@EvilAFM Tengo 25 años jugando videojuegos y es increible que solo haya jugado 15 de esa lista xd Las horas que le he metido al lol me habrían alcanzado para pasarme 2 veces cada uno de los 100 jaja.
Como me dedico profesionalmente a la tecnología, en mi casa hay la mínima tecnología indispensable.
Para mí, uno de los valores centrales de la ingeniería es justamente concebir la solución más simple que resuelve un problema. Encontrar, de todas las soluciones posibles, la mínima.
Entendido así, un ingeniero es un minimalista por definición.
Pero a menudo olvidamos que la tecnología es una hipoteca, una responsabilidad. La tecnología resuelve problemas, sí, pero también provoca otros nuevos. La tecnología tiene un ciclo de vida, un coste de amortización y un mantenimiento.
En mi casa nunca entrará una impresora, por ejemplo. Salvo algunos modelos multifunción dirigidos al segmento empresarial, creo que todos estamos de acuerdo en que las impresoras domésticas son una distopía poscapitalista que hiede a azufre.
Durante cerca de una década tuve en casa un servidor. Corría allí un miríada de servicios digitales: ficheros, correo, ssh, web, P2P… Fue un pecado de juventud: ahora que me platean las sienes no puedo regresar ni mentalmente a esa etapa en que tenía debajo de la cama un generador de ruedo blanco ASMR y discos metálicos girando exactamente 5400 veces por minuto. Aunque diera calorcito en invierno.
Leí todo lo que pude sobre Dieter Rams, el influyente diseñador de Braun que Jony Ive tanto emuló en Apple. Leí también lo que encontré sobre el racionalismo, la Bauhaus y la Gute Form.
De esa inmersión en la filosofía de diseño de productos tecnológicos emergí con una fobia ciclópea a las lavadoras.
La lavadora doméstica es, para mí, el electrodoméstico que con más saña maltrata los sagrados valores de la interacción hombre-máquina. Tengo incluso una colección fotográfica de disparatados paneles de este invento pergeñado en el centro del averno.
No importa cómo lo mires: las lavadoras tienen siempre muchos más botones, ruedas, luces y letras de las necesarias. ¡Oh, lavadora, maquinación oprobiosa, proceloso denuesto al sacro racionalismo!
Necesito urgentemente saber qué lavadora tiene en casa Dieter Rams.
La lavadora es la cristalización de un zeitgeist fatal: que el marketing vale más que la función. Que la visión de un oficinista del departamento de mercadotecnia obsesionado con un excel de ventas está por encima de los valores universales de ergonomía, economía y funcionalidad.
Las lavadoras tienen tantas luces, ruedas y botones porque los fabricantes que priman el márketing sobre el diseño o la ingeniería cultivan la confusión entre complejidad y valor. Apelan a la creencia —infundada, pero muy arraigada— de que un aparato complejo es percibido como más potente o más funcional por el consumidor despistado.
Esa es la trampa de nuestro tiempo.
Esa es la gran mentira.
Y a ese abismo cabalgamos como civilización: lavadoras con pantallas a color, cafeteras con wifi, aspiradoras domésticas con carillón, servilletas charoladas que no limpian pero te dan las gracias por tu visita.
Se atribuye a Saint-Exupéry esta verdad como un puño: la perfección no se alcanza cuando no hay nada más que añadir, sino cuando no hay nada más que quitar.
¡Guerra, pues, al ornato superfluo en los productos tecnológicos! Guerra a muerte a la complejidad artificial. Amén.
En mi casa entra la mínima tecnología imprescindible porque buena parte de los productos tecnológicos de nuestro tiempo están mal diseñados o son artificialmente complejos.
Y en la tempestad ultracapitalista donde todo tiene luces, botones y wifi, yo prefiero quedarme en mi remanso. Con Rams y Saint-Exupéry.
Recuerdo cuando con 256MB de RAM corrías cosas como Windows XP y el GTA San Andreas sin problema.
Ahora hacen falta 64GB de RAM y 1TB de almacenamiento para correr 4 aplicaciones mal optimizadas.
La bajada de calidad en el desarrollo de software no tiene sentido.