Como cantó Franco de Vita, si me dieran a elegir una vez más, elegiría no haber leído la nueva novela de Enrique Serna, "El dios hambriento". Qué mala es. Es mi culpa por regresar a los autores que me gustan con renovada fe y también por ir a las librerías con la frecuencia con la que voy a la tiendita de la esquina. Debería quedarme quieto y sin esperanzas. En esta ficción, algo que me encanta en la obra de Serna, la lascivia exultante que muestran sus personajes, su vanidad, sus excesos, terminó cansándome. La leí con disciplina y lamento no haberla botado a las primeras páginas, cuando detecté que estaba en un fallido "Jardín de las Delicias". Leamos, como dice Kafka, libros que muerden. Este, para mí, nació chimuelo.