Que RICO coincidir con alguien cuya idea de diversión sea ir al cine, descubrir restaurantes, cocinar juntos, planear viajes y no vivir de fiesta cada viernes en la noche.
La Antigua Guatemala lastimosamente no es un lugar seguro. Un gringo se metió a defender el paso libre al parque porque se estaba discriminando por la orientación sexual y así terminó:
@harriswhitbeck lástima todo tu excelente trabajo por fomentar el turismo…
En la Antigua:
La comunidad LGBTQ+ le viste a sus santos
Le hace sus alfombras
Les adorna sus fachadas-calles en cada Festival de Flores
Les organiza en sus iglesias
Les acompaña en sus barrios
Le llenan de turismo
Ah pero Dios me guarde que salgan en una manifestación pacífica
Que alguien le diga a Juan Manuel Asturias, el alcalde de la Antigua Guatemala que el hecho de que él no pueda vivir su sexualidad a plenitud y tenga que estar en un matrimonio lavanda, no significa que tenga que meterse con los derechos de las demás personas que sí son libres y están fuera del clóset.
@altenza04@Herman5818Pb Por gente con tu mentalidad Guatemala no progresa. Si cada quien hace lo que quiere, solo en la búsqueda de su beneficio, vamos de mal en peor.
Caminar sin podcast. Comer sin teléfono. Esperar el café sin scrollear. Ahí es donde aparecen las únicas ideas que después vas a reconocer como tuyas. Aburrirse a propósito es de los actos creativos más raros que quedan.
Mi hijo me dijo que era gay a los 19 años.
Un domingo en la tarde.
Sin drama. Sin llanto.
Solo los dos en la cocina y él con la voz firme.
—Papá, necesito decirte algo.
—Dime.
—Soy gay.
Me quedé callado.
No sé cuánto tiempo.
Él esperaba.
Yo no era un hombre cerrado. O eso creía.
Pero en ese momento no supe qué decir.
Y el silencio duró demasiado.
—¿Estás bien? —me preguntó él.
—Sí —le respondí.
Pero no estaba bien.
Estaba procesando.
Estaba tumbando cosas que había imaginado sin darme cuenta.
Una novia. Una boda. Unos nietos de cierta forma.
No le dije nada de eso.
Le dije que lo quería.
Que eso no cambiaba nada.
Él me abrazó.
Pero algo quedó en el aire esa tarde.
Un silencio que ninguno de los dos llenó del todo.
Pasaron semanas.
Yo seguía normal por fuera.
Por dentro reorganizando cosas.
Un día él me llamó.
—Papá, ¿de verdad estás bien con esto?
—Sí, hijo.
—Porque a veces te noto raro.
—Es que estoy aprendiendo —le dije.
Silencio.
—¿Aprendiendo qué?
—A querer al hijo que tengo y no al que imaginé.
No lo planeé.
Se me salió.
Él no dijo nada por un momento.
—Eso es lo más honesto que me has dicho en la vida —me dijo al fin.
Hoy mi hijo tiene 23.
Tiene novio. Lo he conocido.
Es buen muchacho.
No llegué perfecto a esto.
Llegué honesto.
Y a veces eso es suficiente.
Porque amar a alguien no es aceptar solo lo que esperabas de ellos.
Es aprender a querer lo que son
aunque no coincida con lo que soñaste.
Y ese aprendizaje no siempre es rápido.
Pero vale la pena cada paso que da.
La edad de jubilación debería ser 50. La gente merece tiempo para vivir, no solo trabajar hasta estar demasiado cansada para disfrutarlo. ¿Estás de acuerdo?