Lo inquietante no es solo la presión que llega desde EE UU. También la rapidez con la que algunos dirigentes * de la región parecen dispuestos a dejar en segundo plano principios básicos, como la defensa de los derechos humanos y el avance de libertades, y subordinarlos a una agenda política que encuentra en la actual Administración estadounidense uno de sus máximos abanderados.
* Por ejemplo, José Antonio Kast.
Fuente: Editorial El País
Falta tanto en Chile un canal de youtube como @eldestapeweb argentino.
Acá @turnoenvivo es totalmente funcional al relato clásico del “buenismo” corporativo.
Ese que impone el dinero de la derecha.
Se cuadran con todo lo que se espera que se cuadren.
Por otro lado está @losquesobrancl que son menos condescendientes pero pecan de acelerados y ahí tambien pierden fuerza.
No son tuiteros.
Se ven un poco como yo escribiendo a veces mientras me desahogo.
Creo que no tenemos libertad de prensa en Chile.
No por que no se pueda legalmente.
Si no que nuestro carácter hoy es demasiado PUSILÁNIME.
Es un fenómeno triste la verdad.
Durante la dictadura era distinto.
Revistas como Análisis, Apsi, Hoy, que serían como los podcast de ese tiempo.
Iban al fondo, investigaban arriesgando el pellejo.
Y no se compraban las mentiras de las Camila Flores de la época.
Había seriedad y sobretodo un espíritu sincero de combatir desde la verdad al fascismo.
Hoy se cagan en los pantalones apenas los amenazan con quitarles la mesada, como creo pasa con Turno.
Parecen más bien un misceláneo de farándula que otra cosa.
Falta talento, pero sobretodo carecen de convicción editorial.
Sufren del síndrome del matinal.
Estudio del MIT Media Lab sobre cómo el uso excesivo de IA generativa como ChatGPT genera "deuda cognitiva" en estudiantes, reduciendo su capacidad de recordar y procesar información de forma independiente
Clave educar sobre uso inteligente de la IA que potencia cognición
La tecnología está llamada a servir a las personas y no al revés.
Inspirado en Magnifica Humanitas, la nueva encíclica del Papa León XIV, el Cardenal @FernandoChomali propone este decálogo con ideas y reflexiones para resguardar la dignidad humana, el trabajo, y el bien común.
"La historia de la raza humana es la historia de hombres y mujeres vendiéndose a sí mismos a menos de lo que valen."
Esta frase es más oscura que la pirámide. Pero más honesta.
Maslow pasó su vida estudiando a las personas excepcionales. A los que alcanzaban la autorrealización. Y lo que le llamaba la atención no era lo raro que era ese estado, sino lo frecuente que era su contrario.
Personas con capacidades reales que las enterraban por miedo. Por conformidad. Por la presión de un entorno que premiaba la mediocridad acogedora sobre la excelencia incómoda.
La pregunta que dejó sin respuesta: ¿cómo construimos un mundo donde más personas puedan ser lo que tienen que ser?
Murió hoy hace 56 años. La pregunta sigue abierta.
ENTRE LA MORAL Y EL TRIBUTO
Demasiado ilegal para la moral, pero demasiado legal para tributar.
Hace algunos días conversaba con un conductor de Uber. Mientras avanzábamos entre semáforos, tacos y promesas incumplidas de modernización, me explicó una curiosidad jurídica digna de estudio antropológico. Cada mes paga impuestos. Lo hace religiosamente. Declara ingresos, cumple con el Servicio de Impuestos Internos y aporta a las arcas fiscales. Sin embargo, si una fiscalización lo sorprende en la vía, corre el riesgo de que le retiren el vehículo, le cursen una multa considerable y termine pagando grúa y corral municipal por ejercer una actividad cuya situación legal sigue siendo, por decirlo con delicadeza, oscura y nebulosa.
La escena es fascinante. Para cobrarle, el Estado sabe perfectamente quién es. Para protegerlo o regular adecuadamente su actividad, en cambio, parece sufrir repentinos episodios de amnesia y olvido institucional.
La contradicción alcanza niveles de refinamiento casi artístico. Los matinales exhiben con gravedad las fiscalizaciones contra conductores de aplicaciones, mientras minutos después van a comerciales algunas veces financiados precisamente por esas mismas plataformas. El conductor es presentado como infractor en el bloque informativo y como socio estratégico en la tanda publicitaria. Todo dentro del mismo programa. Una especie de esquizofrenia regulatoria transmitida en alta definición.
Pero si el caso de las aplicaciones de transporte resulta curioso, el de las casas de apuestas deportivas merece una mención especial. Ahí la paradoja adquiere dimensiones olímpicas.
Durante años se nos explicó que existían serias dudas sobre la legalidad de estas plataformas. Diversos fallos judiciales cuestionaron su funcionamiento y el Congreso inició discusiones para establecer un marco regulatorio. En términos simples, el país todavía debate si la actividad debe permitirse y bajo qué condiciones.
Sin embargo, en medio de esa incertidumbre, surge una decisión notable: cobrar impuestos por las rentas generadas.
Es una lógica admirable en su creatividad. Primero discutimos si algo es legal. Mientras tanto, recaudamos.
La pregunta es inevitable: si la actividad aún se encuentra bajo cuestionamiento jurídico, ¿no habría sido más razonable esperar una definición regulatoria antes de abrir la caja registradora?
La situación resulta especialmente extraña cuando se observa desde la perspectiva del discurso gubernamental. Se nos habla de restaurar el orden, fortalecer las instituciones y hacer cumplir la ley. Son objetivos legítimos y necesarios. Pero cuesta entender cómo se armoniza ese relato con la disposición a percibir ingresos provenientes de actividades cuya licitud todavía se discute.
La señal que recibe la ciudadanía es confusa. Pareciera que la legalidad deja de ser una condición esencial cuando aparece una fuente potencial de recaudación. Como si existieran dos categorías normativas: lo suficientemente ilegal para ser sancionado, pero suficientemente legal para ser gravado.
Y existe además una dimensión moral que tampoco puede ignorarse. Las casas de apuestas han penetrado profundamente en el deporte, particularmente entre jóvenes y adolescentes. Sus marcas aparecen en camisetas, transmisiones, redes sociales y eventos deportivos. Un gobierno que declara su preocupación por la infancia y la familia debería, al menos, explicar cómo compatibiliza esa preocupación con una política que termina otorgando una suerte de legitimación práctica a una actividad cuya regulación sigue pendiente.
Porque al final la pregunta no es jurídica ni tributaria. Es política.
¿La ley determina qué puede recaudar el Estado, o es la potencial recaudación la que termina determinando qué tan importante resulta la ley?
En la respuesta a esa pregunta se encuentra la diferencia entre un Estado de Derecho y un Estado recaudador. Y cuando el recaudador habla demasiado fuerte, la coherencia suele quedarse muda.
@MisColumnas
Para no olvidar. En 2019, muchos decian que el problema era la constitución. Ahora todos dicen que el problema en realidad fueron las reformas de Bachelet II que pararon el crecimiento.
Hubo un momento en que confiaste y salió mal. Quizás fue una traición, un abandono, una decepción que no esperabas.
Y el sistema aprendió.
Desde entonces vas por la vida con un radar de amenazas calibrado en alerta máxima. Buscas inconscientemente las señales de que el otro va a fallarte. Y las encuentras, porque las buscas.
La desconfianza crónica no te protege. Te aísla. Te priva de la posibilidad de conectar de verdad con otro ser humano.
Tips:— La confianza no se da de golpe ni se retira para siempre. Se calibra progresivamente según la experiencia real con cada persona. — Distingue entre precaución razonable e hipervigilancia. La primera es sana. La segunda es la herida mandando. — Arriesgarse a confiar de nuevo, sabiendo que puede salir mal, es uno de los actos más valientes del proceso de individuación.
LA ARROGANCIA DEL SABER
Hay algo curioso ocurriendo en nuestra época. Nunca habíamos tenido tanto acceso al conocimiento, a una sobre información y, sin embargo, cada vez parece más difícil encontrar personas dispuestas a reconocer que no saben.
Durante siglos, la ignorancia fue entendida como la ausencia de información. Quien quería aprender debía buscar libros, consultar expertos, estudiar durante años o dedicar tiempo a comprender la complejidad de un tema.
Hoy la información está en todas partes. Vive en nuestros teléfonos, en las redes sociales, en buscadores y ahora también en la inteligencia artificial. Una respuesta demora segundos. Una explicación, apenas un clic. Un resumen, unos pocos caracteres.
Y, sin embargo, algo se ha perdido en el camino.
Confundimos acceso a información con conocimiento.
Confundimos conocimiento con comprensión.
Y, peor aún, confundimos comprensión con sabiduría.
La consecuencia es una nueva forma de ignorancia. Una ignorancia sofisticada. Una ignorancia que no se presenta como duda, sino como certeza.
Ya no es la persona que admite desconocer un tema. Es la persona que vio un video de tres minutos y cree comprender décadas de investigación. Es quien leyó un hilo en redes sociales y siente que domina la economía. Es quien escuchó un podcast y concluye que puede diagnosticar problemas complejos mejor que los especialistas.
La verdadera amenaza de nuestro tiempo no es la falta de información: Es el exceso de confianza.
Las redes sociales han perfeccionado este fenómeno. Premian las opiniones categóricas, castigan los matices y convierten cualquier duda en una aparente debilidad. El algoritmo recompensa la indignación más que la reflexión. El eslogan más que el argumento. La consigna más que la evidencia.
Por eso abundan las personas que hablan con absoluta seguridad sobre asuntos extraordinariamente complejos.
Todos tienen respuestas.
Pocos tienen preguntas.
La política es un ejemplo evidente. Cada sector está convencido de poseer la verdad definitiva. Los propios y los ajenos viven encerrados en cámaras de eco donde las convicciones se refuerzan mutuamente. “Escuchar deja de ser necesario cuando uno cree tener razón de antemano”.
Pero el fenómeno trasciende la política.
Aparece en la medicina, en la educación, en la economía, en la ciencia y en prácticamente cualquier conversación pública.
Incluso la inteligencia artificial, una de las herramientas más extraordinarias jamás creadas, puede contribuir involuntariamente a este problema. Porque obtener respuestas es cada vez más fácil.
Comprenderlas sigue siendo difícil.
La IA puede entregar información. Puede organizarla, resumirla e incluso explicarla. Pero no puede reemplazar el pensamiento crítico de quien la utiliza. No puede sustituir la experiencia, el juicio ni la capacidad de cuestionar las propias conclusiones.
De hecho, mientras más sofisticadas sean las respuestas que recibimos, más importante se vuelve conservar una virtud antigua: la humildad intelectual.
Esa capacidad de reconocer que podemos estar equivocados.
Que existen antecedentes que desconocemos.
Que la realidad suele ser más compleja que nuestras explicaciones favoritas.
Que las mejores preguntas muchas veces valen más que las respuestas apresuradas.
Resulta paradójico.
Vivimos en la era de la información, pero quizás el recurso más escaso sea la prudencia.
La disposición a escuchar antes de concluir.
A pensar antes de opinar.
A dudar antes de afirmar.
Porque las grandes tragedias de la historia rara vez fueron provocadas por personas llenas de incertidumbres. Con frecuencia fueron impulsadas por personas absolutamente convencidas que tenían la razón.
Y tal vez el verdadero signo de inteligencia no sea la rapidez con que respondemos una pregunta.
Tal vez sea la capacidad de seguir haciéndonos preguntas cuando creemos haber encontrado la respuesta.
@MisColumnas
Llevamos unos años en el que podemos analizar que hay una menor vinculación de los profesionales con sus empresas. lo que se relaciona con temas de bienestar
Lo que no se habla tanto es que los líderes también están bajando su compromiso (además que suelen tener mayores problemas de bienestar)
Joan Manuel Serrat, cantante (82 años): “Desayuno con los periódicos. Me gusta el tacto del papel y ese rato de silencio antes de que el mundo se ponga a gritar” https://t.co/8yZXt98wfE