La luz entraba cansada por la ventana, el café había cedido su lugar al vino y la ciudad parecía demasiado lejana para recordarnos que existía un reloj.
No conozco el peso de tu abrazo, ni el aroma que guarda tu cabello después de la lluvia.
Y, sin embargo, hay algo en ti que despierta una parte de mí que creía dormida.
El cuerpo posee una inteligencia más antigua que cualquier pensamiento.
Sabe cuándo recibir.
Sabe cuándo demorarse.
Sabe cuándo dejar de resistir para convertirse, por unos instantes, en la única verdad posible.
El deseo no vino a distraernos de la vida.
Vino a enseñarnos que hay mañanas en las que una simple taza de café puede contener el mismo misterio que un cuerpo amado.