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Monedero: "A mí me duele España. Llevo 22 juicios. Voy a irme a América Latina una temporada.
David G. Maciejewski
El Español
Unas prominentes gafas de sol ocultan el rostro de Juan Carlos Monedero. Está sentado en la terraza del Café Pepe Botella, corazón del barrio Malasaña.
Parece como si su alma se hubiera vertido sobre la mesa: una libreta con la imagen de Corto Maltés; un ejemplar de El momento gramsciano de Peter D. Thomas; otro de su último libro, Menos realidades y más promesas; en el vasto manojo de llaves de su apartamento destaca una figurita descolorida del capitán Garfio y, sobre la pantalla de su ordenador, una pegatina rastafari –verde, amarilla, roja– con un león de Judá.
Mientras prepara sus clases de la UCM –Innovaciones Democráticas y Teoría y Práctica de las Democracias–, las cuales ha vuelto a impartir tras un largo y doloroso periodo de baja, cruza miradas cómplices con los vecinos del barrio. Dos operarios de un camión de basura agitan sus manos en la distancia.
"Los trabajadores –dice, profético, dilatándose en cada palabra– me saludan".
Hay quien dice que esta Plaza del Dos de Mayo, homenaje a la revolución fermentada por Daoíz y Velarde, es el verdadero despacho de Monedero, su escondrijo al aire libre. En los corrillos de la prensa se bromea con que si alguien quiere dar con el profesor es más rápido presentarse en la calle San Andrés que llamarle al móvil.
En la solapa de su americana marrón luce un pin bermellón de bordes dorados, sus calcetines son rojos como la sangre, bebe un café tan oscuro como el color de piel de la camarera que se lo ha servido. Hay algo en su actitud, sin embargo, que ha cambiado; una mirada triste, desencantada.
Han pasado 15 años desde aquel 15-M que vino a cambiarlo todo. Lejanas y polvorientas parecen hoy aquellas fotografías de Pablo Iglesias, Íñigo Errejón, Carolina Bescansa, Miguel Urbán, Luis Alegre, Tania González y el propio Monedero elevando el puño bajo el lema del 'sí se puede'. Ilusión es la palabra.
Pero el aroma a revolución se ha desintegrado. Podemos y sus múltiples mutaciones han sido transformadas en un montón de cenizas. La encarnizada guerra política, mediática y judicial, en palabras de Monedero, ha acabado por quemar a muchos de sus fundadores.
Tiene el cofundador e ideólogo del movimiento morado el rostro y la actitud taimada de quien ha abrazado la derrota y camina por los restos humeantes de la batalla.
Le preocupa el futuro. Que la izquierda siga peleándose ad aeternum por su supervivencia, como ha pasado en Andalucía. Que en Vallecas haya más actividad de Carlos Quero que de Podemos. Ve con buenos ojos que existan ilusiones renovadas, pero desconfía de la reconversión de la izquierda bajo la tutela intelectual de Gabriel Rufián e Irene Montero.
Hipótesis es la palabra que más repite, y cita Monedero a Jaime Miquel, demoscópico fallecido.
"Él identificó las 'corrientes profundas' de nuestro país. Estaba preocupado por el auge de la derecha y la extrema derecha. Dijo que había que construir una alternativa. Yo le contesté que la reconstrucción de la izquierda era con Podemos o con las cenizas de Podemos. Creo que ese argumento sigue siendo válido". Cenizas. La palabra quema.
PREGUNTA.– Parece difícil reconstruir algo desde una situación cercana a la extinción.
RESPUESTA.– Cuando yo tenía más presencia política en España siempre defendía que Podemos debía ser la nave nodriza de la izquierda. Sigo convencido de que Podemos tiene la razón teórica de la izquierda y empata con las izquierdas exitosas de América Latina. Con Morena en México. Con el Frente Amplio en Uruguay. Con el PT de Lula en Brasil. Son fuerzas nuevas frente a los viejos partidos del siglo XX. El problema es que Podemos ha perdido su magia política; ha empezado a parecerse demasiado a esa salsa roja de hoces y martillos que algún día criticamos.
P.– ¿Qué mató la 'magia'? ¿Cuáles han sido los grandes errores?
R.– La principal hipótesis que ha seguido Podemos estos últimos años ha sido delenda est. Sumar. Hay que destruir a Sumar. Una decisión que se asume después del veto de Yolanda Díaz a Irene Montero. Siendo comprensible en términos humanos, en términos políticos ha sido un profundo error. Esa hipótesis confundió a la militancia. Al fin y al cabo, Sumar era un invento de Podemos para recuperar el espacio que había perdido con sus diferentes escisiones. La hipótesis de que había que destruirla por ser una 'fuerza traidora' demasiado obsecuente con el Partido Socialista sólo iba a servir para que nuestros votantes terminasen yéndose a su casa o votando al PSOE. Era equivocado pensar que esa fijación contra Sumar iba a suponer la recuperación de ese espacio político. El tiempo, desgraciadamente, me ha dado la razón.
P.– Da la sensación de que ha sido una 'destrucción mutua'. Un choque de trenes que ha acabado con ambas formaciones. Sólo hace falta ver los resultados de las elecciones en Extremadura, en Aragón, en Castilla y León.
R.–Si en las teorías de juegos la hipótesis más virtuosa es ganar-ganar, esta ha sido perder-perder. Hay una parte de la militancia que refuerza que Sumar es el enemigo. Es terrible. En las redes sociales hoy ves que nada odia más alguien de Podemos que a alguien de Sumar, y viceversa. La derecha está comiendo palomitas. Ahora se están intentando poner en marcha dos nuevas hipótesis para salvaguardar la existencia de Podemos. Una, que yo siempre he defendido, es la del Frente Amplio. La otra ya la planteó Iglesias en su día: Irene Montero con Bildu, ERC y el BNG. A mí me pareció equivocada, porque hacía que Podemos desapareciera como fuerza federal en Cataluña, País Vasco y Galicia. Hay ahí algo mutilado. Esa hipótesis es la que se intentó representar la semana pasada en la Pompeu Fabra.
P.– ¿Puede un independentista insuflar ilusión en un manchego?
R.– Su hipótesis funciona en tanto en cuanto no se quiera concretar.
P.– Eso es una abstracción.
R.–Es que el discurso de la semana pasada fue muy abstracto, no concretó nada, menos incluso que el encuentro de Madrid con Delgado, que fue más programático. Se corre el riesgo de soplar y sorber al mismo tiempo. Siendo conscientes de que hay una hegemonía de la derecha en temas como la familia, la seguridad o la migración, creo que la izquierda debe asumir un discurso claro, comprensible y valiente. Hace falta pedagogía. Es muy importante entender qué piensa y siente la calle. Irse a los barrios. No es un discurso que se pueda hacer desde una universidad como la Pompeu Fabra. No deja de ser una señal de cómo respira la nueva izquierda. Más universitaria que obrera. También más urbana y de barrio residencial que rural. Además, hay que tener un optimismo antropológico que, curiosamente, le falta a Rufián.
P.– ¿A qué se refiere?
R.– Él resumía su discurso en: 'Todo es una puta mierda, hemos perdido todo, la gente se ha hecho de derechas, nos han quitado nuestro espacio y por eso tenemos que unirnos'. Es un error. La hipótesis Rufián tiene dos grandes lagunas: ese pesimismo que él llama realismo pero que tiene cierto aroma de 'tirar la toalla', y la contradicción de declararse independentista cuando intentas que te voten las Castillas, León, Andalucía, Madrid, Cantabria y Asturias. Hay una contradicción en los términos.
P.– Al margen de lo programático, ¿cómo ve a Rufián como político?
R.–Es la persona que más ha crecido en la política española. Es el cisne blanco en una generación de cisnes negros. Ha fracasado Albert Rivera. Ha fracasado Pablo Iglesias. Ha fracasado Eduardo Madina. Ha fracasado, aunque tenga éxito, Isabel Díaz-Ayuso. En cambio él ha sido capaz de crecer, de elevarse por encima de una mirada provinciana y convertir la jactancia y la arrogancia en ironía, que siempre es más elegante. Eso le permite conectar con un público amplio, especialmente joven. Pero eso debe concretarse en ideas, salir de los 140 caracteres. Siempre es una buena noticia que dos personas de izquierdas hablen entre sí, aunque no hay epílogo sin prólogo. Eso implica que no se construye desde la nada. Su hipótesis funciona en tanto en cuanto no se quiera concretar.
P.– Si Rufián representa lo nuevo, Irene Montero es el pasado. ¿No la ve como una figura quemada políticamente?
R.– Estamos en un tiempo donde la sangre se seca muy pronto y donde la gente resucita al margen de la Semana Santa. En política se ha roto la linealidad y hay gente que puede regresar. Ahí está Oltra. Lo que recompensa la política hoy es la honestidad y la coherencia. Si mantienes esos principios, puede pasarte como a Lula: presentarte tres veces y perder, luego ganar, meterte en la cárcel 580 d��as, salir y volver a ganar las elecciones. La política española debe buscar la coherencia, la consistencia ideológica y la generosidad. Pero hay demasiada agitación.
P.– Muchos analistas sostienen que Sánchez utilizó a Yolanda Díaz como una "herramienta de demolición" contra Podemos para dejar que Sumar se desangrara. ¿Es Sánchez el 'Doctor Fausto' definitivo?
R.– El doctor Fausto es quien vende su alma al diablo para obtener la gloria. Esto es más bien Nosferatu... Yo creo que la capacidad de supervivencia de Sánchez tiene que ver con su inclemencia. Él puede acabar con sus círculos más cercanos sin que se le vaya el moreno. No deja de ser terrible que en la política sobreviven quienes tienen mayor capacidad de encanallarse, porque implica alejar a la gente con sensibilidad. Y el resto de la izquierda le ayudan. Hay votantes muy rojos que votan a 'Perro Sánchez' porque ha sido capaz de quitarle las grandes peleas a la izquierda. Ya sea Palestina o la guerra de Irán. Por eso resulta difícil a la izquierda española explicar que Sánchez sea un líder de la izquierda mundial mientras que aquí se le desprecie. Si el encuentro de Barcelona no hace reflexionar a la izquierda del PSOE más vale que se vayan todos a casa.
P.– ¿Por qué ocurre esa divergencia?
R.–Porque decía Goethe que hay virtudes que, aunque las finjas, se acaban convirtiendo en reales. La gratitud, la generosidad, la cortesía. El fingimiento que pone en marcha Pedro Sánchez es convincente para quien no escarba mucho. A mí en el fondo me da igual que Sánchez no sea un pacifista o haya defendido siempre la OTAN si hoy sus posiciones refuerzan el pacifismo o una seguridad europea, como pidió Podemos desde el principio. Hay una parte de la política que tiene que ver con la representación. Podemos se ha despodemizado mientras que el PSOE o Bildu o ERC se han podemizado.
P.– ¿Cree que Sánchez se ha encanallado?
R.– En la medida en que en todo este tiempo Sánchez ha sido capaz de decir una cosa y radicalmente la contraria, nadie puede negar su enorme capacidad de cambiar el discurso… y su sueño. Eso es porque no se lo cree, porque es muy flexible o porque no tiene proyecto. Igual ocurre con Feijóo. Le veo con más miedo a la amenaza de Ayuso y recordando lo que le pasó a Pablo Casado que con un proyecto de España.
P.– Gramsci escribía: "El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese interregno surgen los monstruos". ¿Estamos en ese claroscuro en el que surgen los monstruos?
R.– Sí, y esas situaciones mórbidas ya están aquí. Mira a Trump. O a Putin. Los monstruos tienen una parte terrible y otra ridícula. Cuando uno mira a Hermann Tertsch o a alguien como Figaredo no puede evitar pensar que esa España ya la representó Valle-Inclán en sus esperpentos. Es la España de Luces de Bohemia, de Latino de Hispalis, de Los cuernos de Don Friolera o de la corte de Isabel II. El problema es que ahora está sobrerrepresentada: ha sido capaz de atraer a los enfadados de forma contradictoria. Porque nadie perjudica más al campo y al mundo rural que las políticas de Vox con su apoyo a los aranceles de Trump o a las grandes superficies comerciales, pero ahí tiene un enorme apoyo.
P.– ¿Pero le asustan esos 'monstruos’ o ya está 'curado de espanto', como quien dice?
R.–Hace unos días estuve con el alma en vilo esperando un ultimátum de Trump donde decía que podía usar bombas nucleares para acabar con la civilización persa. Me recordó a las 48 horas del ultimátum de ETA que le costó la vida a Miguel Ángel Blanco, y me indignó el silencio de Abascal, de Ayuso, la hipocresía de Feijóo, incapaces de decir con su nombre: 'Trump, te estás equivocando'. La mediocridad forma parte de los monstruos, como hemos visto en Italia, en Hungría o en Polonia.
¿Cómo fue posible que fuera el vicepresidente de otro país [J. D. Vance] a hacer campaña por Orbán? Antes montábamos un escándalo por que Rusia interfiriera en la política europea y ahora permitimos que venga un vicepresidente a un mitin en Budapest y, en directo, ponga al teléfono al presidente de los Estados Unidos para que diga cómo debemos votar los europeos. Claro que me da miedo. Si no pareciera magia, hay una continuidad entre los visigodos que llamaron a los bereberes y la extrema derecha que convoca a Trump. En Estados Unidos existe un check & balance, pero en otras sociedades, como la española, no.
P.– ¿Cree que España es democráticamente débil?
R.– Sin duda. Franco murió hace 50 años y aún nos siguen oliendo los pies y los sobacos a franquismo. Basta mirar a algunos jueces.
P.– ¿No hay algo en el hiperliderazgo que corrompe al hombre y deriva en esas monstruosidades?
R.– En mi nuevo libro, Menos realidades y más promesas, le dedico un capítulo precisamente al liderazgo. Lo escribo desde mi propio fracaso. Porque cuando uno fracasa tiene que reconocerlo. Es la única forma de que la próxima vez se fracase mejor. Sumergido en esas reflexiones sobre los riesgos de la política releí un libro de 1911 de Robert Michels donde aparecía enunciada una ley que funciona muy bien en las ciencias sociales: la Ley de Hierro de la Oligarquía. Ésta establece que cualquier organización humana acaba siendo dirigida por una élite que, al final, termina pareciéndose más a otras élites que a sus propias bases. Por un lado, porque concentra mucha información, lo que las aleja, y, por otro, porque mejora su nivel de vida y su bienestar, lo que las aleja más. Gramsci se dio cuenta de ello y advirtió de los peligros del centralismo democrático, porque el partido sustituye a la sociedad, el comité central al partido y el secretario general al comité central.
P.– ¿Qué solución propone?
R.– La creación de 'partidos movimiento' que tengan un control del riesgo de que esos liderazgos deriven en monstruos. Cuando desaparece la democracia interna de los partidos, la gente se refugia en las familias, y esas familias terminan peleándose entre ellas. Es la antesala de la pérdida del gobierno. Todos tenemos ángeles y demonios. Quien determina tu comportamiento es una mezcla de quién eres y en quién te has convertido por tu formación y por tu capacidad de que encuentres referencias en tu círculo de reconocimiento. Mussolini le ofreció a Gramsci y Alcide De Gasperi renunciar a sus ideas a cambio de sacarlos de la cárcel. De Gasperi, el democristiano, cedió. Gramsci, no, porque siendo secretario general del Partido Comunista y estando los comunistas en la calle tratando de pararle los pies a los fascistas, él no pudo encontrar ningún tipo de privilegio. La idea del partido movimiento es un partido donde la militancia controla a la dirección. Donde exige que sigas siendo el que eras cuando empezaron a apoyarte.
P.– ¿Ha pasado lo contrario en Podemos?
R.– Evidentemente.
P.– Cíteme algún caso concreto.
R.– Hay que dejar algo para la imaginación del lector.
P.– Miguel Anxo Bastos le dijo hace años en un programa que 'la ley de hierro de la oligarquía' acabaría con Podemos. Usted negó esa posibilidad.
R.–Fui ingenuo. Yo había leído bien a Michels y sabía que la vacuna para evitar esa ley era incrementar la participación interna. Diseñamos herramientas que iban a ser la vacuna: los círculos, la rotación de los cargos, la limitación de los mandatos, las restricciones salariales. Cuando perdimos esas vacunas la infección fue penetrando en el cuerpo político. Más la debilidad de los enormes ataques desde fuera.
P.– Fue infectando el partido y eliminando a sus principales voces. Ya no queda prácticamente nadie del 15-M. ¿Por qué esa purga?
R.–Hay un libro de James Harris, El gran miedo, donde con papeles desclasificados de la URSS se explican las purgas de Stalin. Él da tres grandes explicaciones. Una, la inercia de la política rusa, donde la policía zarista marca la pauta de lo que luego será la checa, la policía política bolchevique. Dos, una deficiente información. Y tres, la paranoia en la que entraron los líderes de la izquierda tras el asesinato de Kírov, el intento de asesinato de Lenin y la guerra civil impulsada por potencias extranjeras. Cuando te vuelven paranoico, aun sea porque vuelan las balas a tu alrededor, acabas metiendo la pata. Podemos fue perseguida de forma inclemente, hubo gente que llegó a la dirección sin pasar por las bases y perdió el contacto con la realidad. Al final, mi sensación es que cierta paranoia se instaló en la cotidianeidad.
P.– El 15-M gritaba "No nos representan" y pedía regeneración democrática y el fin de la corrupción. Hoy el bipartidismo se ha fragmentado, la casta sigue gobernando, hablamos de corrupción, de Ábalos, Koldo, las prostitutas, Kitchen, en fin, parece que nada ha cambiado. ¿Tiene la sensación de estar en la casilla de salida?
R.– Mi lectura es de fracaso. Una oportunidad histórica como el 15-M la perdimos. ¡No todo por culpa nuestra! Siempre que ha habido una emergencia democrática en España, el poder ha dado un zarpazo. Ocurrió con el golpe de Pavía que terminó con la I República. Con el golpe de Primo de Rivera apoyado por Alfonso XIII. El intento de golpe del 18 de julio de 1936. El del 23 de febrero de 1981, donde el rey Juan Carlos, militares y banqueros pensaron que la democracia había llegado demasiado lejos e impulsaron lo que pensaban que era un “correctivo”. Y ocurrió tras el 15-M cuando monarquía, bipartidismo, centralismo, militarismo, catolicismo de Estado y capitalismo clientelista estaban en riesgo. La diferencia es que el golpe contra Podemos no fue militar, sino mediático y jurídico. Recordemos que fue el exjefe de la UDEF el que dijo 'si hace falta nos inventamos una cuenta de Pablo Iglesias fuera' y que tenga que salir a dar explicaciones. El tipo al que le entregamos la máxima responsabilidad en los delitos económicos. Eso ha terminado contaminando la política.
P.– Los ataques hicieron mella pero Iglesias llegó a vicepresidente.
R.– Bueno, pero repercutió. Hubo un momento en el que Podemos e IU tuvieron 6 millones de votos. Gobernó Sánchez con 5,3. Pero el ataque debilita. Reduce los apoyos. Recuerdo estar en el barrio Salamanca y encontrarme con gente que decía: 'Usted qué hace aquí'. ¡Como si estuviera en zona nacional! La calle se volvió un sitio agresivo. Iglesias y Montero tuvieron energúmenos tolerados en la puerta de su casa pese a tener niños dentro. Esos elementos te van debilitando. El poder siempre va a tratar de alimentar las disidencias. Yo mismo estuve casi tres años imputado porque el juez Escalonilla no quiso abrir cuatro correos en los que se demostraba que lo que decía la UDEF era mentira, que no hubo comisiones. Igual pasó con el Caso Niñera, con los sobresueldos, con los sobrecostes de la sede. Todo era mentira. Igual que las acusaciones de García-Castellón. Eso te golpea, te enroca. Yo, que nunca he tenido cargos, he sufrido 22 juicios y querellas. Tuve la última hace un par de semanas. De Manos Limpias, por un tuit.
P.– Son muchos juicios.
R.– Es una estigmatización constante. Aunque siempre los he ganado todos. Pero te va haciendo daño. Te van golpeando. A tus adversarios, algunos de fuera, otros de casa, les da igual la verdad. La calumnia se vuelve parte del juego político. Y, de alguna manera, cuando te denuncian, va haciéndose verdad eso de 'calumnia, que algo queda'. Venezuela, blanqueo de capitales, delitos de odio, apología del terrorismo, antisemitismo, acoso... En mi caso sólo me falta que me acusen de asesinato. Pero no quiero dar ideas…
P.– ¿Cómo se siente eso a nivel personal?
R.– Me duele España. Sólo tiene un consuelo, y es saber que a la gente que yo siempre he respetado en la historia de mi país le ha pasado lo mismo. Por tanto, si quiero ser coherente con lo que ellos hicieron, no tengo que quejarme.
P.– ¿Se ha planteado volver a la política?
R.–No, no. Yo estoy fuera. Ese dolor de España reclama tiempo para curarse. Necesito tomar distancia. De hecho, voy a irme una temporada a América Latina. Necesito quitarme este dolor de país que tengo. Son 12 años de querellas, acusaciones y, lo que más energías quita, peleas internas y divisiones que, como a una Casandra mil veces derrotada, me consume viendo que se acerca el abismo en mi país.
P.– ¿Está resentido con Podemos?
R.– No. Uno se resiente cuando no entiende por qué pasan las cosas. Por eso he escrito un libro lleno de pesimismo esperanzado. Cuando digo Menos realidades y más promesas es porque creo que tenemos que abrir el abanico de lo posible.
P.– A diferencia de Rufián.
R.–Si uno pierde la esperanza se convierte en alguien amargo. Por eso hay que tomar distancia, retirarse a respirar y verlo desde otro lugar. La gente que aguanta lo hace a crecientes dosis de cinismo, y eso te aleja del pueblo común, no es virtuoso. Por eso siempre he creído en la rotación de la política y en la limitación de los mandatos. Lo otro es arterioesclerosis política y metástasis de cinismo. Y hay gente que se mueve con enorme habilidad, inteligencia y astucia en los entresijos de la política, aunque sea sacrificando lo político. Como Pedro Sánchez.
P.– Usted escribió que "la política está llena de pequeños 'doctores Fausto' capaces de quemar en la hoguera a sus amigos con tal de florecer". ¿Iba ese mensaje dirigido a alguien concreto?
R.– La discusión sobre nombres concretos sólo alimenta el nombre y convierte la política en Masterchef.
P.– Se interpretó como una crítica a Pablo Iglesias.
R.– Yo con él tengo una relación de hace muchos años, desde que yo era profesor y él alumno, y me pasa con toda la gente de Podemos o ahora de Sumar. No puedo dejar de observarlos en esa dirección. Cuando empezó Podemos yo ya era mayor. He visto cómo algunos evolucionan y otros derrapan. No deja de ser una enseñanza.
P.– ¿Qué tal el contacto entre ustedes?
R.– Más distante que lo que tenía anteriormente. Porque nunca compartí su gran hipótesis, que se extendía a como él entendía Canal Red.
P.– ¿No describe esa frase de los 'doctores Fausto' exactamente lo que Podemos hizo con usted?
R.– No soy tan importante. Y no tengo ira. Y mira que me llevan intentando quemar en la hoguera amigos y enemigos. Pero no han conseguido agriarme el carácter. A veces me han cansado. Cuando uno se cansa lo que tiene que hacer es descansar. La alquimia no funciona sin introspección.
P.– ¿Qué ha sido lo que más le ha dañado en todos estos años?
R.– Pregunta difícil. Hay donde elegir. Seguramente que los demás no hicieran lo que yo sí hubiera estado dispuesto a hacer por ellos.
P.– Salir a defenderte.
R.– Deja que los lectores puedan imaginar un poco...
P.– Pienso que se refiere a las acusaciones de acoso sexual que archivó la Fiscalía. ¿Eso le afectó especialmente?
R.– Me golpeó. Me acusaron de 'acoso sexual ambiental'.
P.– ¿Qué es eso?
R.–Eso pregunté yo. Qué era eso. No es algo físico, sino supuestos comentarios, que pueden nacer de malinterpretaciones o de otras razones, y que incomodan a alguien. El problema es que estamos en un momento en el cual es muy complicado que si te señalan de acoso, los demás estén dispuestos a jugársela contigo. Yo no lo reprocho, pero sé lo que hubiera hecho yo.
P.– ¿Fue una campaña?
R.– Absolutamente evidente.
P.– ¿Propiciada por quién?
R.– Ese tipo de cuestiones, lo mejor en un estado de derecho es dejárselas a los jueces. En cualquier caso, conmigo la justicia lo archivó de plano. Que es la máxima expresión de 'aquí no hay nada de nada'.
P.– Leo en ABC: "Monedero amenaza a Iglesias y a Montero con pantallazos que les dejan como 'mentirosos'".
R.– La derecha siempre va a intentar generar disensiones internas. Es una forma de alimentar la discordia. Uno de los problemas de la charla de Irene Montero y Gabriel Rufián es la sensación de que sólo hablamos de nosotros. Y al final... ¿a quién le interesa eso? ¿Qué ofrecemos al país? ¿Peleas internas? ¿Cómo nos llevamos entre nosotros? Eso es poco atractivo. Pero no quiero entrar en esas cosas. Estaría bueno que yo renuncie a participar en la política española y al mismo tiempo azuze la disensión. Sería una inconsecuencia.
La ministra @marasedini puede ser una buena vocera si se libera de la formalidad q el Gobierno le asigna (solemne, apretada, siguiendo la minuta) y se dedica a ser ella.
Tiene más calle q la mayoría de los ministros: es madre de acogida hace +de10años y conoce el sufrimiento de los más vulnerables.
Debe desarrollar su faceta pop, decir lo q piensa y siente en las vocerías, olvidarse de la minuta republicana y dejar de subordinarse a los tatitas del gabinete que son sus iguales pero se comportan como sus apoderados.
Ella tiene carisma, colorido, luz, frescura y sentido común. Si se atreve a jugar con esas armas va a superar la prueba. Si sigue secuestrada en un personaje q le imponen, va a fracasar.
Libérate Mara!
Ver a Pamela Jiles al borde de las lagrimas y con colapso mental, no tiene precio……..
No saliste presidenta de la Camara de diputados @PamJiles nefasta !!!!