Tu despedida fue en Domingo de Resurrección, como si el cielo mismo hubiese marcado la hora.
Te fuiste en paz, después de bendecir a miles de almas en la Plaza de San Pedro.
Las casualidades no existen. Los milagros, sí.
Descansa en paz, Papá Francisco.
Cuando alguien fallece pasan años y creemos que lo hemos superado. Pero entonces llega algo, un olor, un sonido, un lugar, una palabra, y todo estalla. Y entonces eres consciente de que sólo nos acostumbramos a esa falta pero nunca aprendemos a vivir sin ella.