A veces no estás enamorada, estás acostumbrada. Te quedas ahí porque ya conoces sus mensajes y su forma de hablar, sus excusas de siempre. No te suma, no te impulsa, no te hace crecer... pero ahí sigues, por inercia, por miedo, por no empezar de cero. Y mientras tanto se te va la vida rodeada de gente que no celebraría tus sueños, que no lucha contigo, que apenas te escucha. No naciste para conformarte con migajas emocionales: mereces a personas que se alegren de verte brillar, no que se acostumbren a verte triste y ya.
La única persona de la que me enamoré y con quien quería pasar el resto de mi vida, se convirtió en mi mayor lección. Así que no, no me interesa saber nada de nadie.
A veces la mejor ruta para sobrellevar el ambiente laboral, es la indiferencia. Llegas, haces tu trabajo, no aportas ideas nuevas, no sugieres nada y lo más importante, no te enojas. Que sigan en lo mismo, aunque suene bastante egoísta.
Ojalá algún día puedas mirar atrás y reconocer que fuiste injusto conmigo, incluso cuando yo no lo merecía. Que muchas de las heridas que cargué no eran mías, pero aun así las llevé; no porque no me dolieran, sino porque te quería. Porque si algo hice mal, fue quererte.
Cuando escucho a alguien describirme de una forma tan bonita y amorosa, me hace cuestionarme si realmente me conozco. Gracias por mirarme así, incluso cuando me cuesta a mí hacerlo.