Le mintió a los porteños jurando que si lo votaban iba a asumir su banca. Mintió.
Le mintió al Gobierno jurando que no tenía nada más oculto que la cascada en Indio Cuá. Mintió.
Le mintió al Congreso cuando juró que tenía todo declarado y después dijo que en realidad era un evasor. Mintió.
Le mintió al periodismo cuando juró que no tenía nada que ocultar y que eran "apenas periodistas". Mintió.
Le mintió a los argentinos cuando juró que había ido a Nueva York con su mujer a "deslomarse" porque llevaba años sin vacaciones. Mintió.
Le mintió a las autoridades impositivas cuando juró que se había, sic, encontrado un pendrive con criptos y plata cash en la casa de su padre fallecido. Mintió.
Le mintió a los legisladores de su propio partido cuando les juró que tenía los papeles en regla. Mintió.
Y encima usó la tarjeta de sus empleados para comprar cosas para sus jueguitos y la de su secretaria para comprar sábanas, presionó al contratista del country para que no lo delate, usó jubiladas para simular un préstamo a cero interés, se movía en aviones privados con tipos a los que él mismo contrataba, se iba de vacaciones con todo pago por beneficiarios de contratos del Estado.
A todo esto, a ese señor lo apoyaron, lo defendieron, insultaron a los periodistas que lo investigaban, ponían (sic) las manos en el fuego por él, escrachaban en redes a quienes osaban decir algo en contra de este coso.
Todo esto fue Adorni, el tipo más defendido por el Gobierno y sus patotas digitales, que termina como empezó: una nada gris, medio pelo, sin un logro profesional, que termina en lo más alto del poder por un capricho personal y que termina en el piso por su propia culpa y la de quienes lo pusieron donde jamás debió estar.
Buen día.