Tiene las manos sobre las orejas y los ojos cerrados. Nunca veía el desfile, ni cuando sus hermanos le rogaban que los dejé hacerlo. Le parece hasta irónico que el primero que vea sea el suyo.
Le cuesta ponerse de pie, maldiciendo los tacones de los que tanto había renegado. Casi parece un ciervo aprendiendo a enderezarse. Pero lo logra, mirándo al cielo con un agujero en el estómago.