El Servicio Penitenciario Federal argentino cerró el Centro Universitario Devoto. La experiencia universitaria más innovadora y provocativa de América Latina.
Pero este viaje hermoso no termina acá
Como periodista y padre de una hija que acaba de comenzar el curso para ingresar a la @ORTArgentina, me siento profundamente agraviado por lo que el presidente de la Nación dijo ayer según demuestra el video de abajo en un acto realizado en una sede de esa institución, ante un grupo de alumnos seleccionados para escucharlo.
Por tal motivo y aún habiendo pagado la primera cuota para que lo haga, he decidido que mi hija no continúe haciendo el curso mencionado ni concurra más a la @ORTArgentina, de la que espero las disculpas del caso sin descartar por ello las acciones legales que correspondan ante semejante ultraje.
Esteban Germán Bekerman
DNI 22548281
Soy ex alumno. ORT fue y es un lugar muy importante para mí. Que hoy el presidente de la Nación lo haya utilizado para dispersar la intolerancia hacia diversos sectores, en un ámbito educativo y adolescente me pareció de mal gusto -como mínimo- y repudiable. Que mi colegio no deje de ser ese lugar plural y amplio que siempre fue. Confío en eso. Porque algunos, como siempre, pasarán. Pero esto sigue.
"Están adoctrinando y usando a los chicos como pantalla"
📞 Luis, padre de estudiante del Colegio ORT, se refirió a "la bajada de línea" que tuvo el discurso del presidente de la Nación en el Colegio frente a alumnos de 4° y 5° año.
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Corría el año 2002, yo estaba en 5to año de ORT, y con un grupo de compañeros/as pedimos que nos den un espacio para juntarnos a conversar sobre lo que estaba pasando en Argentina. En mi división el 20% del curso se había ido del país. Muchos de nuestros padres estaban sin trabajo. Pedíamos que nos habiliten un aula un mediodía a la semana y un pedacito de cartelera. Nos sacaron cagando diciendo que no querían meter a la política en la escuela.
Yo representé a la escuela nacional e internacionalmente en Olimpíadas de Física, torneos de ajedrez, modelos ONU, miles de cosas. Fui abanderado. Llegaron a llamarme de rectorado para pedirme que baje el tono porque decía cosas que a la escuela no le gustaban. Se colgaban de mis premios en nombre de la escuela pero me pedían que me calle.
Tuve mi entrega de diplomas el 10 de diciembre de 2003. Se cumplían exactamente 20 años del retorno de la democracia. Como abanderado escribí una nota a dirección para pedir que me dejen hablar sobre eso. Me dijeron que si lo aceptaban tenía que enviarles el discurso con antelación. Lo hice. Hablaba de la importancia de la educación y de la democracia. Me respondieron que igual no querían que hablaran alumnos y no querían meter cuestiones políticas.
Hoy ORT recibe a un presidente que en un auditorio lleno de estudiantes a los que no se les preguntó si querían escucharlo afirma que hay que abuchear a los periodistas, que el capitalismo responde al plan de dios y es maravilloso, que el marxismo es satánico, y demás barbaridades.
Si te preocupa que un alumno de 17 años hable de democracia pero no que un presidente de 55 baje línea religiosa, macartista y promotora de la violencia, tu problema no es con la política. Tu problema es político.
Con todo respeto y como ex alumno, ex abanderado, ex representante de la escuela en diversos ámbitos, váyanse a cagar.
El país más racista del mundo
Me tiene impresionado nuestro nuevo racismo. Me dieron ganas de escribir sobre eso pero no de publicarlo en algún medio. Prefiero que quede aquí, al alcance de quien quiera leerlo.
Una conciencia nueva recorre el planeta. No lo sabíamos pero ahora sí: el saber progresa incontenible. En estos días he escuchado y leído varias veces que la Argentina es “el país más racista del mundo”. Es cierto que, según dicen esos mismos, queremos ganar todo y no sabemos perder: quizá nos ofrecen este primer lugar para compensar nuestras derrotas futboleras. En cualquier caso la noción es brutal y me dio ganas de contarles cómo es el racismo en la Argentina para que ustedes juzguen. A veces, muy de tanto en tanto, conocer los hechos puede ser una ayuda.
Antes del desembarco de los españoles no se sabe: no queda registro de esa gente, pero eran pocos y vivían en grupos laxos, no había estados, la discriminación era difícil. El primer racismo rioplatense registrado fue, entonces, el de aquellos soldados que llegaron para tratar de ocupar aquellas pampas –habitadas por seres inferiores a los que había que ordenar, educar, catequizar y explotar todo lo posible para salvar sus almas, pobrecitos.
El problema, en toda América, fue que los locales no alcanzaban para extraerlo todo y además se morían casi siempre. Por suerte los grandes del reino dieron con la solución: llevar otros trabajadores.
Entre 1550 y 1800, grosso modo, el reino de España secuestró o hizo secuestrar a tres o cuatro millones de africanos para llevarlos a trabajar a sus colonias americanas. El viaje era duro: alrededor de un tercio moría en alta mar. Para los que llegaban la vida era casi peor: el trabajo de todo el día todos los días para un dueño más o menos implacable según los casos y la estrategia comercial. Algunos pensaban que era mejor negocio cuidar a sus esclavos y explotarlos durante muchos años; otros, que convenía explotarlos más aunque duraran poco, porque tampoco eran tan caros. No estamos hablando de la Edad de piedra en Baluchistán: es aquí mismo y son los grandes reyes cuyos nombres nombran calles y escuelas y orgullos españoles.
Nuestros racismos más extremos tienen su base en este tráfico. Los dueños de los esclavos justificaban su violencia arguyendo que los negros eran inferiores porque eran negros y, al ser inferiores, podían ser secuestrados y reventados a fuerza de trabajo. El racismo como excusa y consecuencia de la explotación.
(Siglos después esa historia incómoda también se solucionaría con un relato simple en que la diferencia venía de la raza o la nacionalidad: los malvados imperialistas europeos abusando de los pobres africanos. Los malvados imperialistas europeos abusaron, por supuesto, de los africanos pobres, pero la diferencia fundamental, una vez más, era la clase: reyes y nobles y poderosos africanos apoyaban y aprovechaban la caza y tráfico de africanos para la exportación. Algunos usaban el mito de la Patria: los capturados eran extranjeros, decían, gentes de otros reinos. Faltaba mucho para que se inventara la negritud, la noción de que todos los africanos tenían en común la raza, el sufrimiento.)
La actual Argentina y su puerto, Buenos Aires, no compraron muchos esclavos: no había minas ni plantaciones donde usarlos. Fueron sobre todo trabajadoras y trabajadores domésticos. Buenos Aires en 1810 tenía menos de 40.000 habitantes; los negros serían unos 10.000. Empezaban las guerras de la independencia contra España y algunos fueron a pelear. La mayoría eran soldados rasos, pero no por ser negros; por ser pobres.
En 1813 una Asamblea Constituyente pre-argentina decretó la “libertad de vientres”. Sonaba a abolición de la esclavitud pero no lo era: significaba que los nuevos hijos de esclavas no serían esclavos pero que los esclavos ya existentes no dejarían de serlo hasta su muerte. Así, los honorables diputados calmaban sus conciencias y los dueños de los esclavos –a menudo ellos mismos– no perdían dinero resignando sus propiedades de dos patas. Solo cuarenta años después la Argentina abolió por fin la esclavitud. Para ese entonces Estados Unidos y Brasil la mantenían como una base decisiva de su economía.
La mayoría de los negros de Buenos Aires no sobrevivió al siglo XIX. En 1865 una “Triple Alianza” de argentinos, brasileños y uruguayos se lanzó a la guerra contra Paraguay para cortar sus veleidades de desarrollo autónomo. En el ejército porteño había soldados negros –y muchos fueron muertos. Lo mismo en la siguiente guerra, cuando los ricos porteños decidieron matar a los indios que vivían en las pampas para apropiarse de sus tierras. Y la puntilla fue, probablemente, la gran epidemia de fiebre amarilla de 1871, que se encarnizó con los negros –porque vivían en los lugares con la peor higiene.
En Argentina, tras todo ese desastre, no quedaron muchos. Ahora, junto con Chile, es el país latinoamericano donde hay menos. Por eso, entre otras cosas, fue patético cuando una serie de medios “serios” de Estados Unidos denunciaron que la Argentina era tan racista que en su selección de fútbol no había ningún jugador negro –en un país donde no llegan al 0,7 por ciento de la población.
Su marca más profunda en la cultura argentina es una palabra: el tango era un lugar donde los negros se juntaban para cantar y bailar. Pero la música del tango es, como casi todo en esas tierras, producto de la mezcla de la inmigración.
En 1880 el país tenía unos dos millones de habitantes; en 1920, alrededor de diez millones: la mayoría eran inmigrantes. Se destacaban los italianos y los españoles pero también había franceses, ingleses, alemanes, polacos, rusos, turcos, sirios, portugueses, griegos, japoneses, tantos más. En esos años la mitad de la población de Buenos Aires había nacido en otra parte y el preámbulo de la Constitución prometía “los beneficios de la Libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.
Por supuesto, hubo un intento de reacción racista de parte de los ricos argentinos que los habían convocado imaginando que sólo recibirían contadores suizos y poetas toscanos. En cambio llegaron pobres sin educación, mucho anarquista y socialista, gente inconveniente. Hubo peleas pero, a largo plazo, los recién llegados se impusieron.
Y entre ellos se pelearon poco. Siempre hubo chistes y pequeñas reyertas, por supuesto, de tanos y gallegos y moishes y franchutes pero la mezcla sucedió enseguida: fueron comunes, ya desde el principio, las bodas entre gentes de orígenes distintos. Y la escuela pública, gran logro de esos años, fue el mejor instrumento de amalgama, la fábrica incesante de argentinos.
Hacia 1930 el país prosperaba. Seguía siendo el gran exportador de carne y grano, sus latifundios sin vergüenza, pero empezaba a sostener ciertas industrias. El desarrollo necesitaba brazos; los europeos, envueltos en sus crisis y guerras, ya no migraban tanto. Empezaron los desplazamientos internos: millones de argentinos de las provincias –que allí llamamos “el interior”– bajaron a la capital a buscar mejores vidas. Muchos tenían la piel un poco más oscura por viejos mestizajes. Los porteños ricos –y los que querían parecerlo– los llamaron “cabecitas negras”.
Era un racismo sin leyes, social, una pelea –y fue quedando aislado. Pronto el peronismo se ofreció a representar a los recién llegados y ellos lo abrazaron. Con el tiempo el peronismo fue variando –si algo hace es variar todo el tiempo– y buena parte de esos inmigrantes internos se integró. A partir de 1960 –y cada vez más– empezó a fluir otra corriente de ciudadanos de los países limítrofes que llegaban a buscarse la vida. Nunca tuvieron trabas burocráticas o policiales y ahora mismo se supone que son dos o tres millones, si acaso un cinco por ciento del total.
Y sin embargo en ese país en crisis, cuyos ciudadanos eligieron uno de los gobiernos más desagradables del planeta, no hay un uso político del rechazo a estos inmigrantes más recientes. Debe ser que esos politicastros dispuestos a todo lo han hecho medir y descubrieron que los votantes argentinos no lo agradecerían tanto como los españoles o alemanes o italianos o franceses o ingleses. La xenofobia no es, en Argentina, ese tema central que la ultraderecha y la derecha ha impuesto en nuestros países europeos.
Y tiene sentido: en la Argentina, por suerte, no hay pureza posible. Somos pura mezcla, somos los mismos y distintos: no podemos descalificar a ningún otro –porque nosotros mismos somos otros.
Hay, por supuesto, esa discriminación hacia los pobres que está por todas partes y ninguna FIFA, ninguna ONU, ningún gobierno condena. En Madrid, donde muchos inmigrantes islámicos no le pasan bien, el otro día vi una caravana de coches oficiales, brillosos, alemanes, bruta custodia policial, que paraba en la puerta del museo del Prado para que lo visitaran, obviando cualquier cola, cinco o seis jeques impecables. Esos jeques eran tan “moros” cómo cualquier víctima de Vox; la diferencia no está en la piel sino en la caja fuerte.
Yo soy español (una sola vez) y soy argentino (otra sola vez) y también soy un poco polaco, judío, ruso, todas esas cosas que me hacen parecido a algunos y muy distinto de otros que podrían definirse igual. Está claro que en las últimas décadas la Argentina fracasó en muchas cosas. Ya estamos en las semifinales mundiales del fracaso, pero triunfamos en mezclarnos. Por eso no nos resulta fácil ser racistas. Lo siento. Pero, por el amor de dios, no desesperen: si eso es lo que quieren, lo seguiremos intentando.
(Si alguien quiere reproducir estas palabras, sólo debería citar la fuente -o retuitearlas.)
Le reprochan a los jugadores argentinos haberle dado la espalda a la coronación de los campeones del mundo. Maleducados y malos perdedores es lo menos que dicen en la prensa europa y también la estadounidense, parte de la narrativa instalada en el último tiempo, la que ahora los lleva casi a hablar de civilización o barbarie.
Este video lo tomé yo desde la tribuna de prensa. Se los regalo. Lo que vi fue a un grupo de jugadores heridos, con Lionel Messi al frente, de cara a sus hinchas. La coronación, que es hermosa para los campeones (España es un gran y justo campeón) y será inolvidable para Rodri y los suyos y para los hinchas, es una gran puesta televisiva. Ocurre en una porción del campo, de espaldas a más de la mitad del estadio. Y diría que es hasta lógico que así sea (luego, para eso, tenemos la vuelta olímpica). Nadie sabe qué hicieron los franceses en Qatar. Tampoco Argentina reclamó nada. No se reclama pleitesía a los perdedores porque ya bastante tienen con ser perdedores.
El fútbol en la Argentina es de los jugadores y su gente, mucho más que de los protocolos y la televisión, que también existen, por supuesto. Los jugadores argentinos fueron a ponerse de frente a su hinchada. El fútbol en Argentina es más colectivo de lo que creen conocer los cronistas del New York Times o los intelectuales europeos que se asoman a este deporte cada cuatro años.
Hablan de Argentina como individualidad -en contraposición al equipo España- porque no deben haber visto jugar un partido de esta selección en los últimos años. Sólo el que vio lo que armó Lionel Scaloni con Argentina sabe que hizo lo contrario a la idea de que solo sea Messi. Potenció a un equipo, a sus jugadores, a futbolista que podían ser comunes y que se convirtieron en estrellas. Scaloni formó futbolistas de selección. Argentina fue un equipo. No mostró lo mejor en este Mundial y, sin embargo, llegó a la final.
Esos jugadores argentinos tenían la medalla del segundo puesto colgada. Faltarle el respeto a España era sacársela. No me interesa defender todo, no me gustó nada ver a Paredes pelearse en la mitad de la cancha. Somos muchas veces también insoportables y cancheros. Pero, ¿leyeron algún escándalo por el sopapo que Bellingham le pegó al Colo Barco? Ahí estaban entretenidos porque los jugadores mostraron una bandera que reivindica a las Islas Malvinas. Porque cuando ganábamos también éramos los malos.
Somos diversos. Hay de todo. Nosotros también somos Scaloni yendo a calmar a todos. También somos Messi levándonos en la tristeza para abrazar a Yamal. No nos van a hacer creer lo que ustedes quieren creerse. Yo también, como esos jugadores, me hubiera ido a abrazar con los míos, y no estar escribiendo esto en un departamento de Nueva York.
⛔️🚨✅Así se escapaba el presidente provisional del Senado, Bartolomé Abdala, para ver el partido de la selección, como su vuelo quedó varado por la tormenta, Cancillería le consiguió un vuelo privado que le pagamos todos los Argentinos. La casta Libertaria da mucho asco.
@ingmartinporro MARTIN PORRO, YO SOY LA UNICA OPERADORA DEL ÚNICO MICROSCOPIO ELECTRONICO DE BARRIDO ACREDITADO EN NORMAS ISO 9001 Y 17025 DEL PAIS, Y AUN ASÍ , DICIDIERON DESVINCULARME. ESTAS MINTIENDO. PERO QUÉ SE PUEDE ESPERAR DE ALGUIEN QUE HUYE COMO LA RATA QUE ES.
En Argentina, funcionaron 800 centros clandestinos de detención. Desde 2006, 3897 personas fueron investigadas por delitos de lesa humanidad (se condenaron a 1231). ¿Sólo 5 genocidas por cada campo de exterminio? Claro que no, aún hay muchos más entre nosotros sin que lo sepamos.
Modernización sería hablar de la cuarta revolución industrial, el pluriempleo, dejar la mitad del sueldo en el alquiler o algún problema real del nuevo mundo del trabajo. Se está tratando una ley de retroceso y de regresión. Quienes la voten se convertirán en verdugos de los laburantes. Algunos ya sabemos que lo son, pero quienes ingresaron al Congreso bajo la bandera de justicia social y se los tienta hoy con prebendas para que legalicen con su voto este crimen, tienen aún la posibilidad de no serlo. No se olviden que la conciencia es, a la vez, testigo, fiscal y juez. No se olviden que alguien los mira desde el cielo.
Ustedes saben lo importante que es para mí esta fecha en el Colón.
Es un sueño que vengo construyendo hace mucho tiempo y me duele muchísimo tener que postergarla.
Pero mañana es un día muy importante para el país. Creo en el derecho de lxs trabajadorxs a expresarse y acompañarse en momentos como este.
Por eso vamos a reencontrarnos el viernes 20 de febrero, para vivir esa noche como se merece.
Gracias por entender, por estar y por acompañarme siempre.
Los amo.
Nicki 🤍