FRA 🇫🇷 0-1 🏴 ENG (15') - El gol de Declan Rice a los 2m16s es el TERCERO más rápido en la historia del partido por el https://t.co/PvnC4ogbzQ puesto de la Copa del Mundo:
Şükür 🇹🇷 — 11s (2002)
Lehner 🇩🇪 — 25s (1934)
Rice 🏴 — 2m16s (2026)
Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.
Exactly five years ago, as a Member of the European Parliament, I filed a 22-page complaint with the European Commission arguing that Spain's €53 million rescue of Plus Ultra, a tiny airline with Venezuelan shareholders operating four leased planes on three Latin American routes, was illegal state aid.
The company was not strategic: 0.1% of Spanish aviation passengers, position 77 by passenger volume. The aid was nearly eight times its financial debt and more than three times the maximum the Commission's own rules allowed. The capital that lifted it out of "firm in difficulty" status pre-Covid (a requirement of the aid approval) came from a €6.3 million participative loan from a Panamanian bank, of which €4.1 million was locked as collateral in a foreign account. The actual loan was €2.2 million.
Today the Audiencia Nacional has indicted former Prime Minister Zapatero for organised crime, traffic of influences, and document falsification in the same case. The criminal investigation alleges that the rescue funds were used to launder money from Venezuelan corruption, with €1.5 million in commissions paid through a consultancy owned by a Zapatero associate.
Plus Ultra is what the "entrepreneurial" state looks like in practice. A small concentrated group (Plus Ultra's shareholders and their political contacts) captured a large diffuse rent (€53 million of Spanish taxpayer money). The politicians making the call were not maximising the survival of strategic Spanish industry.
Rules are out and discretion is back on both sides of the Atlantic. Trump grants tariff exemptions firm by firm, takes equity stakes in Nippon Steel and Intel, allocates CHIPS Act funds on terms that are not public. Everyone in the know trades on the news.
When the market fails the easy solution is "let the state intervene". But the state is not composed of angels, but of politicians who are human beings. When designing solutions to "market failure" one has to always wonder "with this design and these incentives, are there reasons to believe the state will be able to do this better"?
I explained the Plus Ultra case here:
https://t.co/vaT0zOaShY
Link to my allegations in spanish: https://t.co/FWqpynQU5p
And thread below
Politicians openly admit that taxing cigarettes, gas, or alcohol is meant to reduce consumption. They understand perfectly well that higher costs discourage behavior.
But when it comes to taxing income, that basic logic suddenly disappears. They pretend people will keep working, investing, and taking risks at the same rate while receiving less of the reward.
You can’t have it both ways.
If taxes discourage behavior, income taxes discourage earning.
If incentives matter for consumption, they matter for production.
This isn’t ignorance. It’s convenience.
They understand incentives when it supports control, and deny them when it exposes the cost of punishing work and success.
CHAMPION AGAIN 🏆 NUMBER ONE, ONCE MORE 🥇🔥
Alcaraz triumphs in New York, lifting the trophy again AND reclaiming his spot as World No.1 in the PIF ATP Rankings with a 6-2 3-6 6-1 6-4 win over Sinner 🚀
@usopen | #USOpen
👉¡¡SORTEO!! Os traigo el Blaster Dl-44 de Han Solo.
El Soporte estará personalizado con el nombre del ganador/a
1. Haz RT a este Tweet.
2. Sigue mi cuenta de @Javi_herrero3d
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Daré el ganador el Domingo día 21 ¡Disparad primero!
"Todo eso responde a una vieja pulsión muy masculina: insultar, infamar, mancillar a la mujer que no puedes conseguir. Y más si es hermosa"...
El jueves saldrá como siempre en @zendalibros; pero hoy, sin que sirva de precedente, nos adelantamos con la página de @XLSemanal .
🟠SORTEAZO🟠
😍¡Celebramos los Días Naranjas escondiendo uno de estos PREMIAZOS en la Caja de la Felicidad!
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"Escribo hoy con extrema indignación, así que no intento ser ecuánime. Estoy encolerizado; y como la reparación es imposible –demasiado tarde para arreglar nada–, me gustaría al menos conseguir venganza".
https://t.co/rFe3JHsGkZ
Creo que hay muchos españoles reflejados en esta conversación en @El_Hormiguero.
La política debe usar la palabra para encontrar acuerdos, no para enfrentar a amigos y familiares ni convertir en enemigo al que piensa distinto. Eso seguiré intentando.
Gracias por poner cordura.