El nuevo Partido Nacional
Nasry “Tito” Asfura llegó a la Presidencia de la República montado sobre los hombros de una maquinaria política que durante décadas aprendió a resistir derrotas, crisis, persecuciones y campañas de desprestigio. Ganó por apenas un suspiro, por una diferencia mínima frente al Partido Liberal, en una elección donde cada activista, cada dirigente de barrio y cada nacionalista de base valió oro. Sin embargo, pocos meses después, pareciera que muchos de los que hoy gobiernan olvidaron quién los llevó hasta allí.
Lo que se observa es un fenómeno curioso: un gobierno nacionalista integrado, en buena medida, por funcionarios desconocidos para el propio nacionalismo. Caras nuevas, muchas de ellas sin trayectoria partidaria visible, sin historial de militancia y sin el desgaste propio de quienes durante años pusieron el pecho por la institución política que hoy administra el Estado.
Las redes sociales son el reflejo de ese malestar. Nacionalistas que defendieron la bandera azul en tiempos difíciles expresan su inconformidad porque no han sido considerados ni siquiera para ser escuchados. Mientras tanto, algunos intentan justificar la situación argumentando que Libre dejó enquistadas estructuras burocráticas en múltiples instituciones. Otros piden paciencia, alegando que los nuevos funcionarios apenas están aprendiendo los procedimientos administrativos.
Pero el problema no es la falta de experiencia. El problema es la falta de conciencia política.
Muchos de los actuales funcionarios parecen desconocer que no llegaron solos. No fueron seleccionados por una empresa privada ni contratados por una junta de accionistas. Llegaron porque un partido político ganó una elección extraordinariamente cerrada. Y cuando un funcionario deja de contestar llamadas, ignora a su militancia o solo abre las puertas a sus amigos y allegados, comienza a romper el vínculo que sostiene cualquier proyecto político.
Por ahora existe tolerancia. Apenas llevan unos meses en sus cargos. Pero el ecosistema político hondureño no concede períodos prolongados de gracia. Los medios, las redes sociales y la opinión pública suelen pasar rápidamente de la expectativa al escrutinio implacable.
Y cuando llegue ese momento, esos funcionarios descubrirán algo elemental: quienes defienden a un gobierno en los momentos difíciles no son los oportunistas de ocasión, sino los militantes que han permanecido allí durante años.
Tito debería comprenderlo mejor que nadie. La diferencia fue de apenas 25 mil votos. En una elección tan cerrada, el nacionalismo no fue un detalle; fue la razón de la victoria.
Si quienes hoy gobiernan continúan actuando como si el partido fuera un estorbo y no el vehículo que los llevó al poder, el descontento crecerá. Y cuando comiencen los señalamientos, el silencio de los propios será mucho más peligroso que los ataques de los adversarios.
@TitoAsfuraPHN@Papialaordenh@titoasfura@hnpresidencia@TommyZambranoM@SEPresidencial@jrburbara@enp_hn@aldenrm1@Ronalromeroo@PesteRana@Mariodiaz03@hondudiario@WashoHonduras@ElEspectadorHn@DiarioLaPrensa@diarioelheraldo@LaTribunahn
Si a tu hija le gusta Bad Bunny, (no) has fallado como padre
Eso es lo que siempre pensé: que de alguna manera he sido parcialmente responsable de que a mi hija le guste Bad Bunny.
Y eso que hice la tarea.
A mi hija le inculqué mi música: rock y baladas en inglés de los 70, 80 y 90. No improvisé. El primer reproductor que le regalé salió de fábrica con cirugía mayor: una colección cuidadosamente seleccionada de las mejores canciones de los mejores grupos de esas décadas, algo de música clásica y, porque tampoco soy un dictador, algo de música de su edad.
Mi hija disfruta mi música. La canta. Reconoce introducciones imposibles. Sabe quiénes eran los artistas antes de que la música necesitara treinta compositores, siete productores y un algoritmo para existir.
Después apareció Justin Bieber.
Lo idolatró.
Dos conciertos fuera de Honduras, docenas de viajes a Estados Unidos y una cantidad de mercancía oficial suficiente para financiar una pequeña revolución centroamericana.
Pues uno hace concesiones. Después de todo, cada generación necesita tener su propio escándalo musical. Nuestros padres sobrevivieron al rock, nosotros sobrevivimos al reguetón temprano y ahora nos toca el turno de fingir tolerancia.
Todo iba bien, hasta que el otro día me dice, con total normalidad, sin prepararme para la noticia, que había ido con sus amigas a un concierto de Bad Bunny.
Me quedé perplejo.
Ni siquiera sabía que escuchaba esa música.
Desde ese día nació una pequeña frustración en mis adentros. ¿Pude haber hecho algo diferente? ¿Más Pink Floyd? ¿Menos libertad? ¿Clases obligatorias sobre armonía? ¿Prohibir el autotune en casa?
Y después entendí algo incómodo.
Quizá los hijos no escuchan música para convertirse en nosotros.
La escuchan quizás para separarse de nosotros.
Uno cree que educar musicalmente es transmitir un canon; pero tal vez solo estamos entregando herramientas para que, eventualmente, escojan lo contrario.
Además, si uno lo piensa fríamente, no es tan grave.
Mi hija sigue escuchando buena música… simplemente decidió que también quiere escuchar a un señor vestido como personaje secundario de una película futurista cantando sobre cosas que probablemente Homero ya había resumido mejor hace tres mil años.
Tal vez no fallé como padre.
Tal vez solo descubrí que Spotify tiene más autoridad que yo.
Cuidado con las nuevas ideas socialistas de la Unión Europea, vea siempre fuera de la caja; no porque ellos tengan un enemigo, va a ser también nuestro enemigo. Las nuevas políticas de género, el aborto, las migraciones abiertas que intentan destruir nuestra forma de vida, deben ser manejadas con lupa. No confíe en nadie. Saludos!
Tito y Zelenski
Hay decisiones de política exterior que se entienden de inmediato. Hay otras que requieren explicación. Y luego están las que dejan a medio país preguntándose si alguien en Cancillería revisó el mapa antes de comprar el boleto.
El presidente Nasry Asfura decidió realizar una visita oficial a Ucrania y reunirse con Volodímir Zelenski, justo en un momento donde Honduras parece haber apostado por fortalecer relaciones con Estados Unidos y por proyectar estabilidad y pragmatismo internacional. Hasta allí, podría decirse que toda nación soberana tiene derecho a relacionarse con quien estime conveniente. Correcto.
Pero la política internacional no es una reunión de vecinos. Los símbolos importan. Los momentos importan. Y las fotografías importan todavía más.
Porque una cosa es reunirse con el presidente de un país en guerra. Otra muy distinta es aparecer acompañándolo en ceremonias cargadas de significado político y militar, incluyendo homenajes a combatientes caídos en un conflicto que divide narrativas, intereses y alianzas internacionales.
Zelenski, es una figura profundamente polémica. Llegó al poder en 2019 y continúa ejerciendo bajo el marco de la ley marcial vigente en Ucrania, que impide celebrar elecciones nacionales mientras dure la guerra. Sus partidarios sostienen que es una necesidad constitucional ante una invasión; sus críticos argumentan que es un dictador y que el conflicto ha sido extendido indefinidamente, así como su permanencia política.
Tampoco se puede ignorar que el conflicto entre Rusia y Ucrania no nació de la nada ni cabe en caricaturas. Hay quienes señalan la expansión de la OTAN como factor de tensión, así como la visión de que rusos y ucranianos son "un solo pueblo"; otros recuerdan que ninguna disputa geopolítica justifica una invasión militar.
Zelenski no quiere terminar la guerra porque se le acaba su mandato, así como los fondos que sigue recibiendo por el orden de miles de millones de dólares para su “causa”.
Por eso sorprende más la pregunta hondureña: ¿qué ganamos nosotros?
¿Estamos buscando cooperación económica? ¿Inversión? ¿Acceso tecnológico? ¿Un acuerdo estratégico? ¿O simplemente alguien creyó que una foto bonita con el actor mejor pagado del mundo ya cuenta como política exterior?
¿No había otros países que no estuvieran en conflicto para ir a visitar?
Porque si existe un equipo de análisis geopolítico en Cancillería, uno esperaría que cada paso tenga cálculo y propósito. Honduras no necesita aventuras diplomáticas ni gestos que puedan interpretarse como alineamientos innecesarios.
Y si detrás de esta visita existe un plan mayor, magnífico: que lo expliquen. Pero si fue únicamente aceptar una invitación sin medir el tablero internacional, entonces no estamos jugando ajedrez; estamos moviendo piezas a lo loco.
Y en política exterior, cuando un país pequeño improvisa, normalmente el costo no lo paga quien viajó. Lo termina pagando el país entero.
@TitoAsfuraPHN@titoasfura@Papialaordenh@hnpresidencia@SEPresidencial@CancilleriaHN@augustoargueta.
El nuevo Partido Nacional
Nasry “Tito” Asfura llegó a la Presidencia de la República montado sobre los hombros de una maquinaria política que durante décadas aprendió a resistir derrotas, crisis, persecuciones y campañas de desprestigio. Ganó por apenas un suspiro, por una diferencia mínima frente al Partido Liberal, en una elección donde cada activista, cada dirigente de barrio y cada nacionalista de base valió oro. Sin embargo, pocos meses después, pareciera que muchos de los que hoy gobiernan olvidaron quién los llevó hasta allí.
Lo que se observa es un fenómeno curioso: un gobierno nacionalista integrado, en buena medida, por funcionarios desconocidos para el propio nacionalismo. Caras nuevas, muchas de ellas sin trayectoria partidaria visible, sin historial de militancia y sin el desgaste propio de quienes durante años pusieron el pecho por la institución política que hoy administra el Estado.
Las redes sociales son el reflejo de ese malestar. Nacionalistas que defendieron la bandera azul en tiempos difíciles expresan su inconformidad porque no han sido considerados ni siquiera para ser escuchados. Mientras tanto, algunos intentan justificar la situación argumentando que Libre dejó enquistadas estructuras burocráticas en múltiples instituciones. Otros piden paciencia, alegando que los nuevos funcionarios apenas están aprendiendo los procedimientos administrativos.
Pero el problema no es la falta de experiencia. El problema es la falta de conciencia política.
Muchos de los actuales funcionarios parecen desconocer que no llegaron solos. No fueron seleccionados por una empresa privada ni contratados por una junta de accionistas. Llegaron porque un partido político ganó una elección extraordinariamente cerrada. Y cuando un funcionario deja de contestar llamadas, ignora a su militancia o solo abre las puertas a sus amigos y allegados, comienza a romper el vínculo que sostiene cualquier proyecto político.
Por ahora existe tolerancia. Apenas llevan unos meses en sus cargos. Pero el ecosistema político hondureño no concede períodos prolongados de gracia. Los medios, las redes sociales y la opinión pública suelen pasar rápidamente de la expectativa al escrutinio implacable.
Y cuando llegue ese momento, esos funcionarios descubrirán algo elemental: quienes defienden a un gobierno en los momentos difíciles no son los oportunistas de ocasión, sino los militantes que han permanecido allí durante años.
Tito debería comprenderlo mejor que nadie. La diferencia fue de apenas 25 mil votos. En una elección tan cerrada, el nacionalismo no fue un detalle; fue la razón de la victoria.
Si quienes hoy gobiernan continúan actuando como si el partido fuera un estorbo y no el vehículo que los llevó al poder, el descontento crecerá. Y cuando comiencen los señalamientos, el silencio de los propios será mucho más peligroso que los ataques de los adversarios.
@TitoAsfuraPHN@Papialaordenh@titoasfura@hnpresidencia@TommyZambranoM@SEPresidencial@jrburbara@enp_hn@aldenrm1@Ronalromeroo@PesteRana@Mariodiaz03@hondudiario@WashoHonduras@ElEspectadorHn@DiarioLaPrensa@diarioelheraldo@LaTribunahn
Tito y Zelenski
Hay decisiones de política exterior que se entienden de inmediato. Hay otras que requieren explicación. Y luego están las que dejan a medio país preguntándose si alguien en Cancillería revisó el mapa antes de comprar el boleto.
El presidente Nasry Asfura decidió realizar una visita oficial a Ucrania y reunirse con Volodímir Zelenski, justo en un momento donde Honduras parece haber apostado por fortalecer relaciones con Estados Unidos y por proyectar estabilidad y pragmatismo internacional. Hasta allí, podría decirse que toda nación soberana tiene derecho a relacionarse con quien estime conveniente. Correcto.
Pero la política internacional no es una reunión de vecinos. Los símbolos importan. Los momentos importan. Y las fotografías importan todavía más.
Porque una cosa es reunirse con el presidente de un país en guerra. Otra muy distinta es aparecer acompañándolo en ceremonias cargadas de significado político y militar, incluyendo homenajes a combatientes caídos en un conflicto que divide narrativas, intereses y alianzas internacionales.
Zelenski, es una figura profundamente polémica. Llegó al poder en 2019 y continúa ejerciendo bajo el marco de la ley marcial vigente en Ucrania, que impide celebrar elecciones nacionales mientras dure la guerra. Sus partidarios sostienen que es una necesidad constitucional ante una invasión; sus críticos argumentan que es un dictador y que el conflicto ha sido extendido indefinidamente, así como su permanencia política.
Tampoco se puede ignorar que el conflicto entre Rusia y Ucrania no nació de la nada ni cabe en caricaturas. Hay quienes señalan la expansión de la OTAN como factor de tensión, así como la visión de que rusos y ucranianos son "un solo pueblo"; otros recuerdan que ninguna disputa geopolítica justifica una invasión militar.
Zelenski no quiere terminar la guerra porque se le acaba su mandato, así como los fondos que sigue recibiendo por el orden de miles de millones de dólares para su “causa”.
Por eso sorprende más la pregunta hondureña: ¿qué ganamos nosotros?
¿Estamos buscando cooperación económica? ¿Inversión? ¿Acceso tecnológico? ¿Un acuerdo estratégico? ¿O simplemente alguien creyó que una foto bonita con el actor mejor pagado del mundo ya cuenta como política exterior?
¿No había otros países que no estuvieran en conflicto para ir a visitar?
Porque si existe un equipo de análisis geopolítico en Cancillería, uno esperaría que cada paso tenga cálculo y propósito. Honduras no necesita aventuras diplomáticas ni gestos que puedan interpretarse como alineamientos innecesarios.
Y si detrás de esta visita existe un plan mayor, magnífico: que lo expliquen. Pero si fue únicamente aceptar una invitación sin medir el tablero internacional, entonces no estamos jugando ajedrez; estamos moviendo piezas a lo loco.
Y en política exterior, cuando un país pequeño improvisa, normalmente el costo no lo paga quien viajó. Lo termina pagando el país entero.
@TitoAsfuraPHN@titoasfura@Papialaordenh@hnpresidencia@SEPresidencial@CancilleriaHN@augustoargueta.
Tito y Zelenski
Hay decisiones de política exterior que se entienden de inmediato. Hay otras que requieren explicación. Y luego están las que dejan a medio país preguntándose si alguien en Cancillería revisó el mapa antes de comprar el boleto.
El presidente Nasry Asfura decidió realizar una visita oficial a Ucrania y reunirse con Volodímir Zelenski, justo en un momento donde Honduras parece haber apostado por fortalecer relaciones con Estados Unidos y por proyectar estabilidad y pragmatismo internacional. Hasta allí, podría decirse que toda nación soberana tiene derecho a relacionarse con quien estime conveniente. Correcto.
Pero la política internacional no es una reunión de vecinos. Los símbolos importan. Los momentos importan. Y las fotografías importan todavía más.
Porque una cosa es reunirse con el presidente de un país en guerra. Otra muy distinta es aparecer acompañándolo en ceremonias cargadas de significado político y militar, incluyendo homenajes a combatientes caídos en un conflicto que divide narrativas, intereses y alianzas internacionales.
Zelenski, es una figura profundamente polémica. Llegó al poder en 2019 y continúa ejerciendo bajo el marco de la ley marcial vigente en Ucrania, que impide celebrar elecciones nacionales mientras dure la guerra. Sus partidarios sostienen que es una necesidad constitucional ante una invasión; sus críticos argumentan que es un dictador y que el conflicto ha sido extendido indefinidamente, así como su permanencia política.
Tampoco se puede ignorar que el conflicto entre Rusia y Ucrania no nació de la nada ni cabe en caricaturas. Hay quienes señalan la expansión de la OTAN como factor de tensión, así como la visión de que rusos y ucranianos son "un solo pueblo"; otros recuerdan que ninguna disputa geopolítica justifica una invasión militar.
Zelenski no quiere terminar la guerra porque se le acaba su mandato, así como los fondos que sigue recibiendo por el orden de miles de millones de dólares para su “causa”.
Por eso sorprende más la pregunta hondureña: ¿qué ganamos nosotros?
¿Estamos buscando cooperación económica? ¿Inversión? ¿Acceso tecnológico? ¿Un acuerdo estratégico? ¿O simplemente alguien creyó que una foto bonita con el actor mejor pagado del mundo ya cuenta como política exterior?
¿No había otros países que no estuvieran en conflicto para ir a visitar?
Porque si existe un equipo de análisis geopolítico en Cancillería, uno esperaría que cada paso tenga cálculo y propósito. Honduras no necesita aventuras diplomáticas ni gestos que puedan interpretarse como alineamientos innecesarios.
Y si detrás de esta visita existe un plan mayor, magnífico: que lo expliquen. Pero si fue únicamente aceptar una invitación sin medir el tablero internacional, entonces no estamos jugando ajedrez; estamos moviendo piezas a lo loco.
Y en política exterior, cuando un país pequeño improvisa, normalmente el costo no lo paga quien viajó. Lo termina pagando el país entero.
@TitoAsfuraPHN@titoasfura@Papialaordenh@hnpresidencia@SEPresidencial@CancilleriaHN@augustoargueta.
Tito y Zelenski
Hay decisiones de política exterior que se entienden de inmediato. Hay otras que requieren explicación. Y luego están las que dejan a medio país preguntándose si alguien en Cancillería revisó el mapa antes de comprar el boleto.
El presidente Nasry Asfura decidió realizar una visita oficial a Ucrania y reunirse con Volodímir Zelenski, justo en un momento donde Honduras parece haber apostado por fortalecer relaciones con Estados Unidos y por proyectar estabilidad y pragmatismo internacional. Hasta allí, podría decirse que toda nación soberana tiene derecho a relacionarse con quien estime conveniente. Correcto.
Pero la política internacional no es una reunión de vecinos. Los símbolos importan. Los momentos importan. Y las fotografías importan todavía más.
Porque una cosa es reunirse con el presidente de un país en guerra. Otra muy distinta es aparecer acompañándolo en ceremonias cargadas de significado político y militar, incluyendo homenajes a combatientes caídos en un conflicto que divide narrativas, intereses y alianzas internacionales.
Zelenski, es una figura profundamente polémica. Llegó al poder en 2019 y continúa ejerciendo bajo el marco de la ley marcial vigente en Ucrania, que impide celebrar elecciones nacionales mientras dure la guerra. Sus partidarios sostienen que es una necesidad constitucional ante una invasión; sus críticos argumentan que es un dictador y que el conflicto ha sido extendido indefinidamente, así como su permanencia política.
Tampoco se puede ignorar que el conflicto entre Rusia y Ucrania no nació de la nada ni cabe en caricaturas. Hay quienes señalan la expansión de la OTAN como factor de tensión, así como la visión de que rusos y ucranianos son "un solo pueblo"; otros recuerdan que ninguna disputa geopolítica justifica una invasión militar.
Zelenski no quiere terminar la guerra porque se le acaba su mandato, así como los fondos que sigue recibiendo por el orden de miles de millones de dólares para su “causa”.
Por eso sorprende más la pregunta hondureña: ¿qué ganamos nosotros?
¿Estamos buscando cooperación económica? ¿Inversión? ¿Acceso tecnológico? ¿Un acuerdo estratégico? ¿O simplemente alguien creyó que una foto bonita con el actor mejor pagado del mundo ya cuenta como política exterior?
¿No había otros países que no estuvieran en conflicto para ir a visitar?
Porque si existe un equipo de análisis geopolítico en Cancillería, uno esperaría que cada paso tenga cálculo y propósito. Honduras no necesita aventuras diplomáticas ni gestos que puedan interpretarse como alineamientos innecesarios.
Y si detrás de esta visita existe un plan mayor, magnífico: que lo expliquen. Pero si fue únicamente aceptar una invitación sin medir el tablero internacional, entonces no estamos jugando ajedrez; estamos moviendo piezas a lo loco.
Y en política exterior, cuando un país pequeño improvisa, normalmente el costo no lo paga quien viajó. Lo termina pagando el país entero.
@TitoAsfuraPHN@titoasfura@Papialaordenh@hnpresidencia@SEPresidencial@CancilleriaHN@augustoargueta.
Tito y Zelenski
Hay decisiones de política exterior que se entienden de inmediato. Hay otras que requieren explicación. Y luego están las que dejan a medio país preguntándose si alguien en Cancillería revisó el mapa antes de comprar el boleto.
El presidente Nasry Asfura decidió realizar una visita oficial a Ucrania y reunirse con Volodímir Zelenski, justo en un momento donde Honduras parece haber apostado por fortalecer relaciones con Estados Unidos y por proyectar estabilidad y pragmatismo internacional. Hasta allí, podría decirse que toda nación soberana tiene derecho a relacionarse con quien estime conveniente. Correcto.
Pero la política internacional no es una reunión de vecinos. Los símbolos importan. Los momentos importan. Y las fotografías importan todavía más.
Porque una cosa es reunirse con el presidente de un país en guerra. Otra muy distinta es aparecer acompañándolo en ceremonias cargadas de significado político y militar, incluyendo homenajes a combatientes caídos en un conflicto que divide narrativas, intereses y alianzas internacionales.
Zelenski, es una figura profundamente polémica. Llegó al poder en 2019 y continúa ejerciendo bajo el marco de la ley marcial vigente en Ucrania, que impide celebrar elecciones nacionales mientras dure la guerra. Sus partidarios sostienen que es una necesidad constitucional ante una invasión; sus críticos argumentan que es un dictador y que el conflicto ha sido extendido indefinidamente, así como su permanencia política.
Tampoco se puede ignorar que el conflicto entre Rusia y Ucrania no nació de la nada ni cabe en caricaturas. Hay quienes señalan la expansión de la OTAN como factor de tensión, así como la visión de que rusos y ucranianos son "un solo pueblo"; otros recuerdan que ninguna disputa geopolítica justifica una invasión militar.
Zelenski no quiere terminar la guerra porque se le acaba su mandato, así como los fondos que sigue recibiendo por el orden de miles de millones de dólares para su “causa”.
Por eso sorprende más la pregunta hondureña: ¿qué ganamos nosotros?
¿Estamos buscando cooperación económica? ¿Inversión? ¿Acceso tecnológico? ¿Un acuerdo estratégico? ¿O simplemente alguien creyó que una foto bonita con el actor mejor pagado del mundo ya cuenta como política exterior?
¿No había otros países que no estuvieran en conflicto para ir a visitar?
Porque si existe un equipo de análisis geopolítico en Cancillería, uno esperaría que cada paso tenga cálculo y propósito. Honduras no necesita aventuras diplomáticas ni gestos que puedan interpretarse como alineamientos innecesarios.
Y si detrás de esta visita existe un plan mayor, magnífico: que lo expliquen. Pero si fue únicamente aceptar una invitación sin medir el tablero internacional, entonces no estamos jugando ajedrez; estamos moviendo piezas a lo loco.
Y en política exterior, cuando un país pequeño improvisa, normalmente el costo no lo paga quien viajó. Lo termina pagando el país entero.
@TitoAsfuraPHN@titoasfura@Papialaordenh@hnpresidencia@SEPresidencial@CancilleriaHN@augustoargueta.
Tito y Zelenski
Hay decisiones de política exterior que se entienden de inmediato. Hay otras que requieren explicación. Y luego están las que dejan a medio país preguntándose si alguien en Cancillería revisó el mapa antes de comprar el boleto.
El presidente Nasry Asfura decidió realizar una visita oficial a Ucrania y reunirse con Volodímir Zelenski, justo en un momento donde Honduras parece haber apostado por fortalecer relaciones con Estados Unidos y por proyectar estabilidad y pragmatismo internacional. Hasta allí, podría decirse que toda nación soberana tiene derecho a relacionarse con quien estime conveniente. Correcto.
Pero la política internacional no es una reunión de vecinos. Los símbolos importan. Los momentos importan. Y las fotografías importan todavía más.
Porque una cosa es reunirse con el presidente de un país en guerra. Otra muy distinta es aparecer acompañándolo en ceremonias cargadas de significado político y militar, incluyendo homenajes a combatientes caídos en un conflicto que divide narrativas, intereses y alianzas internacionales.
Zelenski, es una figura profundamente polémica. Llegó al poder en 2019 y continúa ejerciendo bajo el marco de la ley marcial vigente en Ucrania, que impide celebrar elecciones nacionales mientras dure la guerra. Sus partidarios sostienen que es una necesidad constitucional ante una invasión; sus críticos argumentan que es un dictador y que el conflicto ha sido extendido indefinidamente, así como su permanencia política.
Tampoco se puede ignorar que el conflicto entre Rusia y Ucrania no nació de la nada ni cabe en caricaturas. Hay quienes señalan la expansión de la OTAN como factor de tensión, así como la visión de que rusos y ucranianos son "un solo pueblo"; otros recuerdan que ninguna disputa geopolítica justifica una invasión militar.
Zelenski no quiere terminar la guerra porque se le acaba su mandato, así como los fondos que sigue recibiendo por el orden de miles de millones de dólares para su “causa”.
Por eso sorprende más la pregunta hondureña: ¿qué ganamos nosotros?
¿Estamos buscando cooperación económica? ¿Inversión? ¿Acceso tecnológico? ¿Un acuerdo estratégico? ¿O simplemente alguien creyó que una foto bonita con el actor mejor pagado del mundo ya cuenta como política exterior?
¿No había otros países que no estuvieran en conflicto para ir a visitar?
Porque si existe un equipo de análisis geopolítico en Cancillería, uno esperaría que cada paso tenga cálculo y propósito. Honduras no necesita aventuras diplomáticas ni gestos que puedan interpretarse como alineamientos innecesarios.
Y si detrás de esta visita existe un plan mayor, magnífico: que lo expliquen. Pero si fue únicamente aceptar una invitación sin medir el tablero internacional, entonces no estamos jugando ajedrez; estamos moviendo piezas a lo loco.
Y en política exterior, cuando un país pequeño improvisa, normalmente el costo no lo paga quien viajó. Lo termina pagando el país entero.
@TitoAsfuraPHN@titoasfura@Papialaordenh@hnpresidencia@SEPresidencial@CancilleriaHN@augustoargueta.
Tito y Zelenski
Hay decisiones de política exterior que se entienden de inmediato. Hay otras que requieren explicación. Y luego están las que dejan a medio país preguntándose si alguien en Cancillería revisó el mapa antes de comprar el boleto.
El presidente Nasry Asfura decidió realizar una visita oficial a Ucrania y reunirse con Volodímir Zelenski, justo en un momento donde Honduras parece haber apostado por fortalecer relaciones con Estados Unidos y por proyectar estabilidad y pragmatismo internacional. Hasta allí, podría decirse que toda nación soberana tiene derecho a relacionarse con quien estime conveniente. Correcto.
Pero la política internacional no es una reunión de vecinos. Los símbolos importan. Los momentos importan. Y las fotografías importan todavía más.
Porque una cosa es reunirse con el presidente de un país en guerra. Otra muy distinta es aparecer acompañándolo en ceremonias cargadas de significado político y militar, incluyendo homenajes a combatientes caídos en un conflicto que divide narrativas, intereses y alianzas internacionales.
Zelenski, es una figura profundamente polémica. Llegó al poder en 2019 y continúa ejerciendo bajo el marco de la ley marcial vigente en Ucrania, que impide celebrar elecciones nacionales mientras dure la guerra. Sus partidarios sostienen que es una necesidad constitucional ante una invasión; sus críticos argumentan que es un dictador y que el conflicto ha sido extendido indefinidamente, así como su permanencia política.
Tampoco se puede ignorar que el conflicto entre Rusia y Ucrania no nació de la nada ni cabe en caricaturas. Hay quienes señalan la expansión de la OTAN como factor de tensión, así como la visión de que rusos y ucranianos son "un solo pueblo"; otros recuerdan que ninguna disputa geopolítica justifica una invasión militar.
Zelenski no quiere terminar la guerra porque se le acaba su mandato, así como los fondos que sigue recibiendo por el orden de miles de millones de dólares para su “causa”.
Por eso sorprende más la pregunta hondureña: ¿qué ganamos nosotros?
¿Estamos buscando cooperación económica? ¿Inversión? ¿Acceso tecnológico? ¿Un acuerdo estratégico? ¿O simplemente alguien creyó que una foto bonita con el actor mejor pagado del mundo ya cuenta como política exterior?
¿No había otros países que no estuvieran en conflicto para ir a visitar?
Porque si existe un equipo de análisis geopolítico en Cancillería, uno esperaría que cada paso tenga cálculo y propósito. Honduras no necesita aventuras diplomáticas ni gestos que puedan interpretarse como alineamientos innecesarios.
Y si detrás de esta visita existe un plan mayor, magnífico: que lo expliquen. Pero si fue únicamente aceptar una invitación sin medir el tablero internacional, entonces no estamos jugando ajedrez; estamos moviendo piezas a lo loco.
Y en política exterior, cuando un país pequeño improvisa, normalmente el costo no lo paga quien viajó. Lo termina pagando el país entero.
@TitoAsfuraPHN@titoasfura@Papialaordenh@hnpresidencia@SEPresidencial@CancilleriaHN@augustoargueta.
Tito y Zelenski
Hay decisiones de política exterior que se entienden de inmediato. Hay otras que requieren explicación. Y luego están las que dejan a medio país preguntándose si alguien en Cancillería revisó el mapa antes de comprar el boleto.
El presidente Nasry Asfura decidió realizar una visita oficial a Ucrania y reunirse con Volodímir Zelenski, justo en un momento donde Honduras parece haber apostado por fortalecer relaciones con Estados Unidos y por proyectar estabilidad y pragmatismo internacional. Hasta allí, podría decirse que toda nación soberana tiene derecho a relacionarse con quien estime conveniente. Correcto.
Pero la política internacional no es una reunión de vecinos. Los símbolos importan. Los momentos importan. Y las fotografías importan todavía más.
Porque una cosa es reunirse con el presidente de un país en guerra. Otra muy distinta es aparecer acompañándolo en ceremonias cargadas de significado político y militar, incluyendo homenajes a combatientes caídos en un conflicto que divide narrativas, intereses y alianzas internacionales.
Zelenski, es una figura profundamente polémica. Llegó al poder en 2019 y continúa ejerciendo bajo el marco de la ley marcial vigente en Ucrania, que impide celebrar elecciones nacionales mientras dure la guerra. Sus partidarios sostienen que es una necesidad constitucional ante una invasión; sus críticos argumentan que es un dictador y que el conflicto ha sido extendido indefinidamente, así como su permanencia política.
Tampoco se puede ignorar que el conflicto entre Rusia y Ucrania no nació de la nada ni cabe en caricaturas. Hay quienes señalan la expansión de la OTAN como factor de tensión, así como la visión de que rusos y ucranianos son "un solo pueblo"; otros recuerdan que ninguna disputa geopolítica justifica una invasión militar.
Zelenski no quiere terminar la guerra porque se le acaba su mandato, así como los fondos que sigue recibiendo por el orden de miles de millones de dólares para su “causa”.
Por eso sorprende más la pregunta hondureña: ¿qué ganamos nosotros?
¿Estamos buscando cooperación económica? ¿Inversión? ¿Acceso tecnológico? ¿Un acuerdo estratégico? ¿O simplemente alguien creyó que una foto bonita con el actor mejor pagado del mundo ya cuenta como política exterior?
¿No había otros países que no estuvieran en conflicto para ir a visitar?
Porque si existe un equipo de análisis geopolítico en Cancillería, uno esperaría que cada paso tenga cálculo y propósito. Honduras no necesita aventuras diplomáticas ni gestos que puedan interpretarse como alineamientos innecesarios.
Y si detrás de esta visita existe un plan mayor, magnífico: que lo expliquen. Pero si fue únicamente aceptar una invitación sin medir el tablero internacional, entonces no estamos jugando ajedrez; estamos moviendo piezas a lo loco.
Y en política exterior, cuando un país pequeño improvisa, normalmente el costo no lo paga quien viajó. Lo termina pagando el país entero.
@TitoAsfuraPHN@titoasfura@Papialaordenh@hnpresidencia@SEPresidencial@CancilleriaHN@augustoargueta.
Tito y Zelenski
Hay decisiones de política exterior que se entienden de inmediato. Hay otras que requieren explicación. Y luego están las que dejan a medio país preguntándose si alguien en Cancillería revisó el mapa antes de comprar el boleto.
El presidente Nasry Asfura decidió realizar una visita oficial a Ucrania y reunirse con Volodímir Zelenski, justo en un momento donde Honduras parece haber apostado por fortalecer relaciones con Estados Unidos y por proyectar estabilidad y pragmatismo internacional. Hasta allí, podría decirse que toda nación soberana tiene derecho a relacionarse con quien estime conveniente. Correcto.
Pero la política internacional no es una reunión de vecinos. Los símbolos importan. Los momentos importan. Y las fotografías importan todavía más.
Porque una cosa es reunirse con el presidente de un país en guerra. Otra muy distinta es aparecer acompañándolo en ceremonias cargadas de significado político y militar, incluyendo homenajes a combatientes caídos en un conflicto que divide narrativas, intereses y alianzas internacionales.
Zelenski, es una figura profundamente polémica. Llegó al poder en 2019 y continúa ejerciendo bajo el marco de la ley marcial vigente en Ucrania, que impide celebrar elecciones nacionales mientras dure la guerra. Sus partidarios sostienen que es una necesidad constitucional ante una invasión; sus críticos argumentan que es un dictador y que el conflicto ha sido extendido indefinidamente, así como su permanencia política.
Tampoco se puede ignorar que el conflicto entre Rusia y Ucrania no nació de la nada ni cabe en caricaturas. Hay quienes señalan la expansión de la OTAN como factor de tensión, así como la visión de que rusos y ucranianos son "un solo pueblo"; otros recuerdan que ninguna disputa geopolítica justifica una invasión militar.
Zelenski no quiere terminar la guerra porque se le acaba su mandato, así como los fondos que sigue recibiendo por el orden de miles de millones de dólares para su “causa”.
Por eso sorprende más la pregunta hondureña: ¿qué ganamos nosotros?
¿Estamos buscando cooperación económica? ¿Inversión? ¿Acceso tecnológico? ¿Un acuerdo estratégico? ¿O simplemente alguien creyó que una foto bonita con el actor mejor pagado del mundo ya cuenta como política exterior?
¿No había otros países que no estuvieran en conflicto para ir a visitar?
Porque si existe un equipo de análisis geopolítico en Cancillería, uno esperaría que cada paso tenga cálculo y propósito. Honduras no necesita aventuras diplomáticas ni gestos que puedan interpretarse como alineamientos innecesarios.
Y si detrás de esta visita existe un plan mayor, magnífico: que lo expliquen. Pero si fue únicamente aceptar una invitación sin medir el tablero internacional, entonces no estamos jugando ajedrez; estamos moviendo piezas a lo loco.
Y en política exterior, cuando un país pequeño improvisa, normalmente el costo no lo paga quien viajó. Lo termina pagando el país entero.
@TitoAsfuraPHN@titoasfura@Papialaordenh@hnpresidencia@SEPresidencial@CancilleriaHN@augustoargueta.
Tito y Zelenski
Hay decisiones de política exterior que se entienden de inmediato. Hay otras que requieren explicación. Y luego están las que dejan a medio país preguntándose si alguien en Cancillería revisó el mapa antes de comprar el boleto.
El presidente Nasry Asfura decidió realizar una visita oficial a Ucrania y reunirse con Volodímir Zelenski, justo en un momento donde Honduras parece haber apostado por fortalecer relaciones con Estados Unidos y por proyectar estabilidad y pragmatismo internacional. Hasta allí, podría decirse que toda nación soberana tiene derecho a relacionarse con quien estime conveniente. Correcto.
Pero la política internacional no es una reunión de vecinos. Los símbolos importan. Los momentos importan. Y las fotografías importan todavía más.
Porque una cosa es reunirse con el presidente de un país en guerra. Otra muy distinta es aparecer acompañándolo en ceremonias cargadas de significado político y militar, incluyendo homenajes a combatientes caídos en un conflicto que divide narrativas, intereses y alianzas internacionales.
Zelenski, es una figura profundamente polémica. Llegó al poder en 2019 y continúa ejerciendo bajo el marco de la ley marcial vigente en Ucrania, que impide celebrar elecciones nacionales mientras dure la guerra. Sus partidarios sostienen que es una necesidad constitucional ante una invasión; sus críticos argumentan que es un dictador y que el conflicto ha sido extendido indefinidamente, así como su permanencia política.
Tampoco se puede ignorar que el conflicto entre Rusia y Ucrania no nació de la nada ni cabe en caricaturas. Hay quienes señalan la expansión de la OTAN como factor de tensión, así como la visión de que rusos y ucranianos son "un solo pueblo"; otros recuerdan que ninguna disputa geopolítica justifica una invasión militar.
Zelenski no quiere terminar la guerra porque se le acaba su mandato, así como los fondos que sigue recibiendo por el orden de miles de millones de dólares para su “causa”.
Por eso sorprende más la pregunta hondureña: ¿qué ganamos nosotros?
¿Estamos buscando cooperación económica? ¿Inversión? ¿Acceso tecnológico? ¿Un acuerdo estratégico? ¿O simplemente alguien creyó que una foto bonita con el actor mejor pagado del mundo ya cuenta como política exterior?
¿No había otros países que no estuvieran en conflicto para ir a visitar?
Porque si existe un equipo de análisis geopolítico en Cancillería, uno esperaría que cada paso tenga cálculo y propósito. Honduras no necesita aventuras diplomáticas ni gestos que puedan interpretarse como alineamientos innecesarios.
Y si detrás de esta visita existe un plan mayor, magnífico: que lo expliquen. Pero si fue únicamente aceptar una invitación sin medir el tablero internacional, entonces no estamos jugando ajedrez; estamos moviendo piezas a lo loco.
Y en política exterior, cuando un país pequeño improvisa, normalmente el costo no lo paga quien viajó. Lo termina pagando el país entero.
@TitoAsfuraPHN@titoasfura@Papialaordenh@hnpresidencia@SEPresidencial@CancilleriaHN@augustoargueta.
Tito y Zelenski
Hay decisiones de política exterior que se entienden de inmediato. Hay otras que requieren explicación. Y luego están las que dejan a medio país preguntándose si alguien en Cancillería revisó el mapa antes de comprar el boleto.
El presidente Nasry Asfura decidió realizar una visita oficial a Ucrania y reunirse con Volodímir Zelenski, justo en un momento donde Honduras parece haber apostado por fortalecer relaciones con Estados Unidos y por proyectar estabilidad y pragmatismo internacional. Hasta allí, podría decirse que toda nación soberana tiene derecho a relacionarse con quien estime conveniente. Correcto.
Pero la política internacional no es una reunión de vecinos. Los símbolos importan. Los momentos importan. Y las fotografías importan todavía más.
Porque una cosa es reunirse con el presidente de un país en guerra. Otra muy distinta es aparecer acompañándolo en ceremonias cargadas de significado político y militar, incluyendo homenajes a combatientes caídos en un conflicto que divide narrativas, intereses y alianzas internacionales.
Zelenski, es una figura profundamente polémica. Llegó al poder en 2019 y continúa ejerciendo bajo el marco de la ley marcial vigente en Ucrania, que impide celebrar elecciones nacionales mientras dure la guerra. Sus partidarios sostienen que es una necesidad constitucional ante una invasión; sus críticos argumentan que es un dictador y que el conflicto ha sido extendido indefinidamente, así como su permanencia política.
Tampoco se puede ignorar que el conflicto entre Rusia y Ucrania no nació de la nada ni cabe en caricaturas. Hay quienes señalan la expansión de la OTAN como factor de tensión, así como la visión de que rusos y ucranianos son "un solo pueblo"; otros recuerdan que ninguna disputa geopolítica justifica una invasión militar.
Zelenski no quiere terminar la guerra porque se le acaba su mandato, así como los fondos que sigue recibiendo por el orden de miles de millones de dólares para su “causa”.
Por eso sorprende más la pregunta hondureña: ¿qué ganamos nosotros?
¿Estamos buscando cooperación económica? ¿Inversión? ¿Acceso tecnológico? ¿Un acuerdo estratégico? ¿O simplemente alguien creyó que una foto bonita con el actor mejor pagado del mundo ya cuenta como política exterior?
¿No había otros países que no estuvieran en conflicto para ir a visitar?
Porque si existe un equipo de análisis geopolítico en Cancillería, uno esperaría que cada paso tenga cálculo y propósito. Honduras no necesita aventuras diplomáticas ni gestos que puedan interpretarse como alineamientos innecesarios.
Y si detrás de esta visita existe un plan mayor, magnífico: que lo expliquen. Pero si fue únicamente aceptar una invitación sin medir el tablero internacional, entonces no estamos jugando ajedrez; estamos moviendo piezas a lo loco.
Y en política exterior, cuando un país pequeño improvisa, normalmente el costo no lo paga quien viajó. Lo termina pagando el país entero.
@TitoAsfuraPHN@titoasfura@Papialaordenh@hnpresidencia@SEPresidencial@CancilleriaHN@augustoargueta.
Tito y Zelenski
Hay decisiones de política exterior que se entienden de inmediato. Hay otras que requieren explicación. Y luego están las que dejan a medio país preguntándose si alguien en Cancillería revisó el mapa antes de comprar el boleto.
El presidente Nasry Asfura decidió realizar una visita oficial a Ucrania y reunirse con Volodímir Zelenski, justo en un momento donde Honduras parece haber apostado por fortalecer relaciones con Estados Unidos y por proyectar estabilidad y pragmatismo internacional. Hasta allí, podría decirse que toda nación soberana tiene derecho a relacionarse con quien estime conveniente. Correcto.
Pero la política internacional no es una reunión de vecinos. Los símbolos importan. Los momentos importan. Y las fotografías importan todavía más.
Porque una cosa es reunirse con el presidente de un país en guerra. Otra muy distinta es aparecer acompañándolo en ceremonias cargadas de significado político y militar, incluyendo homenajes a combatientes caídos en un conflicto que divide narrativas, intereses y alianzas internacionales.
Zelenski, es una figura profundamente polémica. Llegó al poder en 2019 y continúa ejerciendo bajo el marco de la ley marcial vigente en Ucrania, que impide celebrar elecciones nacionales mientras dure la guerra. Sus partidarios sostienen que es una necesidad constitucional ante una invasión; sus críticos argumentan que es un dictador y que el conflicto ha sido extendido indefinidamente, así como su permanencia política.
Tampoco se puede ignorar que el conflicto entre Rusia y Ucrania no nació de la nada ni cabe en caricaturas. Hay quienes señalan la expansión de la OTAN como factor de tensión, así como la visión de que rusos y ucranianos son "un solo pueblo"; otros recuerdan que ninguna disputa geopolítica justifica una invasión militar.
Zelenski no quiere terminar la guerra porque se le acaba su mandato, así como los fondos que sigue recibiendo por el orden de miles de millones de dólares para su “causa”.
Por eso sorprende más la pregunta hondureña: ¿qué ganamos nosotros?
¿Estamos buscando cooperación económica? ¿Inversión? ¿Acceso tecnológico? ¿Un acuerdo estratégico? ¿O simplemente alguien creyó que una foto bonita con el actor mejor pagado del mundo ya cuenta como política exterior?
¿No había otros países que no estuvieran en conflicto para ir a visitar?
Porque si existe un equipo de análisis geopolítico en Cancillería, uno esperaría que cada paso tenga cálculo y propósito. Honduras no necesita aventuras diplomáticas ni gestos que puedan interpretarse como alineamientos innecesarios.
Y si detrás de esta visita existe un plan mayor, magnífico: que lo expliquen. Pero si fue únicamente aceptar una invitación sin medir el tablero internacional, entonces no estamos jugando ajedrez; estamos moviendo piezas a lo loco.
Y en política exterior, cuando un país pequeño improvisa, normalmente el costo no lo paga quien viajó. Lo termina pagando el país entero.
@TitoAsfuraPHN@titoasfura@Papialaordenh@hnpresidencia@SEPresidencial@CancilleriaHN@augustoargueta.
Tito y Zelenski
Hay decisiones de política exterior que se entienden de inmediato. Hay otras que requieren explicación. Y luego están las que dejan a medio país preguntándose si alguien en Cancillería revisó el mapa antes de comprar el boleto.
El presidente Nasry Asfura decidió realizar una visita oficial a Ucrania y reunirse con Volodímir Zelenski, justo en un momento donde Honduras parece haber apostado por fortalecer relaciones con Estados Unidos y por proyectar estabilidad y pragmatismo internacional. Hasta allí, podría decirse que toda nación soberana tiene derecho a relacionarse con quien estime conveniente. Correcto.
Pero la política internacional no es una reunión de vecinos. Los símbolos importan. Los momentos importan. Y las fotografías importan todavía más.
Porque una cosa es reunirse con el presidente de un país en guerra. Otra muy distinta es aparecer acompañándolo en ceremonias cargadas de significado político y militar, incluyendo homenajes a combatientes caídos en un conflicto que divide narrativas, intereses y alianzas internacionales.
Zelenski, es una figura profundamente polémica. Llegó al poder en 2019 y continúa ejerciendo bajo el marco de la ley marcial vigente en Ucrania, que impide celebrar elecciones nacionales mientras dure la guerra. Sus partidarios sostienen que es una necesidad constitucional ante una invasión; sus críticos argumentan que es un dictador y que el conflicto ha sido extendido indefinidamente, así como su permanencia política.
Tampoco se puede ignorar que el conflicto entre Rusia y Ucrania no nació de la nada ni cabe en caricaturas. Hay quienes señalan la expansión de la OTAN como factor de tensión, así como la visión de que rusos y ucranianos son "un solo pueblo"; otros recuerdan que ninguna disputa geopolítica justifica una invasión militar.
Zelenski no quiere terminar la guerra porque se le acaba su mandato, así como los fondos que sigue recibiendo por el orden de miles de millones de dólares para su “causa”.
Por eso sorprende más la pregunta hondureña: ¿qué ganamos nosotros?
¿Estamos buscando cooperación económica? ¿Inversión? ¿Acceso tecnológico? ¿Un acuerdo estratégico? ¿O simplemente alguien creyó que una foto bonita con el actor mejor pagado del mundo ya cuenta como política exterior?
¿No había otros países que no estuvieran en conflicto para ir a visitar?
Porque si existe un equipo de análisis geopolítico en Cancillería, uno esperaría que cada paso tenga cálculo y propósito. Honduras no necesita aventuras diplomáticas ni gestos que puedan interpretarse como alineamientos innecesarios.
Y si detrás de esta visita existe un plan mayor, magnífico: que lo expliquen. Pero si fue únicamente aceptar una invitación sin medir el tablero internacional, entonces no estamos jugando ajedrez; estamos moviendo piezas a lo loco.
Y en política exterior, cuando un país pequeño improvisa, normalmente el costo no lo paga quien viajó. Lo termina pagando el país entero.
@TitoAsfuraPHN@titoasfura@Papialaordenh@hnpresidencia@SEPresidencial@CancilleriaHN@augustoargueta.
Tito y Zelenski
Hay decisiones de política exterior que se entienden de inmediato. Hay otras que requieren explicación. Y luego están las que dejan a medio país preguntándose si alguien en Cancillería revisó el mapa antes de comprar el boleto.
El presidente Nasry Asfura decidió realizar una visita oficial a Ucrania y reunirse con Volodímir Zelenski, justo en un momento donde Honduras parece haber apostado por fortalecer relaciones con Estados Unidos y por proyectar estabilidad y pragmatismo internacional. Hasta allí, podría decirse que toda nación soberana tiene derecho a relacionarse con quien estime conveniente. Correcto.
Pero la política internacional no es una reunión de vecinos. Los símbolos importan. Los momentos importan. Y las fotografías importan todavía más.
Porque una cosa es reunirse con el presidente de un país en guerra. Otra muy distinta es aparecer acompañándolo en ceremonias cargadas de significado político y militar, incluyendo homenajes a combatientes caídos en un conflicto que divide narrativas, intereses y alianzas internacionales.
Zelenski, es una figura profundamente polémica. Llegó al poder en 2019 y continúa ejerciendo bajo el marco de la ley marcial vigente en Ucrania, que impide celebrar elecciones nacionales mientras dure la guerra. Sus partidarios sostienen que es una necesidad constitucional ante una invasión; sus críticos argumentan que es un dictador y que el conflicto ha sido extendido indefinidamente, así como su permanencia política.
Tampoco se puede ignorar que el conflicto entre Rusia y Ucrania no nació de la nada ni cabe en caricaturas. Hay quienes señalan la expansión de la OTAN como factor de tensión, así como la visión de que rusos y ucranianos son "un solo pueblo"; otros recuerdan que ninguna disputa geopolítica justifica una invasión militar.
Zelenski no quiere terminar la guerra porque se le acaba su mandato, así como los fondos que sigue recibiendo por el orden de miles de millones de dólares para su “causa”.
Por eso sorprende más la pregunta hondureña: ¿qué ganamos nosotros?
¿Estamos buscando cooperación económica? ¿Inversión? ¿Acceso tecnológico? ¿Un acuerdo estratégico? ¿O simplemente alguien creyó que una foto bonita con el actor mejor pagado del mundo ya cuenta como política exterior?
¿No había otros países que no estuvieran en conflicto para ir a visitar?
Porque si existe un equipo de análisis geopolítico en Cancillería, uno esperaría que cada paso tenga cálculo y propósito. Honduras no necesita aventuras diplomáticas ni gestos que puedan interpretarse como alineamientos innecesarios.
Y si detrás de esta visita existe un plan mayor, magnífico: que lo expliquen. Pero si fue únicamente aceptar una invitación sin medir el tablero internacional, entonces no estamos jugando ajedrez; estamos moviendo piezas a lo loco.
Y en política exterior, cuando un país pequeño improvisa, normalmente el costo no lo paga quien viajó. Lo termina pagando el país entero.
@TitoAsfuraPHN@titoasfura@Papialaordenh@hnpresidencia@SEPresidencial@CancilleriaHN@augustoargueta.
Tito y Zelenski
Hay decisiones de política exterior que se entienden de inmediato. Hay otras que requieren explicación. Y luego están las que dejan a medio país preguntándose si alguien en Cancillería revisó el mapa antes de comprar el boleto.
El presidente Nasry Asfura decidió realizar una visita oficial a Ucrania y reunirse con Volodímir Zelenski, justo en un momento donde Honduras parece haber apostado por fortalecer relaciones con Estados Unidos y por proyectar estabilidad y pragmatismo internacional. Hasta allí, podría decirse que toda nación soberana tiene derecho a relacionarse con quien estime conveniente. Correcto.
Pero la política internacional no es una reunión de vecinos. Los símbolos importan. Los momentos importan. Y las fotografías importan todavía más.
Porque una cosa es reunirse con el presidente de un país en guerra. Otra muy distinta es aparecer acompañándolo en ceremonias cargadas de significado político y militar, incluyendo homenajes a combatientes caídos en un conflicto que divide narrativas, intereses y alianzas internacionales.
Zelenski, es una figura profundamente polémica. Llegó al poder en 2019 y continúa ejerciendo bajo el marco de la ley marcial vigente en Ucrania, que impide celebrar elecciones nacionales mientras dure la guerra. Sus partidarios sostienen que es una necesidad constitucional ante una invasión; sus críticos argumentan que es un dictador y que el conflicto ha sido extendido indefinidamente, así como su permanencia política.
Tampoco se puede ignorar que el conflicto entre Rusia y Ucrania no nació de la nada ni cabe en caricaturas. Hay quienes señalan la expansión de la OTAN como factor de tensión, así como la visión de que rusos y ucranianos son "un solo pueblo"; otros recuerdan que ninguna disputa geopolítica justifica una invasión militar.
Zelenski no quiere terminar la guerra porque se le acaba su mandato, así como los fondos que sigue recibiendo por el orden de miles de millones de dólares para su “causa”.
Por eso sorprende más la pregunta hondureña: ¿qué ganamos nosotros?
¿Estamos buscando cooperación económica? ¿Inversión? ¿Acceso tecnológico? ¿Un acuerdo estratégico? ¿O simplemente alguien creyó que una foto bonita con el actor mejor pagado del mundo ya cuenta como política exterior?
¿No había otros países que no estuvieran en conflicto para ir a visitar?
Porque si existe un equipo de análisis geopolítico en Cancillería, uno esperaría que cada paso tenga cálculo y propósito. Honduras no necesita aventuras diplomáticas ni gestos que puedan interpretarse como alineamientos innecesarios.
Y si detrás de esta visita existe un plan mayor, magnífico: que lo expliquen. Pero si fue únicamente aceptar una invitación sin medir el tablero internacional, entonces no estamos jugando ajedrez; estamos moviendo piezas a lo loco.
Y en política exterior, cuando un país pequeño improvisa, normalmente el costo no lo paga quien viajó. Lo termina pagando el país entero.
@TitoAsfuraPHN@titoasfura@Papialaordenh@hnpresidencia@SEPresidencial@CancilleriaHN@augustoargueta.