Me fui encontrando con mis amiguis , como obra de destino. Imán y familia. Horas hablando hasta el sinsentido.
“Indio no se murio… que se muera caputo”
Bailamos. Pogeamos. Reímos. Lloramos y nos fuimos vacixs. Como quien no quiere admitir y pospone la alarma 5 más
Eran las 7 de la mañana.
Recién habíamos buscado al Gordo Martín, a Rodri y a Facundo, el resto de los pibes de la banda de Boedo. Ahí fue cuando Tito, que había llegado en el auto con la música al palo escuchando un tema de “La mosca y la sopa”, tiró la frase que mejor iba a explicar el ritual de despedida al Indio en Villa Dominico: “No sé si quiero llegar a ver el cajón, porque me va a hacer mierda. Pero en la tristeza lo que más importa es no quedarnos solos, lo mejor es estar en comunidad”.
Miles y miles. Dicen que hay sesenta cuadras de fila y que no paran de llegar. En tren, en bondi, en auto, a pie. Con mate, cerveza, whisky, vino, banderas, remeras, parlantes, guitarras. Por donde vas, suena una canción. Se baila, se canta, se salta, se llora.
Y otra cosa que escuché más tarde, en medio de anécdotas de viajes y de recitales, de una euforia que estaba ahí a flor de piel para decirle al dolor que no se merecía ganar tan fácil: “¿Sabés qué? Los hijos de puta también se mueren, pero a ellos no los recuerda nadie”.