Jamás imaginé escribir o expresar algo negativo sobre un ídolo. Y menos sobre uno de los pocos ídolos que he tenido en mi vida, como lo es Luis Suárez.
Todos sabemos lo que significa Suárez para nosotros. Ningún jugador me hizo gritar más goles que él. Cuando todo parecía perdido, aparecía para salvarnos. Nos hizo llorar de alegría cuando puso las manos contra Ghana; cuando le marcó el doblete a Inglaterra; cuando volvió de aquella suspensión de dos años y anotó el 2-2 ante Brasil como visitante después de estar 2-0 abajo. Y también nos hizo llorar al verlo llorar en aquel último y trágico partido suyo en un Mundial, en diciembre de 2022.
El ciclo de Marcelo Bielsa comenzó justamente sin Suárez. En aquellos primeros partidos, Uruguay desplegó un fútbol exquisito a través de un sistema que exigía una intensidad, un dinamismo y un estado físico que Luis ya no podía ofrecer. Sin embargo, Bielsa, entendiendo todo lo que significaban para el país y para el grupo tanto Suárez como Cavani, tomó la decisión de convocarlos. Lo hizo, probablemente, para satisfacer a la afición y a la prensa, pero también porque creyó que podían generar un impacto positivo en el vestuario y aportar una jerarquía que quizás consideraba necesaria para este grupo.
Luis aceptó el llamado y el rol que tendría dentro del equipo. Edi, en cambio, que se encontraba en buen estado físico y rindiendo relativamente bien en Boca Juniors, decidió no aceptar la convocatoria y meses después confirmó oficialmente su retiro de la selección.
Llegó la Copa América. Suárez no tuvo el protagonismo que muchos esperaban, mientras que el equipo se mostró sólido durante la fase de grupos, jugando un gran fútbol. Ante Brasil supo sufrir a la uruguaya, resistiendo con un hombre menos durante casi todo el segundo tiempo y avanzando en la tanda de penales. Una definición en la que también quedó reflejado el contraste entre ambos equipos: los brasileños ignorando a Dorival Júnior y los uruguayos escuchando atentamente a Bielsa.
La Copa América terminó como terminó. Nos dejó la sensación de que era difícil imaginar una Uruguay sin Luis Suárez, pero también de que el equipo ya no dependía de él. Lo que debió haber sido un alivio, haber superado la dependencia de Suárez y Cavani para consolidar un colectivo con una identidad de juego propia, terminó convirtiéndose en una bomba.
Porque llamar a Suárez nunca fue una decisión puramente bielsista. El juego, el dinamismo y la intensidad que Marcelo pretendía simplemente no encajaban con las condiciones que Luis podía ofrecer en esa etapa de su carrera. Bielsa quería 25 jugadores capaces de sostener 90 minutos de máxima exigencia; Suárez era, para entonces, un futbolista de media hora. La filosofía de Marcelo siempre ha sido contar con los jugadores que mejor interpreten su idea, y Luis ya no estaba entre ellos.
Quizás el mayor error de Bielsa fue justamente ese: traicionar sus propios principios por lo que consideró un acto de respeto hacia la historia del fútbol uruguayo. Convocar a Suárez pudo haber sido un gesto noble, pero también pudo haber sido el origen de la experiencia amarga que le tocó vivir en Uruguay.
Recuerdo cuando Suárez lanzó aquella famosa bomba mediática. Mi viejo me dijo: “La regó Suárez. Uruguay venía bien y esto va a perjudicar al equipo”. Yo, desde la ingenuidad, desde ese niño interno que todavía veía a Luis como un héroe intocable, me negué a creerlo. Jamás imaginé que un hombre que arriesgó su carrera por nosotros, que se desvivió por la selección y que fue formado bajo las enseñanzas del Maestro Tabárez y los valores del Complejo Celeste, pudiera terminar generando un daño a la selección.
Dos años después reconoció su error, aunque para entonces el daño ya estaba hecho.
Hay un pensamiento que probablemente me acompañe siempre: ¿qué habría pasado si Bielsa nunca lo hubiera vuelto a convocar?
Y les digo algo: si aquella dinámica mostrada en los primeros meses del ciclo, cuando Su��rez no era protagonista, se hubiera mantenido, hoy ni siquiera estaríamos hablando de esta decisión. Probablemente ya nos habríamos acostumbrado a una Uruguay sin Luis. Y, sobre todo, estaríamos ilusionados, como dijo una vez Chicharito, con “cosas chingonas”.