Normalicemos que no puedes estar disponible para los demás todo el tiempo. Que a veces te rompes, te saturas, o simplemente necesitas tu espacio y tu tiempo porque el mundo te asfixia, porque las cosas te pesan o porque quieres parar, normalicemos darnos tiempo.
Bendita sea la gente con la que puedes contar cuando las cosas se ponen difíciles, aquellas que te recuerdan que no caminas solo, que hacen que tus días sean mejores y te hacen sentir que vale la pena seguir saliendo adelante.
Las tasas de divorcio son altas en esta generación por una sencilla razón: la gente no entiende qué es realmente el matrimonio. Las redes sociales nos han hecho creer que siempre hay alguien mejor: un hombre más rico, una mujer más guapa, una vida más emocionante, pero la comparación mata la lealtad.
La gente quiere bodas, no matrimonios. Pasan meses planeando una ceremonia y nada de tiempo aprendiendo a comunicarse cuando las cosas se ponen difíciles. Ya nadie sabe discutir.
Gritan, se cierran, huyen en lugar de aprender a luchar el uno por el otro. La presión del dinero expone cimientos débiles. En lugar de construir juntos, las parejas se atacan mutuamente, los hombres dejan de liderar, las mujeres dejan de respetar a sus hombres, la tentación está por todas partes. Ahora todos usan palabras terapéuticas para evadir la responsabilidad. Todo es tóxico, todo es trauma. Nada es culpa suya.
Ya no hay presión comunitaria para seguir casados. Los ancianos no te dicen que lo resuelvas. Solo los amigos te dicen que te vayas. Mereces algo mejor. Los hijos se volvieron opcionales, el sacrificio pasó de moda y los votos se convirtieron en sugerencias.
Antes, el matrimonio significaba "sufriré contigo". Ahora significa "me quedaré mientras sea feliz". Y por eso hay tantos divorcios. Porque la gente no sabe sufrir junta.
Sólo saben parar cuando ya no sienten entusiasmo.
¡¡¡Estamos en las trincheras!!!
Es agotador ver cómo hoy en día se intenta romantizar o “normalizar” conductas que simplemente son crueles. La infidelidad, el engaño sistemático y el juego sucio con la salud mental de los demás no son errores sin importancia ni anécdotas para reír; son faltas de respeto que dejan huellas profundas. No permitas que el ruido de una sociedad que confunde la libertad con la falta de valores te haga creer que pedir lealtad, honestidad y paz psicológica es pedir demasiado. La madurez empieza por ser responsable de lo que causamos en el corazón de los demás.
Lo difícil que es aceptar cuando la vida te cierra una puerta, escuchas todo el tiempo otras personas diciéndote “confía, agradece, seguramente lo que viene será mejor”pero muchas veces no lo es, pasa el tiempo, el proceso se vuelve más difícil..