"¿Por qué les molesta que la fiscalía investigue la forma de criminalizar a las víctimas de desaparición para así tener pretexto de no investigar su paradero y a su vez generalizar en su forma de criminalizar al resto de víctimas?"
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Cuando tú análisis pretende ir enfocado a “defender a la clase trabajadora” pero no tiene nada de conciencia de clase. 🫠
Reducir una protesta a “quieren boicotear el mundial” solo demuestra que estás aquí bajo una línea oficialista, ajena a la realidad de las demandas sociales.
#TalDíaComoHoy de 1939 arribó al puerto de Veracruz el Sinaia, primer gran buque del exilio republicano español, con cerca de 1.600 refugiados a bordo. Su llegada fue el comienzo de la acogida de republicanos españoles por parte de México.
México, bajo el gobierno de Lázaro Cárdenas, fue uno de los pocos países que defendió públicamente la Segunda República Española. Mientras las democracias occidentales abandonaban al pueblo español con la farsa del Comité de No Intervención, México denunció el golpe de Estado, prestó ayuda material y mantuvo su apoyo diplomático incluso después de la derrota militar republicana.
A diferencia de otros gobiernos, México jamás reconoció oficialmente al régimen franquista mientras existió el gobierno de la república en el exilio. Tras la toma del poder por parte de los golpistas, decenas de miles de republicanos españoles encontraron refugio en tierras mexicanas. Se estima que alrededor de 25.000 exiliados fueron acogidos por México, contribuyendo de manera decisiva a la vida cultural, científica, educativa y política del país.
La solidaridad demostrada por el pueblo mexicano constituye uno de los mayores ejemplos de internacionalismo del siglo XX. Un gesto de fraternidad entre pueblos que el pueblo español jamás olvidará.
"El asilo otorgado por el gobierno de Lázaro Cárdenas a los republicanos españoles no fue un simple acto de caridad internacional, sino una política de Estado fundamentada en una profunda afinidad ideológica y en la defensa irrestricta de la soberanía. México comprendió tempranamente que la Guerra Civil española era el preámbulo de un conflicto global. Al recibir a los vencidos, el Estado mexicano reafirmaba su compromiso con el antifascismo y consolidaba una política exterior independiente." -Mateos, A. (2009): La batalla de México: Final de la Guerra Civil y la ayuda a los refugiados, 1939-1945.
@WANTEDRock6 Empezar a hacer curriculum es lo mejor, solo estudia la carrera si tienes plata, porque estudiar gastronomía es caro, hice lo mismo, deje los estudios para hacer currriculum en cocina.
Belfast ha ardido. Las calles de esta ciudad de la Irlanda ocupada se han iluminado con el fuego de los contenedores, los vehículos calcinados y las viviendas particulares y comunitarias de alquiler donde residen familias de inmigrantes y solicitantes de asilo, tras un intento de degollamiento. El suceso que lo precipitó todo no debe ser suavizado ni maquilado: un ciudadano local sufrió un ataque a cuchillo asqueroso y repugnante por parte de un individuo de origen sudanés. No hay excusas que valgan. Quien guarda silencio ante un acto de esta magnitud, o peor aún, quien practica trilerismo retórico para justificarlo, no vale nada como persona porque literalmente está encubriendo un intento de asesinato. Ceder el monopolio de la indignación y la rabia a los elementos más reaccionarios es el primer error fatal.
Sin embargo, condenar con firmeza el asqueroso acto criminal no significa, bajo ningún concepto, sumarse a la histeria de quienes utilizan este crimen como combustible para desatar pogromos. ¿En qué beneficia a los trabajadores participar en una turba que sigue el compás marcado por agitadores ultranacionalistas, lealistas y demás cala��a reaccionaria? En absolutamente nada. El sistema, a través de sus aparatos mediáticos y políticos, impone inmediatamente una dicotomía neurótica y tramposa: o acatas el relato chovinista y aplaudes el pogromo, o te conviertes en un defensor de los degolladores. Romper esta trampa exige elevarse por encima de falsas dicotomías y tener más categoría analítica para señalar la estructura material que sostiene todo este entramado perverso.
El inmigrante que llega a las costas o a las fronteras europeas no cae del cielo, es el producto final de una maquinaria de desestabilización calculada. El imperialismo occidental ha impedido durante décadas el desarrollo soberano del mundo árabe y africano. A través del fomento del terrorismo takfirí —financiado y teledirigido históricamente para balcanizar y subordinar naciones soberanas—, el estrangulamiento financiero y el apoyo a burguesías compradoras y lacayas, se aseguran de que estas naciones permanezcan en un subdesarrollo crónico. Se extraen sus recursos naturales y, simultáneamente, se practica un extractivismo humano brutal. Si a estos territorios se les permitiera desarrollarse libremente ¿existiría la inmigración masiva a los países occidentales?
Dentro de esta ecuación geopolítica, es imperativo señalar el papel estratégico de la extensión occidental en el corazón de Oriente Próximo que es el Estado de Israel. A sus dirigentes les fascina la inmigración masiva hacia Occidente por una razón puramente material y demográfica. Vaciar los países vecinos árabes de población facilita su proyecto de expansionismo genocida sobre el terreno, trasladando la gestión de las masas desplazadas a las metrópolis europeas. Pero la jugada es doble. Al inundar Europa de inmigrantes de forma desregulada y caótica, se generan las fricciones materiales perfectas para inocular la islamofobia en el seno de los barrios obreros occidentales. Una vez que el ciudadano local asocia el caos de su barrio con la religión del inmigrante, el sionismo se presenta ante el mundo como el gran bastión de la “civilización” que combate al islamismo en primera línea. Así, logran que gran parte de la población europea, justifique y aplauda la masacre diaria de personas en Palestina, Líbano, Siria, Yemen o Irán.
Cuando las distintas ciudades europeas arden, los elementos ultranacionalistas reaccionarios tratan de erigirse en los salvadores de la patria frente a la "islamización" o el "gran reemplazo", exponiendo así su tremenda hipocresía e ignorancia política. Estos grupos no son antiinmigración; jamás lo han sido. Son el escuadrón parapolicial del modelo económico vigente. Su función no es detener los flujos migratorios que su propio sistema necesita, sino algo mucho más perverso: disciplinar mediante el terror a los inmigrantes y los trabajadores locales más sensibles con ellos.
La economía contemporánea, asfixiada por una rentabilidad que tiende históricamente a la baja, necesita inyecciones constantes de mano de obra barata para sostener sus márgenes de beneficio, pero para que esa mano de obra acepte condiciones de semiesclavitud, jornadas de doce horas y nula seguridad laboral, no basta con traerlos; hay que aterrorizarlos. Aquí es donde los pogromos, las cacerías de inmigrantes y el fomento del ultranacionalismo cumplen su función. Al mantener al inmigrante en un estado de pánico perpetuo, bajo la amenaza del ataque físico o la deportación, se le amputa cualquier posibilidad de sindicalización, de exigencia de derechos o de protesta. El racismo es la herramienta que garantiza la superexplotación de los inmigrantes.
Los agitadores que claman contra la presencia extranjera son los mismos que defienden a capa y espada el sistema que los importa. Son los paladines de la privatización, de la destrucción del Estado del Bienestar y de la desregulación laboral. Votan y militan a favor de triturar el escudo social de la clase trabajadora, y cuando ese desmantelamiento produce miseria, guetificación y delincuencia en los barrios, fingen sorpresa y lo pagan con el eslabón más débil. Hablan de la inmigración como si flotara en el vacío, desconectada de las leyes del mercado que ellos idolatran.
Si la reacción derechista es el brazo ejecutor del terror disciplinario, la izquierda progresista es el vocero que ayuda al cumplimiento de las demandas negreras de la patronal. Sumida en la bancarrota política, ideológica y analítica, esta izquierda ha convertido la cuestión migratoria en un tabú paralizante. Su terror a ser etiquetados de racistas les ha llevado a asimilar un discurso humanista abstracto, un "refugees welcome" de escaparate que ignora por completo las bases económicas del fenómeno. Su discurso es fatal para toda la clase obrera porque esconde una lógica puramente negrera y clasista. Cuando un progresista de izquierdas justifica la inmigración masiva preguntándose con indignación "¿y quién va a limpiar el culo a nuestras abuelas?" o "¿quién va a servir las mesas en nuestros restaurantes?", está escupiendo la justificación más clasista y cuasiesclavista posible. Revelan que no ven al inmigrante como un sujeto político, sino como los que deben asumir los trabajos más degradantes por salarios de miseria para mantener intacto el nivel de consumo de las mal llamadas clases medias.
Al avalar este modelo migratorio neoliberal de importación masiva sin la menor planificación, la izquierda negrera obedece directamente los mandatos de la oligarquía financiera y empresarial. Inundar el mercado de trabajo con brazos dispuestos a aceptar lo inaceptable permite a la patronal abaratar el precio de la fuerza de trabajo, presionando a la baja a toda la clase trabajadora nacional. La culpa jamás es del inmigrante que, empujado por la miseria, acepta ese salario; el culpable es el empresario que lo ofrece y el político que lo disfraza de falso humanitarismo.
Para debatir sobre esta crisis sin caer en el racismo de la derecha ni en la ceguera de la izquierda, es obligatorio trazar una línea roja conceptual. El gran error de la época actual es la incapacidad de diferenciar al Ejército Industrial de Reserva del lumpenproletariado. El inmigrante que cruza la frontera, incluso en situación irregular, y vende su fuerza de trabajo —o busca hacerlo— es un trabajador. El sistema lo expulsa a los márgenes, lo condena a la temporalidad y lo exprime para abaratar los costes generales de producción. Llamar lumpen a un temporero hacinado o a un repartidor sin papeles es un acto de clasismo aberrante.
El lumpenproletariado es otra cosa bien distinta. Aunque carezca de medios de producción, su respuesta a la exclusión no es la búsqueda de un salario ni la integración en la estructura productiva, sino el parasitismo activo. El lumpen no busca la organización colectiva; depreda sobre su propio entorno. Su forma de vida es el trapicheo, el crimen, la extorsión en el barrio y la economía mafiosa. El individuo —sea autóctono, rubio de ojos azules o magrebí recién llegado— que roba al obrero o que siembra el terror en las calles, no es un aliado potencial bajo ninguna circunstancia. Es un obstáculo objetivo y contrarrevolucionario. Promueve el individualismo autodestructivo y rompe los lazos comunitarios. Romantizar al lumpen, como hacen ciertos sectores progresistas, es sentenciar a muerte la capacidad organizativa de los trabajadores.
Al Estado capitalista le interesa profundamente mantener a cierta parte de la población inmigrante en condiciones de lumpenización porque el aumento de este fenómeno genera un aumento real y tangible de la delincuencia. El trabajador, al ver su integridad física, la de su familia y sus pocas propiedades personales amenazadas diariamente por esta lumpenización, entra en pánico. Ante el abandono, la clase obrera acaba implorando al propio Estado que aumente la presencia policial, que militarice sus calles, que recorte libertades civiles en pos del orden. Es la victoria absoluta del poder: el esclavo pidiendo a su amo que le apriete aún más las cadenas.
Es más, este fenómeno adquiere mayor importancia en el contexto actual. Las clases dominantes saben que el centro imperialista se resquebraja y que los recortes que se avecinan agudizarán la lucha de clases. Por ello, aplican la receta de las "mini guerras civiles controladas". Fomentan el choque horizontal, la clase obrera autóctona contra la inmigrante, mientras el Estado justifica el despliegue de sus fuerzas represivas en los barrios. El rearme sin precedentes que hoy vive Europa tiene dos caras inseparables: un frente exterior para la guerra en terceros países y la quema de excedentes armamentísticos, y un frente interior que consiste en el blindaje militar y policial de los centros urbanos para aplastar cualquier intento revolucionario cuando la crisis económica estalle de forma definitiva.
Belfast ha sido el prólogo, un ensayo general de la barbarie capitalista que las clases dominantes tienen reservada para las sociedades occidentales en declive. La fricción entre el obrero local y el inmigrante es una contradicción, pero no es una contradicción antagónica e irresoluble; es una contradicción amplificada artificialmente que la burguesía necesita mantener sangrando para garantizar su propia supervivencia.
La respuesta ante este escenario no pasa por pedirle al Estado burgués que regule la miseria, sino por la organización revolucionaria. La misión del inmigrante ya no es hacer la revolución en su país de origen. Objetiva y materialmente, esa persona ya forma parte de la clase trabajadora del país en el que se encuentra. Frente al asistencialismo pasivo y caritativo del izquierdismo, el deber comunista es la integración combativa. Hay que organizar al trabajador inmigrante, facilitarle el aprendizaje del idioma y de las costumbres locales, instruirle en la maquinaria antiimperialista y promover su sindicalización para que luche por los derechos de la clase trabajadora en general del que forma parte. El verdadero enemigo de la clase trabajadora de Belfast no es el inmigrante, es el que especula con el suelo y las viviendas, exprime sus salarios, patrocina masacres en Oriente Próximo y se frota las manos cada vez que un barrio obrero arde por unos pogromos debidamente amplificados por sus los elementos más reaccionarios. Solo la unidad de clase podrá poner fin a los pogromos y acabar con acciones criminales del lumpenproletariado.
-Oier Pérez Mancisidor
@OierPerezM
-“No hay en endiosar a nadie del movimiento comunista, ni siquiera a Marx ni a Engels”
-“Es que ellos eran muy progresistas para su época!”
El misimisimo Marx cada vez que veía a Ferdinand LaSalle:
@Twoodd1@Duxkurai Esos tipos no son más que larpers, no tienen ningún plan económico ni social, no les interesa, solo les importa ir y verse bien, van a sacarse su fotito edgy mediocre
Encima esa bandera parece sacada de TFR xd