M’agradarà q un dia el @govern homenatgi la gent q feia i rebia classes d català en clandestinitat; la gent q es va quedar al Pirineu i va tirar endavant ramats, empreses i explotacions agràries; o la gent q d’autònoms van passar a empresaris, pq ells sí q van aixecar Catalunya!
“No lo haré. Pueden matarme si quieren.”
Auschwitz, 1943. Una médica francesa permanece firme frente a un grupo de mujeres judías aterrorizadas. A pocos pasos, un médico nazi acaba de dictar una instrucción clara:
“Tendrá que ayudar en los experimentos de esterilización.”
Adélaïde Hautval dirige la mirada hacia aquellas prisioneras. Ellas ya comprenden el horror que se prepara: tortura médica disfrazada de ciencia. Acto seguido, vuelve la vista hacia el oficial y pronuncia una palabra categórica:
“No.”
El silencio se vuelve absoluto. En la atmósfera de Auschwitz, nadie rechaza una orden directa sin arriesgar la existencia misma. Le advierten de inmediato que su negativa puede llevarla al paredón de ejecución.
Sin embargo, Adélaïde no cede. Se niega rotundamente a causar daño a esas mujeres y, contra toda lógica dentro del campo, los guardias no la matan.
¿Cómo terminó una médica francesa en medio de aquel infierno?
Un año atrás, en 1942, Adélaïde viajaba por la Francia ocupada cuando fue detenida al intentar cruzar la línea de demarcación. Durante su arresto, presenció el trato cruel que recibían los prisioneros judíos y protestó abiertamente contra las autoridades.
Aquel gesto de valentía fue visto como un desafío. Las fuerzas de ocupación la clasificaron como “amiga de los judíos”, un rótulo destinado a infundir vergüenza, pero que ella llevó con dignidad.
Fue encarcelada, trasladada por distintos centros de internamiento y, finalmente, en enero de 1943, deportada en un vagón hacia Auschwitz.
Al ser médica, los administradores del campo la asignaron a tareas sanitarias. Sin embargo, no dejaron de poner a prueba su lealtad, exigiéndole participar activamente en las agresiones:
“Participe en los experimentos.”
Adélaïde volvió a decir que no. Una y otra vez.
Durante todo su cautiverio, rehusó colaborar con los procedimientos médicos pseudocientíficos. En su lugar, utilizó su posición para atender a las prisioneras, proteger a mujeres judías en peligro y aliviar el sufrimiento en un entorno diseñado exclusivamente para la destrucción.
Cuando le imponían obediencia, respondía con su conciencia; cuando le exigían complicidad, elegía el riesgo personal. No poseía poder, libertad ni garantías de ver el mañana, pero conservaba un límite moral que se negó a cruzar.
Posteriormente fue enviada al campo de Ravensbrück, donde sobrevivió hasta la liberación en 1945.
Al finalizar la guerra, regresó a Francia y reanudó su profesión, buscando reconstruir su rutina cotidiana. Sin embargo, su voz se volvió imprescindible para la historia.
En 1964, acudió como testigo en un proceso judicial sobre los crímenes médicos perpetrados en Auschwitz. Frente a los intentos por minimizar o negar las atrocidades, Adélaïde se mantuvo firme: ella había estado ahí, lo había presenciado todo y se había negado a formar parte.
En 1965, la institución Yad Vashem la distinguió como Justa entre las Naciones, reconociendo su labor en la protección de prisioneros y el riesgo asumido al resistir.
Adélaïde jamás buscó notoriedad. Mantuvo siempre que solo había cumplido con su deber profesional y humano. Tras el reconocimiento, continuó su labor médica en el área de la psiquiatría, atendiendo a personas que cargaban con las secuelas de la guerra.
La doctora Adélaïde Hautval falleció en 1988, a los 82 años de edad.
Su historia invita a reflexionar: tenía motivos de sobra para ceder. Ya era prisionera, ya estaba marcada y su vida dependía de un régimen dispuesto a erradicarla en cualquier instante. Colaborar no le habría garantizado integridad, mientras que negarse ponía en riesgo su vida.
Aun así, eligió resistir. No en una sola ocasión, sino múltiples veces.
Transformó el único recurso que los administradores requerían de ella —su conocimiento profesional— en una herramienta de protección, dignidad y resistencia.
Adélaïde vivió para ofrecer su testimonio y consolidar la verdad histórica. Continuó su labor curativa durante el resto de sus días.
🚨 BREAKING:
"My name is Joe. I'm Jewish, not a Zionist, and I want to live. So I understand that the children of Gaza want to live too. We came from New York, six hours away, because we want you all to know that. We strongly oppose the Zionist march."
El 26 de agosto de 1936, militares golpistas fusilaban en las tapias del Cementerio de Logroño a Segunda Arpón González. Había nacido en Arnedillo (La Rioja), estaba afiliada la Partido Comunista. Fue detenida el 23 de julio, cuando los golpistas leyeron su nombre. Segundita salió a morir de la cárcel el día en el que cumplía 20 años, con el vestido rojo que llevaba. Los pasteles se quedaron en la celda. Fue fusilada junto a su amiga, Juana Moreno. Fuente: "Aquí nunca pasó nada. La Rioja 1936".
Una invasión de MENAS españoles recién llegados a México en 1937. Por suerte en México no existían los Figaredo, ni tenían Abascal, Tellados, Cucas, Bendondos, Feijóo o Ayusos y les acogieron con los brazos abiertos.