La cesárea no es una vía rápida ni una opción “sencilla”. Es una operación que atraviesa el cuerpo para sacar vida de él.
No es solo el momento en quirófano. Es todo lo que viene después.
Un cuerpo recién intervenido que tiene que levantarse.
Un abdomen que duele en cada movimiento.
Un útero que se contrae con intensidad mientras empieza la lactancia.
Y aun así… brazos que sostienen, que cuidan, que no se detienen.
No todo se ve.
No todo se dice.
Pero está ahí: el esfuerzo, el dolor, la recuperación en silencio.
Hablar de cesárea como algo fácil es no entender lo que realmente implica.
Porque al final, no importa cómo llegue un hijo al mundo:
hay fuerza, hay entrega y hay una mujer que dio todo su cuerpo para lograrlo.
Y eso, siempre, merece respeto.
Praise God for this man’s bravery! 💪
In a video published by Andrew Biggio on Instagram, Bill, a former prisoner of war at the Hanoi Hilton during the Vietnam War, describes the unique rosary beads he received from a fellow inmate.
“It was a rosary made out of bread. One of the older guys was Catholic, and that’s what he did—he made rosaries,” Bill explains.
Bill says each prisoner was given one piece of bread for breakfast. His fellow inmate used this bread to form beads. He also used threads from his blanket for the string and colored the rosary using a stolen pen.
“Whenever new POWs would come in who were Catholic, he would risk punishment by going over to their cell and tossing the rosary through the window,” Bill continues. “I happened to receive one of these, and I still had it when I was released.”
“During the first release of prisoners—the sick and wounded—they didn’t check us very carefully, so we were able to sneak a lot of items out.”
Watch the video: https://t.co/aql9N79r22
Es que no es mentira que nuestros chamos la están rompiendo en todo ... Wowww impactado de todo lo que está pasando ... Alegrías Doradas✨🇻🇪✨ 🙌🙏🤛👏👏
🥺Como no aguarse los ojos viendo a nuestros niños llegar a brazos de sus familiares con sus medallas en el pecho. 🎉🏆CAMPEONES KARATE DO 🏆🎉... GRACIAS POR DARNOS ALEGRIA Y PODERNOS SENTIR ORGULLOSOS DE SU TRIUNFO LLUVIA DORADA SOBRE NUESTRA PATRIA AMADA ✨🇻🇪✨🇻🇪✨🇻🇪✨🇻🇪✨🇻🇪✨🇻🇪✨🇻🇪
Sígueme para ver más alegrías como está
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Hoy me reuní con Delcy Rodríguez y Jorge Rodríguez para reiterar las tres fases que el @SecRubio ha planteado sobre Venezuela: estabilización, recuperación económica y reconciliación, y transición - LFD
Suiza confirma que Nicolás Maduro tenía 113 toneladas de Oro como RESERVA PERSONAL. Mientras 9.000.000 de venezolanos emigraron por todo el mundo para trabajar de Deliverys.
TE DAS CUENTA ZURDO PELOTUDO??!!! O necesitas que te haga un dibujo?
Analicemos esta cita juntos:
“Es fácil aferrarse a los principios cuando es la libertad de otro la que está en juego.”
La frase no empieza acusando a una dictadura. Empieza acusando algo más común: la comodidad moral. La gente ama “los principios”… cuando no le cuestan nada.
“Es fácil” no significa “es malo tener principios”. Significa: es barato.
“Cuando es la libertad de otro…”
Aquí está el núcleo: otro.
No eres tú el perseguido. No es tu hijo el que puede ser detenido. No es tu familia la que vive con miedo. Desde afuera, muchos hablan de Venezuela como si fuera un debate académico, no una guerra contra la dignidad humana.
“Desde una distancia segura…”
Esta es una acusación directa al ecosistema internacional: analistas, ONG, editoriales, diplomáticos, “expertos”, think tanks, políticos.
Muchos opinan desde un lugar donde nada les puede pasar si se equivocan… pero sí le pasa a los venezolanos.
“Muchos esperan que los líderes democráticos… persigan sus objetivos con una pureza moral…”
El autor desarma la trampa: a la democracia venezolana se le exige pureza, a la dictadura solo se le exige “contención”.
A unos se les pide santidad. A otros se les tolera el crimen como si fuera “realpolitik”.
“Pureza moral” es una palabra brutal, porque revela el chantaje:
•si negocias → “te vendiste”
•si presionas → “eres radical”
•si denuncias → “polarizas”
•si pides fuerza → “eres extremista”
Mientras tanto, el régimen no juega ese juego: juega el de la represión.
“…que sus adversarios jamás muestran.”
Esta línea es un espejo.
Los adversarios —el régimen— no muestran pureza moral porque su estructura no es política: es criminal.
Y sin embargo, hay quienes siguen exigiendo “modales” a la víctima y “paciencia” frente al victimario.
“Esa expectativa es irreal…”
Irreal = desconectada de la naturaleza del conflicto.
No estás en Noruega. No estás en Suiza.
Estás enfrentando un aparato que usa cárcel, tortura, exilio, censura y miedo como herramientas rutinarias. Pedir “perfección” aquí es pedir rendición.
“…injusta…”
Injusta = doble estándar.
La oposición es juzgada por intenciones, tonos y sutilezas.
El régimen, en cambio, es juzgado por “estabilidad”, “gobernabilidad”, “control”.
A la democracia se le exige moral; a la tiranía se le concede tiempo. Esa es la injusticia.
“…y revela un profundo desconocimiento de la historia.”
La historia de cualquier liberación real nunca fue limpia ni cómoda.
Quien pide manuales “ideales” suele no entender la naturaleza de los regímenes criminales: no se contienen con buenas intenciones. Se contienen con presión.
Y ahora lo más importante: quién lo dice.
No es un influencer. No es un exiliado (como nosotros). No es un político en campaña.
Es el presidente del Comité Nobel Noruego. Esa voz representa algo: el termómetro moral de una parte del mundo.
Que esa institución diga esto significa que el discurso global está cambiando:
durante años se premió la narrativa de “la presión es mala”, “no incomoden”, “negocien con criminales”, “sean moderados”.
Hoy, desde más micrófonos, se empieza a admitir lo obvio: la moderación frente al crimen no es virtud.
Y por eso esta cita incomoda tanto: porque desnuda la conducta de muchos actores internacionales.
No es neutralidad. No es prudencia.
Es diligencia selectiva: fiscalizan a la oposición con lupa, pero ante el régimen bajan la voz, suavizan el lenguaje y piden “calma”.
Lo que ha cambiado en el mundo es esto: cada vez es más difícil sostener la ficción de que Venezuela es “un conflicto político normal”.
No. Venezuela es un caso de persecución sistemática, destrucción institucional y violencia estatal. Y la gente que lo maquilla se está quedando sin argumentos.
Por eso esta cita importa.
Porque pone en evidencia el truco: exigir moral impecable a quien lucha por su libertad, mientras se normaliza a quienes la aplastan.
La historia no recordará a los que “opinaron bonito”. Recordará a quienes estuvieron del lado correcto.
El pueblo venezolano no es cobarde.
Es, de hecho, uno de los pueblos que más ha resistido en condiciones de asimetría total en América Latina en las últimas décadas.
Para entender lo que significa esa “asimilación” que nos impusieron, hay que mirar los datos:
• 18.000 protestas entre 2014 y 2019 (OVCS): 10 protestas diarias durante seis años, sabiendo que salir a la calle podía costarte la vida.
• Más de 15.000 presos políticos en la última década (Foro Penal).
• 303 asesinados en 2017, según las últimas cifras independientes.
• Más de 7 millones de exiliados y refugiados (R4V), la diáspora más grande del mundo en proporción al tamaño del país.
¿De cuál “pueblo débil” habla la gente exactamente?
Lo que sí hubo fue un régimen que logró algo casi único en el mundo moderno:
construir un sistema de control preventivo tan denso y tan profundo, que cuando el pueblo se despertó… la jaula ya estaba soldada por todos lados.
• Las barras: instituciones capturadas.
• El candado: una FANB convertida en negocio.
• El guardia: el aparato de inteligencia cubano-venezolano.
• El megáfono afuera: una narrativa que te llama “golpista”, “fascista” o “traidor” si te atreves a cuestionar.
Y aun así, la gente dobló barras (2017).
Aun así, casi rompió el candado (30-A de 2019).
Y cada vez que el país avanzó, el sistema activó su siguiente fase: más represión, más tortura, más migración forzada, más división inducida y fraudes cada vez más descarados.
Por eso duele cuando alguien dice:
“Los venezolanos no han sabido tumbar a Maduro.”
No es que no han sabido.
Es que los obligaron a pelear sin instituciones, sin armas, sin justicia, sin aliados internacionales reales, y contra un aparato que llevaba 15–20 años de ventaja.
Y aun así, Venezuela sigue intentando.
Esa es la verdadera medida de la resistencia:
no un desenlace inmediato, sino la terquedad de seguir luchando en las peores condiciones posibles.
El día que ese cerrojo se rompa —porque nada es eterno— el mundo finalmente entenderá lo que este país ha resistido.
La estrategia que por fin nombra al enemigo
John Bolton y Juan González asesoraron en gobiernos anteriores la política de Estados Unidos hacia el régimen de Nicolás Maduro
Las guerras comienzan cuando alguien pronuncia
al monstruo: la verdad deja de ser política
y revela el destino que el mundo fingió ignorar.
Hay figuras en Washington que hablan del conflicto venezolano como si el tiempo no hubiese pasado. Voces de otros ciclos políticos, de otras administraciones, de otra doctrina. Voces que aún se refieren a Venezuela como una “dictadura más” en el vecindario, como si el país no hubiera sido convertido en plataforma criminal con proyección hemisférica. En recientes entrevistas, esos antiguos arquitectos de política exterior de Estados Unidos han dicho que la estrategia actual hacia Caracas es “confusa”. Lo que realmente quieren decir es otra cosa: que la nueva doctrina revela, por contraste, los errores que nunca se atrevieron a corregir.
Ese diagnóstico superficial —que acusa desorden donde en realidad hay integración estratégica— no sobrevive a un examen serio. Lo que algunos describen como una mezcla incoherente de acciones antidrogas, antiinmigración y antimaduristas es, en realidad, un triángulo de seguridad perfectamente ensamblado. No son tres políticas. Es una sola.
Primero, el frente antidrogas dejó de ser un expediente policial y se convirtió en una arquitectura de contención contra una organización criminal que opera con activos estatales, protección militar y redes transnacionales. El Cártel de los Soles, por décadas tratado como mito tropical, fue reconocido por lo que es: una estructura de narcoterrorismo global con mando único, control territorial y alianzas con potencias rivales. La designación como Organización Terrorista Extranjera no es un gesto; es un punto de inflexión que habilita un rango de herramientas que la vieja guardia nunca tuvo el coraje político de activar.
Segundo, el frente migratorio fue reposicionado. La diáspora venezolana dejó de verse exclusivamente como tragedia humanitaria —que lo es— para entenderse también como un recurso instrumental de un régimen que expulsó a millones para alterar el tablero político del continente. El Caribe, Centroamérica y la frontera sur de Estados Unidos ya no pueden tratar el fenómeno como un accidente histórico: es parte del arsenal de presión de un cártel de Estado que opera sin límites morales.
Tercero, el frente político dejó de girar en torno a elecciones hipotéticas, diálogos eternos y mesas sin resultados. Caracas ya no es tratada como un gobierno autoritario necesitado de reformas, sino como un actor hostil que usa herramientas del crimen organizado para garantizar su supervivencia. Al cambiar la definición del problema, cambia todo lo demás: cambian los instrumentos, cambian los objetivos y cambia la tolerancia al riesgo.
El contraste es evidente. Mientras las figuras del pasado insisten en ver confusión, la nueva estrategia responde a un diagnóstico que jamás adoptaron: Venezuela dejó de ser un caso diplomático y pasó a ser un asunto de seguridad nacional. No es un matiz. Es un cambio de época.
La hipótesis que el régimen ha usado como manual —TACO (Trump Always Chicken Out), la idea de que el presidente Trump amenaza pero nunca golpea— es ahora el verdadero punto ciego de quienes siguen analizando el conflicto desde la óptica anterior. TACO funcionó durante años porque la amenaza nunca dejó de ser retórica. Funcionó durante la etapa en la que portaaviones, sanciones y discursos eran vistos como herramientas de intimidación y no como preludio operativo. Funcionó mientras la Casa Blanca evitaba cruzar el umbral conceptual que separa la presión diplomática del cerco estratégico.
Pero en 2025 es otro el panorama. El despliegue del USS Gerald R. Ford en el Caribe oriental, la activación de bombarderos estratégicos, la reconfiguración del Comando Sur como un Grupo de Tarea y el ultimátum del Departamento de Estado a partir del 24 de noviembre no son teatralidad. Y lo saben quienes ahora buscan desesperadamente un país que les ofrezca exilio seguro. Irán ya probó lo que ocurre cuando subestima a Trump: anunció disposición a conversar y, ocho días después, sus instalaciones nucleares estaban bajo ataque. El precedente existe y el Caribe lo está leyendo con creciente nerviosismo.
La verdadera pregunta no es si la estrategia actual es confusa. La pregunta es si la región está dispuesta a seguir pretendiendo que Venezuela es un gobierno autoritario más, o si está lista para admitir lo que ya no puede ocultarse: que en el corazón del continente opera un aparato criminal que combina oro, petróleo, pranes, megabandas armadas, alianzas extrarregionales y una diáspora forzada usada como munición política.
Quienes critican la claridad de la nueva política exterior lo hacen porque su propio marco conceptual quedó obsoleto. Hablan de negociaciones de transición, de elecciones futuras sin los verdaderos actores, de renuncias parciales como solución mágica. Ofrecen salidas ordenadas para un sistema que solo entiende el lenguaje del poder. Proponen reciclar la estructura criminal sustituyendo la cara visible. Y llaman a eso pragmatismo.
El pueblo venezolano —el exilio, las madres que despiden hijos en la frontera, los presos políticos, las comunidades arrasadas por las minas ilegales— sabe que ese enfoque no es pragmático. Es evasión. La transición que sirve no es la que salva al cártel, sino la que lo desmantela. Y ese desmantelamiento solo es posible cuando la seguridad de Estados Unidos, la de la región y la libertad de Venezuela se entienden como un mismo problema.
Por eso, el nuevo enfoque —más áspero, más frontal, más dispuesto a asumir costos— no es confuso. Es el reconocimiento tardío de una verdad evidente: no habrá estabilidad hemisférica mientras un cártel con bandera opera desde Caracas. Llamar al enemigo por su nombre ha sido, durante años, el paso que Washington evitó dar. Hoy, por fin, lo dio. Y ese cambio conceptual vale más que cualquier réplica nostálgica de quienes alguna vez tuvieron la oportunidad de hacerlo y no se atrevieron.
Ese es el verdadero giro. Y esa es la razón por la que este momento importa.
El mejor apoyo que pueden dar los católicos a los sacerdotes que en X recibimos insultos por defender nuestra doctrina, es ayudarnos a que crezcan nuestras cuentas. Lo que los enemigos quieren es que nadie nos escuche. Gracias por seguirnos, repostear y dar like a nuestros posts.
Juan Luis Guerra presenta una nueva versión de su emblemática canción ‘Estrellitas y Duendes’, ahora junto a la inconfundible voz de Sting. Una colaboración histórica que se siente tan mágica como la canción misma.
“𝐒𝐚𝐧𝐭𝐨 𝐏𝐚𝐝𝐫𝐞, ¿𝐝𝐢á𝐥𝐨𝐠𝐨 𝐜𝐨𝐧 𝐪𝐮𝐢é𝐧?”
𝐏𝐨𝐫 𝐮𝐧𝐚 𝐯𝐞𝐧𝐞𝐳𝐨𝐥𝐚𝐧𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞 𝐧𝐢𝐞𝐠𝐚 𝐚 𝐛𝐞𝐧𝐝𝐞𝐜𝐢𝐫 𝐥𝐚 𝐢𝐦𝐩𝐮𝐧𝐢𝐝𝐚𝐝
Por Elizabeth Sanchez Vegas
Santo Padre, los venezolanos no somos un pueblo alérgico al diálogo. Al contrario: crecimos escuchando homilías sobre el perdón, retiros sobre la reconciliación, catequesis sobre la paz. Sabemos de memoria las palabras de Jesús: “Felices los que trabajan por la paz”. Pero también hemos leído, una y otra vez, el momento en que Él mismo se planta frente a los hipócritas de su tiempo y les llama por su nombre. Y en esa tensión entre la misericordia y la verdad es donde hoy habitamos.
No nos oponemos al diálogo como camino cristiano; nos oponemos a esta caricatura de diálogo que nos ofrecen: sentarnos con quienes han destruido vidas, instituciones y futuro, mientras continúan encarcelando, torturando, persiguiendo y robando. Eso no es diálogo, Santo Padre, eso se llama cómplice ceremonia de la impunidad.
La Iglesia enseña que el perdón no anula la justicia, la presupone. No se absuelve al ladrón mientras sigue robando, no se bendice al violento mientras sigue golpeando, no se pone una mesa de “encuentro” mientras los presos políticos siguen en celdas sin luz. En Venezuela, cada vez que se ha hablado de diálogo, el poder ha entendido “tiempo”: tiempo para dividir, para comprar conciencias, para blanquear su imagen y para seguir haciendo lo mismo. Al final, los presos han sido los mismos, los muertos han sido nuestros, y los comunicados se han leído en nombre de una paz que nunca llegó.
Desde la fe, hay algo aún más grave: llamar “diálogo” a lo que en realidad es negociación con el pecado estructural. La Doctrina Social de la Iglesia habla de “estructuras de pecado” cuando el mal no es solo individual, sino organizado, mantenido y protegido por leyes torcidas y por instituciones al servicio de unos pocos. Eso es hoy el narcorégimen venezolano: una maquinaria que ha hecho del hambre, del miedo y del destierro un método de gobierno. ¿Cómo se dialoga con una estructura que sigue produciendo víctimas mientras se sienta a la mesa?
Jesús se sentó con pecadores, sí, pero no para legitimar su abuso, sino para ofrecer conversión. Zaqueo no siguió robando después del encuentro: devolvió lo que había tomado y reparó el daño. En cambio, cada “proceso de diálogo” en Venezuela ha terminado en lo mismo: más presos, más exiliados, más dolor. No ha habido propósito de enmienda, ni reparación, ni verdad. Sin conversión, lo que se llama “diálogo” se convierte en un sacrilegio político: usar palabras sagradas para cubrir actos profundamente injustos.
Muchos de nosotros seguimos teniendo fe; lo que ya no tenemos es ingenuidad. Sabemos que, en abstracto, el diálogo es un bien. Pero no existe el deber moral de dialogar con quien usa el poder para aplastar al débil. La obligación cristiana es, antes que nada, con la víctima, no con el verdugo. Los Evangelios no nos muestran a Jesús pactando con Herodes ni con Pilato para ‘administrar’ la injusticia, sino desenmascarando el abuso y cargando con sus consecuencias. Los Evangelios tampoco muestran a Jesús pidiéndole a Juan el Bautista que bajara el tono para preservar la comodidad del palacio; dejó que su Iglesia naciente aprendiera, desde ese martirio, que hay verdades que no se negocian sin traicionarse a sí misma. Así como los primeros cristianos no se sentaron a calcular cuántos hermanos podían sacrificar para ganar la simpatía del César, hoy la Iglesia no puede bendecir acuerdos que pidan a un pueblo crucificado que se acostumbre a su cruz. La cruz no fue fruto de un mal diálogo, sino del choque frontal entre la verdad y un poder que se negó a convertirse.”
Por eso, Santo Padre, cuando se nos invita una y otra vez a “dialogar”, lo que escuchamos detrás es otra cosa: “acepten convivir con su verdugo”. Nos piden que volvamos a la mesa mientras hay madres buscando a sus hijos desaparecidos, mientras hay jóvenes con los huesos rotos por protestar, mientras hay niños que rezan en países que no son el suyo porque en el suyo ya no había vida posible. Sentarnos con quien produjo todo eso, sin verdad ni justicia, no sería un acto de fe: sería una traición a los que han sufrido.
El Evangelio es claro: “Sí, sí; no, no”. Todo lo demás, dice Jesús, viene del Maligno. Ya dijimos “sí” demasiadas veces a procesos de diálogo vacíos, conducidos por quienes usan la buena fe de la Iglesia y de la comunidad internacional como escenografía. Ha llegado el momento del “no”: no a la farsa, no a la foto, no a la misa celebrada sobre el dolor de un pueblo al que aún no se le ha hecho justicia.
Desde el amor, queremos decirlo con firmeza: no estamos cerrando la puerta al perdón; estamos cerrando la puerta al abuso. Perdonaremos, sí, cuando haya verdad. Perdonaremos cuando cese la persecución. Perdonaremos cuando los torturadores dejen de tener despacho, uniforme y sueldo. Perdonaremos cuando la vida vuelva a ser posible en nuestro propio país. Pero no podemos llamar “diálogo” a lo que hoy es solo una estrategia de supervivencia de una élite que no está dispuesta a renunciar al pecado que comete, sino a maquillarlo.
Santo Padre, seguiremos rezando por usted, por la Iglesia y también por la conversión de quienes hoy sostienen este sistema. Pero mientras no haya signos reales de arrepentimiento y de cambio, mientras los crucificados de Venezuela sigan en su cruz, nuestro lugar no está en una mesa de diálogo que solo sirve para refrescar la imagen del poder. Nuestro lugar está, como siempre lo estuvo el Maestro, al pie de la cruz, junto a las víctimas.
Con amor, con inteligencia y con fe, desde ahí decimos: no, Santo Padre, así no podemos dialogar.
Pope Leo is saying that there’s a difference between genuine Christianity and Christian Nationalism.
"Jesus says very clearly at the end of the world, we're going to be asked, you know, how did you receive the foreigner? Did you receive him and welcome him or not?”
@LOMBARDIBOSCAN He aquí el origen del adoctrinamiento en Latinoamérica, llevado a cabo muy a propósito a través de la toma de las instituciones más importantes. Les dejo un pequeño extracto pero pueden buscar la entrevista completa, está en YouTube.
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Xq SON Nuestros Héroes,
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Xq Con Cada RT, La Esperanzada Crece,
Xq Es Con Ellos Nuestros Compromiso!
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