Paco Roca denuncia que el Ayuntamiento de San Martín de la Vega le ha plagiado con IA su cartel de la Fira del Llibre de València https://t.co/SxfjHmi4gV vía @eldiariocv
Qué vergüenza!
🔴En solo 7 días, 8 agresores machistas han asesinado a 7 personas y dejado heridas a otras 7 (dos bebés), algunas muy graves
No recuerdo una semana igual ni con menos repercusión mediática
#ViolenciaMachista#ViolenciaDeGénero#ViolenciaVicaria
Aquí tenéis todos los casos
👇👇
Después del éxito en Cannes y el premio a mejor dirección para 'La bola negra', es bonito recordar este fragmento de la serie 'El ministerio del tiempo', con un emotivo Lorca interpretado por el gran Ángel Ruiz: «Tanto tiempo después, España se acuerda de mí».
Esta semana he terminado de ver #TheBeauty y guay...pero esta mañana viendo el capi de #PhineasYFerb he visto mucho paralelismo con la inyección de La Belleza. Fijo que de ahí surge la idea que desarrolla #RyanMurphy "la búsqueda de la mejor versión de ti".
Apoteósico recibimiento para “La bola negra” en Cannes. Esos 20 minutos de ovación supondrían la segunda más larga de la historia (empatada con Fahrenheit 9/11 y a dos del Laberinto del Fauno…)
@publico_es Las chirigotas cantan, las comparsas cantan, los coros cantan, todos cantan coplas de carnaval (pasodobles, cuplés…)
Juarma da el cante y el PP canta a naftalina, censura y retroceso. #EleccionesAndalucía#17mayo#censura
El hombre más poderoso de España ha ninguneado hoy a la periodista @MFuentealamo por un artículo que no le gusta y ha llamado niña a @lolahernan que lleva tres décadas en primera línea de la información deportiva.
Si ya es difícil ser periodista en este país en el que los mandamases solo quieren juntaletras que trabajan a su dictado, no me puedo imaginar lo difícil que debe serlo siendo mujer en un ámbito como el fútbol, plagado de tipos como Florentino o Rubiales. Todo mi apoyo.
Hoy, en primicia, en el @telediario_tve escuchamos una partitura casi olvidada de Federico García Lorca. Compuso “Canción de invierno” con 17 años y es emocionante ver el trazo, las notas…Dos minutos y pico de belleza entre tanto ruido.
@isamar146 Asomaba a sus ojos una lágrima
y a mis labios una frase d prdón
habló el orgullo y se enjugó su llanto,
y la frase n mis labios expiró.
Yo voy por un camino, ella por otro;
pero al pensar n nuestro mutuo amor,
yo digo aún:"¿Por q callé aquél día?"y ella dirá."¿Por q no lloré yo?"
El capítulo 1x5 de #SinMedida#TooMuch debería ser visto por cada adolescente en algún momento. Lena muestra la violencia psicológica a la que muchos hombres somenten a sus parejas hasta destrozarlas... Es brutal.
A los 10 años, arruinó su propio matrimonio concertado masticando berenjena cruda hasta dejarse los dientes completamente negros.
A los 6 años, la sujetaron en el suelo y la mutilaron.
A los 49 años, la metieron en prisión.
Y desde su celda, usando un lápiz de cejas sobre papel higiénico, escribió unas memorias que alimentarían un movimiento feminista que sacudiría al mundo árabe.
Su nombre era Nawal El Saadawi.
Nació el 27 de octubre de 1931 en el pequeño pueblo egipcio de Kafr Tahla, la segunda de nueve hermanos. En una cultura que a menudo veía a las niñas como una carga, su abuela decía en voz alta una verdad cruel: “Un niño vale al menos 15 niñas. Las niñas son una desgracia”.
Nawal lo escuchó. Nunca lo olvidó. Y pasó el resto de su vida negándose a aceptarlo.
Cuando tenía seis años, las mujeres de su familia la sujetaron en el suelo y le practicaron la mutilación genital femenina. El dolor fue insoportable, imborrable. Cargaría con ese recuerdo —y con la determinación de acabar con esa práctica— durante las décadas siguientes.
Pero incluso en aquel momento de violencia, algo dentro de aquella niña se negó a romperse.
A los diez años, su familia intentó casarla. Ya habían elegido marido. Los pretendientes iban a ir a verla.
Nawal tenía otros planes.
Se coló en la cocina, encontró una berenjena cruda y la mordió con fuerza, masticándola hasta que el jugo oscuro le tiñó los dientes de negro. Cuando llegó la familia del posible novio, les sonrió todo lo que pudo.
Bastó una mirada a sus dientes ennegrecidos para que se marcharan sin cerrar el trato.
El matrimonio infantil había sido saboteado. Nawal había ganado tiempo.
Y usó ese tiempo con ferocidad. Su padre —más progresista que muchos hombres de su época— creía que sus hijas merecían estudiar. Nawal leía todo lo que caía en sus manos. Escribió su primera novela a los trece años. Y decidió que sería médica.
En 1955, a los 23 años, se graduó en la Facultad de Medicina de la Universidad de El Cairo.
Regresó al Egipto rural como médica y vio de cerca el precio devastador del patriarcado sobre los cuerpos de las mujeres: complicaciones por mutilación genital, muertes en el parto, mujeres atrapadas en matrimonios violentos sin salida.
No pudo callarse.
En 1972 publicó Mujeres y sexo, un libro que atacaba abiertamente la mutilación genital femenina y el control sistemático de los cuerpos y la sexualidad de las mujeres. La reacción fue rápida y brutal. Fue destituida de su cargo en Salud Pública. La revista que dirigía fue clausurada. Sus escritos fueron prohibidos.
Las autoridades egipcias querían apagar su voz.
Nawal siguió escribiendo.
En 1975 publicó Mujer en punto cero, una novela poderosa basada en una mujer real a la que había conocido en prisión mientras trabajaba como psiquiatra: una mujer condenada a muerte por haber matado a un hombre que la explotaba. El libro se convirtió en un hito de la literatura feminista árabe.
Para 1981, se había vuelto demasiado incómoda para el poder.
Bajo el presidente Anwar el Sadat —que afirmaba que Egipto era una democracia abierta a la crítica— Nawal fue detenida en la gran ola represiva contra intelectuales y opositores. Su verdadero delito era decir la verdad frente al poder.
En septiembre de 1981, a los 49 años, fue enviada a la prisión de mujeres de Qanatir.
Le negaron papel y bolígrafo.
Así que improvisó.
Otra presa le consiguió un lápiz de cejas. Nawal escribió sobre papel higiénico: cada pensamiento, cada historia de las mujeres que la rodeaban, cada observación sobre la prisión política y el control patriarcal.
Aquellas notas sacadas de contrabando se convertirían después en Memorias de la cárcel de mujeres.
Pero hizo algo igual de radical tras aquella experiencia.
En 1982, Nawal El Saadawi fundó la Asociación de Solidaridad de las Mujeres Árabes, la primera organización feminista independiente y legal de Egipto.
Ayudó a construir un movimiento después de la cárcel.
En 1997, una joven actriz de 23 años llamada Rose McGowan salió de una habitación de hotel durante el Festival de Sundance con un cheque de 100.000 dólares y un acuerdo legal que le exigía silencio, porque lo que había ocurrido dentro de esa habitación no estaba pensado para ser contado, sino para ser enterrado, protegido y olvidado dentro de un sistema que durante años había perfeccionado la forma de ocultar lo que no convenía que saliera a la luz.
El nombre detrás de aquel acuerdo era Harvey Weinstein, y lo que aquel documento representaba no era solo una transacción económica, sino una estructura mucho más amplia, una maquinaria diseñada para convertir el poder en impunidad y el silencio en moneda de cambio, una lógica que no necesitaba grandes amenazas visibles porque funcionaba a través de decisiones pequeñas y constantes que, poco a poco, iban apagando cualquier intento de denuncia.
Lo esperable habría sido aceptar ese dinero, guardar silencio y reconstruir una carrera dentro de los márgenes que la industria permitía, porque así es como se mantenía el equilibrio, así es como se protegía el acceso a papeles, a oportunidades, a una vida dentro de Hollywood, pero Rose McGowan hizo algo que en ese contexto no solo era incómodo, sino profundamente arriesgado: decidió hablar, no una vez, no en un momento puntual, sino durante años, insistiendo en una verdad que nadie quería escuchar.
Durante dos décadas, su voz se mantuvo firme en un entorno que respondía cerrando puertas, retirando oportunidades y transformando su imagen pública, porque el sistema no necesitaba desacreditar los hechos si podía desacreditar a quien los contaba, y así fue etiquetada como difícil, inestable, problemática, desviando la conversación hacia su carácter en lugar de hacia lo que estaba denunciando, una estrategia tan habitual que termina pareciendo natural cuando en realidad es una forma muy precisa de proteger estructuras de poder.
Mientras tanto, la industria continuaba funcionando, las producciones seguían adelante y el silencio seguía siendo la norma, hasta que en 2017 algo cambió, cuando investigaciones periodísticas sacaron a la luz lo que durante años había sido ignorado, confirmando patrones, testimonios y dinámicas que Rose llevaba dos décadas señalando en soledad, y lo que antes había sido una voz aislada se convirtió en un eco colectivo que ya no podía ser ignorado.
El movimiento #MeToo no nació de la nada, sino de muchas historias acumuladas que, al coincidir en el tiempo, hicieron visible una realidad que había permanecido oculta a plena vista, y en ese momento, aquello que Rose McGowan había denunciado dejó de ser interpretado como una exageración para convertirse en una evidencia compartida, en algo que ya no podía reducirse a una opinión ni a una experiencia aislada.
Sin embargo, hay una parte de la historia que no encaja en los relatos cómodos, porque aunque el sistema empezó a ser cuestionado y algunos responsables enfrentaron consecuencias, la vida de quien habló primero no se recompuso automáticamente, su carrera no regresó, su posición en la industria no se restauró, y eso obliga a mirar la historia desde un lugar menos idealizado, entendiendo que decir la verdad no siempre viene acompañado de reparación.
Porque hay personas que hablan cuando todavía no es seguro hacerlo, cuando no hay respaldo, cuando no existe un movimiento que sostenga sus palabras, y en ese momento lo que reciben no es reconocimiento, sino aislamiento, pérdida y una presión constante para que se detengan, y aun así, algunas continúan, no porque sea fácil, sino porque no pueden hacer otra cosa.
La historia de Rose McGowan no es solo la de una denuncia, sino la de alguien que sostuvo una verdad durante años sin garantías de ser escuchada, y eso plantea una pregunta que no siempre resulta cómoda, pero que sigue siendo necesaria.
No es por qué alguien decide hablar.
Es por qué el resto tarda tanto en escuchar.