Hiciste todo lo que pudiste. Diste todo de ti, luchaste y lo intentaste. Pero a veces eso no alcanza, y también hay que aprender a dejarlo ir. No es resignarse ni darse por vencido: es permitir que el tiempo y la vida te enseñen un poco más.
Nunca subestimes la capacidad que tienes para alegrarle la vida a alguien con tu presencia. Sé motivo de felicidad, y también permítete ser feliz por lo que está por venir.
Es hora de que te desprendas de tu pasado y te des cuenta de que ya no eres quien eras; de que no le debes nada a nadie (ni siquiera a ti mismo) y de que estás en el momento perfecto para abrazarte fuerte a tu nueva versión y comenzar a construir esa vida que no puedes dejar de soñar. Vas a poder, lo vas a lograr. Va a ser hermoso. Lo mereces.
Aprendí que madurar también es entender que, a veces, la gente es temporal. Un día todo bien y al otro todo mal. Deja que la vida fluya y que se queden solo los que se tienen que quedar.