He pasado el fin de semana en Soria. Soria y León son dos de las provincias más desconocidas de España y también de las más impactantes. Atravesar durante media hora un camino completamente despoblado y en silencio total es una experiencia mística. Para quienes, como yo, vivimos en la ciudad y nunca hemos escuchado el silencio en estado puro, recorrer los campos de Soria va mucho más allá de la vivencia machadiana.
Visité el sabinar más antiguo de Europa, junto al pueblo de Calatañazor, donde el tiempo parece diluirse entre la respiración de los árboles, donde el silencio no es ausencia, sino presencia viva. Es un silencio que envuelve, que acuna la mente cansada y la invita a reposar, como el cuerpo descansa en el sueño. Allí, lejos del ruido y de la prisa, una descubre que la quietud no está vacía, sino colmada de una sabiduría antigua. En la ciudad vivimos con un zumbido de fondo siempre presente, el de los coches, el de los gritos, el de los pasos de la gente. Sin embargo, al llegar a una tierra despoblada, los pasos se vuelven más lentos, casi reverentes, como si la tierra misma susurrara bajo cada huella. Y en ese susurro, apenas perceptible, la naturaleza habla. En el sabinar huele intensamente a una mezcla de incienso y resina dulce, el aroma hipnótico de la sabina, y en ese espacio sin interrupciones una empieza a reconocerse a sí misma como lo que es. Allí da igual que fuera haya gente que te ame o que te odie: allí se es solo una misma, sin más. Como si cada sabina fuera un espejo y cada sombra una pregunta, una se adentra no solo en el sabinar, sino en sí misma. Y entonces comprende que el verdadero descanso no proviene del silencio exterior, sino del encuentro entre ese silencio y el propio espíritu.
En la ermita de San Baudelio me senté debajo de un árbol y escuché el paso del tiempo y el canto de los pájaros. Me di cuenta de que la naturaleza habla no con palabras, sino con la cadencia del viento entre las hojas, con la paciencia de las corrientes subterráneas de esa zona, corrientes que arrastran el agua que mueve las varillas de los zahoríes que pasan por allí, corrientes que fluyen sin estrépito, corrientes cuyos susurros solo puedes escuchar sin prestar mucha atención.
La naturaleza habla.
La naturaleza habla a quien quiere escucharla.
Hay una melodía interna que atraviesa la firmeza de los troncos que se elevan hacia el cielo en un gesto eterno de diálogo, y que agitan las ramas para entonar canciones, como si estuvieran agitando unas maracas.
La naturaleza no se apresura y, sin embargo, todo en ella se cumple. Esa lección, tan simple como inmensa, se filtra en quien observa con atención. Allí, donde no hay señales ni conexiones visibles, surge un vínculo más profundo: una comunión que no necesita palabras, ni urgencias ni explicaciones.
Quizá por eso, en la quietud del sabinar, el alma se renueva. Porque en ese silencio una no está sola: está acompañada de millones de seres que viven allí, insectos, hormigas, pájaros. Y está en contacto con el Uno, con el Todo que nos acoge y que nos integra. Llámalo Dios, llámalo universo, llámalo naturaleza, llámalo arquitectura cósmica, llámalo como tú quieras.
@JesusCintora@rosamariaartal Dudo mucho que esa foto se la haya hecho la policía, el maquillaje perfecto, el pelo tan perfectamente enlacado, una muy buena compensación de las sombras de la cara, el ligero picado de la foto, el ligero descentrado del sujeto, me hace pensar en un fotógrafo profesional.