Una vez estaba muy enamorado, y por ende le confesé a ella que jamás una mina me había regalado nada.
A esta altura ya había flores, peluches, libros de su autor preferido, y otro detalles regalados de mi parte.
Me dijo que a ella le encantaba regalar cosas, saben que me regaló?
Cancelo oficialmente la palabra "soltera".
Me autodenomino un tesoro no conquistado, una reliquia premium y un patrimonio emocional protegido.
Porque después de analizar el mercado actual, descubri algo importante: No me estoy quedando sola.
Me estoy salvando.
Al del anillo,
guárdalo en madera negra;
que allí duerman sus sombras
con la ropa y el miedo.
Pero no encierres la luna pequeña
que te nació de la sangre.
��Para eso cantó la cuna?
Ay, qué pena de patio,
cuando una flor aprende
que también se esconde la luz.
De un amor que no supo quererme
brotó mi niña,
como una luna blanca
sobre un patio en ruinas.
Ella no tiene culpa
del cuchillo de sus padres.
Y si el mundo le tiembla,
yo seré su casa encendida.
La fruta no cae lejos del árbol
Venía de una raíz nocturna,
de luces que no aman.
Yo, tonto jardinero,
quise cuidar esa fruta como si fuera milagro.
Y entendí tarde
que no estaba salvando un amor:
estaba regando una herida
que nunca quiso florecer conmigo.
Un clavo no saca otro clavo:
lo deja sin sepultura.
El primero no quería salir;
amaba la herida
donde fue clavado.
Pero llegó otro hierro,
joven como una navaja,
y la mano de siempre
volvió sin misericordia.
Qué fácil ponen otro amor
donde aún se está muriendo el mío.
Volvió tu carmín,
rosa de pecado,
y aquella noche
con las piernas cerradas.
¿Habría ardido el sueño?
Sí.
Pero llegó la realidad
con su navaja fría
y nos dejó el deseo
sangrando en la almohada.
Te prometieron jardín
y sólo dejaron cuchillos
floreciendo bajo la luna.
Yo, con las manos llenas de sombra,
iría hasta el mostrador de los muertos
a pedir reembolso
por tanta sangre gastada
en quien no supo nombrarte