Cada botella de agua donada proviene de un venezolano que no tiene agua en su casa.
Cada linterna es de un venezolano que padece apagones de 8 horas.
Cada bolsa de comida es de un venezolano que gana menos de un dolar al mes de salario mínim.
Cada medicina es de un venezolano que tiene que elegir si ese mes compra las pastillas o come.
Cada pieza de ropa es de un venezolano que, probablemente, lleva ya varios años sin estrenar.
Por eso es que jamás podrán rompernos como nación, como gentilicio:
Porque nuestra solidaridad es tan fuerte, está tan incrustada en nosotros, que no se detiene a ver la necesidad propia a la hora de atender la mayor necesidad del otro. Porque toda nuestra ayuda proviene de un pueblo al que no le sobra nada.
Somos un pueblo con muchas virtudes: nuestro sentido del humor, nuestra alegría, nuestra fuerza.
Pero quizá una de las mayores es nuestro sentido de comunidad. Para nosotros, la solidaridad no es un excedente: es nuestra norma. "Donde comen 4, comen 5" nunca fue para nosotros un cliché, sino una forma de vivir.
Saldremos de esta, juntos, unidos, y más fortalecidos. Como salimos de tantas otras en el pasado.
Estamos en manos de los peores gerentes para cualquier emergencia.
El chavismo ya ha instrumentalizado las tragedias, ha robado en desastres naturales y ha manipulado lo humanitario.
Es fundamental que en estos momentos tengan contrapesos y coordinación con gente seria.
La identidad venezolana, como un todo que nos permite con orgullo decir «nosotros», está empezando a recuperarse.
En la madrugada las calles se desbordaron de expresiones de amor y euforia por lo que «nosotros» somos, con nuestra bandera ondeando.
Ese «nosotros» es lo que nos cohesiona como comunidad y nos llevará hasta donde queramos. Es lo que nos protegerá para que en Venezuela no vuelva a ocurrir la tragedia que por 27 años nos quebró.
El béisbol nos dio ese regalo, que es mucho más grande que un triunfo deportivo. Es la recuperación de la dignidad nacional, de nuestro amor por la patria y por nuestra grandeza, y nuestro amor por lo que somos y podemos lograr como comunidad.
Pero el béisbol ha sido simplemente uno de los hitos que nos han forjado en este trayecto de rescatar nuestra identidad. Épicas políticas también contribuyeron. Y regalos de Dios (y Trump) como aquel 3 de enero, también.
Hoy «nosotros» somos más fuertes y amamos más a nuestra nación que ayer.
Venezuela lleva el baseball en su ethos. Está allí desde hace décadas. No hay mayor orgullo deportivo propio que lo que logramos en el baseball. No hay deporte que marque más la idiosincracia nacional y las dinámicas familiares. Que acompañe la crianza y el crecimiento del venezolano. Una fuerza a nuestra manera. Tanto así, que hemos llenado a Estados Unidos de grandes beisbolistas.
Pero nunca habíamos llegado tan lejos. Por alguna u otra razón, no éramos campeones del mundo.
Llegamos a la final del Mundial de Baseball, vencimos a Japón y hoy acabamos de coronarnos como campeones del mundo, tras imponernos sobre la primera potencia del baseball.
Disculpen que apele a la politica, pero: el chavismo es una maldición, era un lastre que nos impedía prosperar. Pero las cosas están cambiando.
¿Se rompió la maldición? Yo creo que sí. Yo creo que en este 2026 podemos empezar a ser felices.
EEUU negociaba, con una pistola en la mesa, y al frente tenía a, digamos, Maduro y Delcy.
Aunque había una pistola apuntándoles, Maduro y Delcy creían que jamás dispararía.
Se reían. Maduro bailaba.
Trump disparó. Delcy ve a su lado, y Maduro está en el piso. Sale humo de la pistola.
Delcy sigue la negociación sola.
¿Todo igual?