Hoy la Iglesia nos presenta un Evangelio que adquiere una fuerza especial para Venezuela:
«En aquel tiempo, Jesús subió a una barca junto con sus discípulos. De pronto se levantó en el mar una tempestad tan fuerte, que las olas cubrían la barca; pero él estaba dormido. Los discípulos lo despertaron, diciendo: “Señor, sálvanos, que perecemos”. Él les respondió: “¿Por qué tienen miedo, hombres de poca fe?”. Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma.» (Mt 8, 23-27).
Después del terremoto, muchos venezolanos sienten que la tormenta no termina. Hay quienes han perdido seres queridos, su hogar, su trabajo o la tranquilidad. A esa tragedia se suma la fragilidad de un país que lleva años acumulando crisis y que hoy enfrenta un desafío de reconstrucción para el que no bastan los recursos materiales, que además, no tenemos.
El Evangelio de hoy no niega el dolor ni minimiza el miedo. Nos recuerda que incluso en la noche más oscura, Cristo permanece en la misma barca. La esperanza cristiana no consiste en creer que todo saldrá bien de inmediato, sino en confiar en que el miedo no puede tener la última palabra y en que cada gesto de solidaridad, servicio y compasión también es una forma en la que Dios actúa.
Que el Evangelio de hoy nos anime a seguir acompañando a quienes sufren, a sostenernos unos a otros y a pedir por Venezuela.
A todos los grupos de rescatistas que vinieron a salvar vidas:
Sepan que, en el futuro, cuando nos hayamos reconstruido, en Venezuela siempre tendrán un hogar.
Infinitas gracias. 🇻🇪❤️🩹
Crecer también es permitir que otros se equivoquen contigo. Dejar que crean su versión, sin corregir, sin justificarte. Porque entiendes que no necesitas defenderte de cada juicio. Quien te conoce, no duda. Y quien duda, ya decidió no verte. A veces, lo más sabio es callar y seguir. Que hablen. Tú sabes quién eres. Lo demás, ruido.