“Lo manejaste muy bien”. No, no lo hice. Enloquecí, perdí mi chispa, lloré en silencio; me rompí a solas y llevé una sonrisa que mentía mejor que cualquier máscara. No lo manejé, lo sobreviví, porque no tenía otra opción.
Y de repente llega un año que te enseña lo que no habías aprendido hasta ahora: a parar, a tener paciencia, a sanar y a vivir un día a la vez. El que te hace bajar la cabeza y ser resiliente. A entender que cada día que tenemos salud y amor, es un buen día. A valorar y agradecer.
Que locura la ansiedad, a veces me tira en la cama, otras me genera insomnio, a veces me quita el hambre otras arrasó con todo, a veces siento que me como el mundo y otras soy una hormiga, nunca sufrí tanto conmigo mismo.
Cuando alguien fallece pasan años y creemos que lo hemos superado. Pero entonces llega algo, un olor, un sonido, un lugar, una palabra, y todo estalla. Y entonces eres consciente de que solo nos acostumbramos a esa falta pero nunca aprendemos a vivir sin ella.
Como extraño a la chica que yo era antes, llena de energía, que encontraba todo lo lindo y lo bueno de la vida, y no a esta que sólo quiere dormir y llorar.
Querido 2024, no te guardo rencor, pero me rompiste el corazón de tantas formas. Fuiste el año que más me marcó, enseñándome lo inesperado de la vida y una fortaleza en mí que ni siquiera conocía.