Juan Carlos dormía en los armarios de la UBA porque no tenía plata para el viaje de ida y vuelta. Cuando llegó a residente las enfermeras del Carrillo le lavaban el ambo. Cuando llegó a médico le salvó la vida a decenas de pibes que salían a robar y llegaban a la guardia con un tiro.
Ayer lo mataron, por un auto. Una vida de esfuerzo. No hay perdón.