Si puedes estar un fin de semana en tu casa, tranqui, sin hacer demasiado, solamente durmiendo, escuchando música o mirando alguna serie, sin aburrirte ni sentirte vacío, sin compararte con otras vidas, sin correr a buscar estímulos: ganaste.
A medida que uno envejece, se da cuenta cada vez más de que la verdadera felicidad se compone de mañanas tranquilas, un entorno limpio, acostarse temprano, un hogar seguro y personas que no te agoten la energía...
Las tasas de divorcio son altas en esta generación por una sencilla razón: la gente no entiende qué es realmente el matrimonio. Las redes sociales nos han hecho creer que siempre hay alguien mejor: un hombre más rico, una mujer más guapa, una vida más emocionante, pero la comparación mata la lealtad.
La gente quiere bodas, no matrimonios. Pasan meses planeando una ceremonia y nada de tiempo aprendiendo a comunicarse cuando las cosas se ponen difíciles. Ya nadie sabe discutir.
Gritan, se cierran, huyen en lugar de aprender a luchar el uno por el otro. La presión del dinero expone cimientos débiles. En lugar de construir juntos, las parejas se atacan mutuamente, los hombres dejan de liderar, las mujeres dejan de respetar a sus hombres, la tentación está por todas partes. Ahora todos usan palabras terapéuticas para evadir la responsabilidad. Todo es tóxico, todo es trauma. Nada es culpa suya.
Ya no hay presión comunitaria para seguir casados. Los ancianos no te dicen que lo resuelvas. Solo los amigos te dicen que te vayas. Mereces algo mejor. Los hijos se volvieron opcionales, el sacrificio pasó de moda y los votos se convirtieron en sugerencias.
Antes, el matrimonio significaba "sufriré contigo". Ahora significa "me quedaré mientras sea feliz". Y por eso hay tantos divorcios. Porque la gente no sabe sufrir junta.
Sólo saben parar cuando ya no sienten entusiasmo.
¡¡¡Estamos en las trincheras!!!