Como viene siendo costumbre en este Mundial, Pochettino está vestido otra vez como si saliera de su trabajo en el taller mecánico para asistir al juego de baseball de su hijo Billy. Partido que, como siempre, no terminará viendo porque entrará al bar de Danny para emborracharse.
Ni en pedo la selección de ahora va a lograr esa comunión.
No me entra en la cabeza ver la Plaza Independencia explotada, con la gente gritando desaforada como antes.
Lo que más quiero es volver a sentir una tarde gélida como la de 2010, avanzando juntos hacia la gloria.