Por primera vez en décadas, la televisión nacional de Armenia apagará su cámara del memorial del Genocidio a mitad del 24 de abril.
Escribí una carta abierta porque hay cosas que no se negocian en ninguna mesa diplomática.
La memoria es un acto de soberanía. Y nosotros, los descendientes de sobrevivientes, somos la prueba de que funcionó.
🚩🇦🇲 CARTA ABIERTA
Ante el recorte de la transmisión oficial del 24 de abril en Armenia
A las autoridades de la República de Armenia, a la comunidad armenia del mundo y a quienes aún creen en la fuerza indestructible de la memoria:
Con profunda preocupación y sin renunciar a la esperanza, escribo estas líneas desde la Argentina, país que conoce en carne propia lo que significa la lucha por la verdad, la justicia y la memoria. Lo hago en mi carácter de profesora titular del módulo Genocidio Armenio en la diplomatura de posgrado de la Universidad Nacional de Tucumán, y como descendiente de sobrevivientes de aquel horror que el mundo tardó demasiado en llamar por su nombre.
La noticia de que Armenia’s Public Television (H1) interrumpirá su transmisión en vivo desde el Complejo Memorial del Genocidio Armenio de Tsitsernakaberd el próximo 24 de abril a las 13:00 horas, cuando durante décadas esa señal acompañó sin pausa el dolor y la dignidad de un pueblo entero, nos ha llenado de consternación. Por primera vez en generaciones, la televisión nacional dejará de ser testigo pleno de la jornada más sagrada del calendario armenio.
Cada 24 de abril, cientos de miles de armenios acuden al memorial para honrar la memoria de 1,5 millones de víctimas. Ciudadanos, religiosos, militares, funcionarios, y sobre todo familias enteras hacen ese camino como un acto de fe civil. Ese gesto, transmitido en vivo, no era solo cobertura televisiva: era el Estado armenio diciendo al mundo y a sus propios hijos: aquí estamos, no olvidamos, seguimos en pie.
Entiendo que Armenia atraviesa un momento histórico complejo. Las negociaciones de paz, las realineaciones geopolíticas y las presiones regionales son realidades que ningún gobierno puede ignorar. Pero una cosa es la diplomacia y otra muy distinta es la memoria. Los acuerdos comerciales y las aperturas políticas no tienen, no pueden tener, ninguna relación con el ejercicio del derecho a la verdad. Ese derecho no se negocia en ninguna mesa. No tiene precio. No caduca.
En Argentina lo aprendimos de la manera más dolorosa posible. Durante años, el silencio oficial fue cómplice del olvido forzado. Y cuando recuperamos la democracia, entendimos que la grandeza de un Estado no se mide por lo que oculta, sino por lo que es capaz de sostener frente al mundo y frente a sus propios adversarios. Un país no se achica cuando recuerda: se hace más grande. Porque la memoria es un acto de soberanía.
Las declaraciones de funcionarios del gobierno armenio que señalan que el reconocimiento internacional del Genocidio Armenio ya no es una prioridad de política exterior, sumadas a esta decisión simbólica sobre la transmisión del 24 de abril, configuran una tendencia que nos alarma profundamente. No pedimos gestos vacíos. Pedimos coherencia entre la historia que Armenia lleva en el cuerpo y las decisiones que toma en nombre de su pueblo.
Somos la prueba viva de que sobrevivimos. Los armenios de la diáspora, en Argentina, en Francia, en Estados Unidos, en el Líbano, en todos los rincones del mundo, llevamos en nuestra sangre la memoria que algunos quieren reducir a un trámite administrativo. Nosotros no olvidamos porque no podemos olvidar. Pero también porque no queremos. Porque el olvido sería traicionar a quienes marcharon hacia la muerte sin poder defenderse.
Le pido al gobierno armenio que reconsidere esta decisión. Que el 24 de abril la cámara de H1 no se apague a las 13:00. Que el Estado armenio acompañe a su pueblo hasta el final de ese día eterno. Que la señal que llega a la diáspora no sea la señal del abandono, sino la señal de que Armenia sigue siendo la patria de todos… .