Incluso la persona más comprensiva, la que siempre se pone en el lugar del otro y trata de entender, tiene un límite. Porque, aunque sea difícil de aceptar, no todas las conductas son tolerables ni justificables, por mucho que queramos.
Cuando alguien decide poner fin a una relación que ya no funciona, es fácil pensar que esa persona lo hace desde la seguridad absoluta, como si hubiera alcanzado una especie de claridad divina que le permite tomar esa decisión con firmeza.