batalla. Que puedes estar en desacuerdo sin ser desagradable.
Al final, lo que estamos perdiendo es la capacidad de vivir en sociedad. Y eso, créanme, es mucho más grave que cualquier crisis económica o política. Porque una sociedad sin respeto mutuo es una sociedad que se destruye desde dentro.
¿Tan difícil es recuperar las formas? No pido milagros. Solo que antes de saltar como un poseso por una tontería, respires hondo y te preguntes: ¿de verdad merece la pena?
La mayoría de las veces, la respuesta es no.
Tal día como hoy, en 2008, se paró el mundo del deporte durante casi ocho horas.
Roger Federer y Rafa Nadal jugaron el que se denominó como el mejor partido de la historia del tenis.
Lo empezamos almorzando y lo acabamos cenando.
Increíble.
Siempre que llega Wimbledon me acuerdo de la imagen del padre de Federer aplaudiendo a Nadal el día que ganó a su hijo en la final de 2008.
Así lucía Rober el día del homenaje a Rafa en Roland Garros.
Los Federer, todos unos gentleman.
Cuánto se lo merece Cazorla. Con el sueldo mínimo jugando. Jugándose -literalmente- su tendón de Aquiles por una infección que le obligó a quitarse piel de otra parte de la pierna.
No tenía necesidad de estar. Y ahí está.
El fútbol es justo con él.
🎭🎶Solo dejé mi alma
como hice en cada vida
que viví en el carnaval.
Y ya solo queda vagar
y vagar.
Que yo me voy pa la calle,
ya nos queda muy poco.
Y si aquí nos vemos
eso es que estaremos
los dos igual de locos…🎶🎭
@ChirigotaBizc8@bizcoch0#UnaCoplaAlDía
Cuando mi hijo se hace daño —un golpe, una herida, una caída pequeña pero escandalosa en dignidad— dice "Tengo una pupita". Y entonces nosotros le damos un beso, un betito, como dice él, que lo pronuncia con esa precisión de los que aún están aprendiendo a decir el mundo.
Lo pide con cierta desazón y cierta impaciencia, pero también con fe. Con la certeza de que un beso sirve. Que no hace falta más. Que si duele, se dice, y si se dice, se besa, y si se besa, se calma. No siempre funciona, claro. Pero funciona más veces de las que parece.
Esta mañana yo estaba mal. No mucho. Un poco. De ese malestar difuso que no se ve desde fuera pero que va soltando peso por dentro. Agobio sin causa clara. Ansiedad de fondo. Lo de siempre, cuando no sabes si estás triste, cansado o simplemente derramado. Y sin pensarlo mucho —porque pensarlo me habría hecho callarme—, le he dicho: ���Hoy papá está un poco mal”.
Él ha venido andando con paso decidido.
Sin preguntar qué me pasaba, sin ofrecer soluciones a lo que me pudiera pasar, sin decir nada más.
Se ha acercado, me ha mirado un momento con esos ojos que aún no saben juzgar, solo notar. Y ha dicho: “Te doy un betito”. Y me ha dado un beso en la rodilla, que es hasta donde llega su boca. Luego ha dicho: “Ya está”.
Y es raro, porque no se me ha pasado la ansiedad, pero tampoco es mentira lo que ha dicho. Porque algo sí ha cambiado. El dolor no se ha ido, pero se ha reacomodado. Como si su beso no me curara, pero me dijera que no hace falta curarse del todo para seguir. Que a veces basta con saber que alguien te ha visto. Que alguien te ha dado lo que da cuando no tiene otra cosa.
Y eso… eso un poco sí. Un poco ya está.
Mi infancia entera pasa ante mis ojos.
Me detengo. Recuerdo lo feliz que fui. Tengo un nudo en el estómago. Nada se mueve. Silencio. Mis ojos se llenan de lágrimas. Es Raúl, de nuevo, celebrando un gol con la camiseta del Real Madrid.