Acabo de pasar los 10 minutos más raros de mi vida.
Estoy en el supermercado.
Pasillo de panadería.
5 minutos mirando las infinitas variedades de pan:
Integral, centeno, semillas...
Crisis existencial por las nubes.
Una señora de unos 60 se pone a mi lado.
Misma pose.
Misma cara de "¿qué hago aquí?"
2 minutos en silencio total.
Las dos mirando el pan como si fuera a hablarnos.
De repente suelta:
—Mi marido me dejó por una de 40 que hace pan casero.
Me quedo helada.
¿Qué se responde a eso?
Así que suelto lo primero que me sale:
—Seguro que se le parten los dientes al morderlo.
Me mira.
Y estalla en carcajadas.
Una mezcla entre sollozo y risa histérica.
Yo también empiezo a reir.
Sin poder parar.
Nos quedamos ahí quietas.
Dos desconocidas.
Llorando de risa.
La gente mirando como si estuviéramos locas.
Pero nos da absolutamente igual.
Al final cojo el pan normal. El de toda la vida.
Ella el integral.
Nos despedimos con un gesto.
Sin palabras.
Y cada una por su lado.
Sin decir nada más.
Me voy pensando:
Esta tía no me conoce.
Yo no la conozco.
Pero acabamos de compartir algo más real
que el 90% de conversaciones que tengo con gente "conocida."
A veces la vida te regala momentos así.
En los sitios más raros.
Con gente que nunca volverás a ver.
Dos desconocidas riéndose de la misma tontería.
En el pasillo de un supermercado.
Un miércoles cualquiera.
¿Alguna vez has sentido una conexión sorprendentemente humana con un desconocido en un lugar inesperado?
«A mí lo que me ha salvado son los libros que he leído. Pero principalmente, de la soledad. Por ejemplo, ocurre mucho en las giras, cuando a un avión le pasa algo y nos quedamos todos tirados en un aeropuerto, que los músicos se desesperan, no saben qué hacer. Pero yo, si tengo un buen libro, ¡estoy feliz! Los libros me acompañan, me ayudan a pensar, a vivir un montón de vidas distintas a la mía. En lugar de estar como un animal enjaulado mirando a un avión que va a salir en seis horas, puedo estar en la antigua Roma viviendo las vidas de otros. Creo que ese es el único consejo que me he atrevido a dar en la vida: si tienes un libro, nunca vas a estar solo».
Joaquín Sabina ✍️
Eterno Robe Iniesta.
Los extremeños siempre hemos presumido ser del mismo lugar que Extremoduro como los argentinos lo hacen con Messi.
...hay que volar libre al sol y al viento repartiendo el amor que tengas dentro.
¡Descansa en paz Robe!
Hoy ese país amanece más solo. Su agencia de comunicación lo confirmó en la madrugada del 10 de diciembre. No detallaron la causa. No hacía falta.
El país entendió automáticamente que se había ido Robe, alguien que no encajaba en los moldes, alguien que nunca quiso ser ídolo pero terminó siéndolo por insistencia de quienes necesitábamos una voz que no mintiera.
Toda una generación encontramos en sus letras un modo de explicarse el mundo, por lo que sabemos que lo que se pierde no es solo a un artista. Se pierde una forma de nombrar la vida sin maquillaje.
Robe hablaba de amor, de sexo sin subterfugios, de autoestima que se construye desde el barro, de las derrotas de las y los de abajo. Hacía poesía sin pedir permiso a la RAE. Era académico de un país que nunca entró en el aula.
Sus conciertos eran rituales: miles de personas cantando sobre el dolor como si hacerlo lo convirtiera en una herramienta de supervivencia.
Hoy, el rock español queda huérfano de su figura central.
Y quienes aprendieron a sostenerse con Ama, ama, ama y ensancha el alma saben que hay silencios que duelen más que el ruido.
Hasta siempre, Robe.
Hasta siempre, siempre, siempre.