No hay sangre en este poema,
solo un silencio espeso y real,
una noche que nunca termina,
una puerta sin señal de cerrar.
Y sin embargo —sí, aún hay un “sin embargo”—
una grieta en la sombra puede cantar,
porque incluso en la más fría de las piedras
a veces germina un cristal.
Hay un cuarto al fondo del alma
donde el eco se sienta a llorar,
las paredes gotean promesas rotas
y el reloj dejó de intentar.
Las ventanas miran al vacío
como quien ya no espera sol,
y el aire, tan quieto, parece
haber olvidado el rumor del perdón.
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Allí vive un susurro antiguo
que nadie quiso escuchar,
una voz que pidió auxilio
en idiomas que nadie supo hablar.
El cuerpo camina, sí,
pero el alma se quedó atrás,
colgando de un hilo invisible
entre el deseo de irse y el miedo a estar.
Estoy sintiendo un vacío inmenso en mi corazón, siento que mi alma se estanca, mi corazón late sin cesar, mis manos tiemblan sin razón, y mi pecho esta tan oprimido que no puedo respirar…