Un chico joven me contactó para hacerme un retrato artístico. Acepté.
Todo sucedió en mi departamento. Me pidió que posara de espaldas, casi desnudo, con solo una tanga naranja que apenas cubría mi gran culo macho. Me coloqué frente al balcón, mirando hacia la ciudad. Desde el primer trazo, vi cómo se concentraba en mis nalgas, esbozando con dedicación su forma redonda y potente. A medida que avanzaba la pintura, notaba cómo su respiración se agitaba y de vez en cuando se agarraba el bulto por encima del pantalón, sin poder disimular.
Cuando por fin terminó, me mostró el cuadro. Me quedé impresionado. Antes de que pudiera decir nada, se acercó y me besó con hambre, metiendo su lengua con urgencia. Lo agarré fuerte de la mano y lo llevé directo a mi habitación.
Allí, ya tenía el pantalón abierto. Sacó una verga gruesa, venosa y completamente dura. Sin pensarlo, me arrodillé y se la metí a la boca con gusto. Era un placer chupar ese monstruo, sentir cómo palpitaba contra mi lengua mientras él gemía y me agarraba la cabeza.
Me levantó, me tiró sobre la cama y me devoró el culo con verdadero candor. Su lengua recorrió cada centímetro de mi agujero, lamiéndome con lujuria. Después subió por mi espalda, lamiendo todo mi cuerpo hasta llegar a mi cuello.
Me penetró de una sola vez, metiéndome esa verga gruesa y dura hasta el fondo. Me folló con fuerza, profundo y salvaje. Cuando sintió que iba a correrse, sacó su polla de mi culo y descargó chorros espesos y calientes de semen sobre mi espalda, marcándome con su corrida mientras gruñía de placer.
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