En la encrucijada entre el honor y la buena reputación, nos encontramos ante una construcción social mutable, donde la esencia de ambos conceptos no reside en el ser intrínseco de la persona, sino en la percepción que los demás tienen de ella.
No se defiende a una jueza porque nos guste lo que investiga. Se la defiende porque en un Estado de Derecho nadie debería ser señalado, acosado o presionado por cumplir con su obligación.
Si cada juez tiene que preguntarse quién se enfadará antes de firmar una resolución, la Justicia deja de ser
Justicia y pasa a ser miedo.
Mi respeto у apoyo a Beatriz Biedma.
La independencia judicial no se negocia.
Quién piense que estamos asistiendo a una conspiración orquestada y coordinada por decenas de jueces, fiscales, policías, guardias civiles y medios, para derribar al gobierno, debería pedir cita urgentemente con su psicólogo/psiquiatra de cabecera.
Fernando, tu conclusión no nace del análisis del acuerdo, sino del filtro ideológico desde el que lo miras. Válgame.
Cuando todo se interpreta como “xenofobia” o “inconstitucionalidad” antes de entrar al contenido, el problema no está en la medida, está en el marco previo desde el que decides leerla.
La llamada “prioridad nacional” no es un eslogan excluyente, es un criterio de ordenación de recursos públicos. Y eso (te guste o no) es una función básica de cualquier gobierno: priorizar, gestionar y decidir.
En cuanto a la inconstitucionalidad, afirmarla sin concretar qué derecho se vulnera ni en qué términos no es un argumento jurídico, es una posición política expresada con lenguaje jurídico.
El ordenamiento distingue entre situaciones jurídicas distintas (ciudadanos, residentes, acceso condicionado a prestaciones) siempre bajo criterios de proporcionalidad. Eso no es nuevo ni excepcional. Y además lo sabes.
Lo que ocurre es que este tipo de medidas incomodan a quien parte de la premisa de que toda diferenciación es injusta. Pero gobernar no es sostener premisas, es gestionar realidades.
Y sí, el acuerdo fija un marco. Exactamente para eso sirven los acuerdos de gobierno: para traducir posiciones en políticas concretas, sometidas a control democrático y jurídico.
Lo demás, calificarlo de disparate antes de analizarlo, no es crítica, es prejuicio.
En que el tú te posicionas tan alegremente.
Saludos
Si una persona dice que llueve y otra que hace sol, el trabajo del periodista no es dar ambas versiones; es abrir la ventana, sacar la cabeza y ver qué pasa.
Si un Ministro da unos datos y los profesionales afirman otra cosa, el trabajo del periodista es ver cuál es la realidad.
VOX tiene capacidad para recuperarse de este bache demoscópico, en el que pierde apoyo en todas las encuestas que se han publicado desde Castilla y León respecto a los anteriores sondeos. Tiene el mayor porcentaje de fidelidad de voto de todos los partidos y Abascal es el líder mejor valorado entre sus votantes. Su único obstáculo para conseguirlo sería no reconocer que algo está pasando (incluso si ese algo es culpa de un tercero y no suya), y no actuar en consecuencia dejando que sus rivales se aprovechen de la circunstancia.
Que Indra no cuenta votos.
Lo hacen los miembros de las mesas electorales delante de apoderados e interventores de todos los partidos. A continuación el presidente lleva el resultado a las juntas electorales donde se hace el recuento oficial.
@CastroBodoque@PaquiParrilla@FloresJuberias Hay que tener poca categoría para atacar y esconderse detrás de un bloqueo.
Eres un CERDO. Lo aclara tu cara y tu bajeza humana. Chusma!
🚨🚨Lo de haber sido condenado al más grave delito que puede cometer un Juez, ha debido ser un mérito definitivo e indiscutible para ostentar este cargo, en esta España distópica orwelliana.
Cuando no se convalida un DLey, lo democrático es asumirlo. Volver a presentarlo es no respetar la voluntad popular. Forzar un derecho transitorio no solo es un fraude, sino una vía para prescindir del Parlamento y de la voluntad popular. ¿Eso es democrático? +
Hay análisis que, bajo apariencia técnica, parten de una premisa débil: que el apoyo a VOX es meramente emocional y, por tanto, volátil.
Ahí es donde conviene detenerse.
Resulta llamativo hablar de “riesgos estructurales” en VOX sin recordar que hace muy poco el PP atravesó una crisis mucho más profunda, con relevo de liderazgo y una evidente reconfiguración interna. Aquello también se presentó como terminal. No lo fue.
Tal vez el problema no esté en la política, sino en el marco desde el que se decide interpretarla.
Reducir el respaldo de millones de españoles a un supuesto “voto cabreo” no es solo una simplificación, es una forma de no querer entender qué está ocurriendo en este país.
Porque lo que algunos califican como enfado, otros lo identificamos como conciencia política.
Conciencia sobre la unidad nacional, la seguridad, los límites del Estado o el rumbo cultural de España.
Y eso no es coyuntural. Es estructural.
Las tensiones internas existen en todos los partidos. Siempre han existido. La diferencia no está en evitarlas (eso es imposible) sino en tener un proyecto que las trascienda.
Y VOX lo tiene.
Se habla de utilidad política como si consistiera en ocupar poder a cualquier precio. Pero la verdadera utilidad, en términos de país, no es estar, sino para qué se está.
Porque hay momentos en los que gobernar sin capacidad real de influir no es responsabilidad: es renuncia.
En ese sentido, VOX ha demostrado algo incómodo para muchos: que no todo vale por un sillón.
Santiago Abascal no representa solo un liderazgo, sino una línea clara en un contexto donde la ambigüedad se ha convertido en norma.
Y eso, lejos de debilitar, consolida.
Porque cuando un proyecto es reconocible, cuando no se adapta al viento ni diluye su posición, lo que genera no es ruido: es confianza.
Lo que está en juego no es una coyuntura interna. Es algo más profundo, si España quiere proyectos sólidos o relatos cómodos, si se premia la coherencia o la adaptación permanente, si la política sirve para transformar o solo para ocupar.
Y en ese escenario, VOX no es un actor circunstancial.
Es un actor necesario. Sic.
Llama la atención que se critique a VOX por “tensionar” la política, cuando precisamente ha sido esa tensión la que ha obligado a otros a abandonar la comodidad y a afrontar debates que antes se esquivaban.
Si hoy se habla de ciertos temas, no es por inercia.
Es porque alguien decidió no callarlos.
Reducir a VOX a una fuerza “domesticable” es no haber entendido su papel.
Los partidos no se miden solo por su capacidad de gestionar lo existente, sino por su capacidad de cambiar el marco en el que se discute.
Y en eso, guste o no, VOX ya ha dejado huella.
Se habla de “purgas”, de “tensiones”, de “personalismo”.
Curioso, porque esos mismos fenómenos han existido (y existen) en todos los grandes partidos.
La diferencia es que, en el caso de VOX, se utilizan como argumento político.
En otros, como anécdota.
Y esa doble vara de medir también forma parte del relato.
No es VOX quien debe justificarse, es quien aún no ha entendido por qué existe.
Europa Press: Crónica de un ruido anunciado
Hay momentos en política en los que el foco no se pone donde está el problema… sino donde conviene ponerlo.
Y este es uno de ellos.
Se lanza un titular con apariencia de gravedad (cifras redondas, palabras como “proveedores”, “sociedad en pérdidas”, “consultoría”) y se sugiere, sin afirmar, que hay algo turbio. Lo justo para que el lector dude. Lo justo para que la sospecha haga su trabajo.
Pero cuando uno se detiene (y conviene hacerlo) aparece el vacío:
¿Dónde está la ilegalidad?
¿Dónde está la irregularidad acreditada?
¿Dónde está el hecho objetivo que trascienda la insinuación?
No está.
Y entonces el debate deja de ser jurídico o ético… para convertirse en político. Que es donde realmente se está jugando esta partida.
Porque lo relevante no es el contrato que se sugiere, sino el contexto que se omite.
VOX no es hoy aquel partido que algunos conocieron en su fase inicial, cómoda en la pureza de la oposición y ajena a la incomodidad de gobernar. Hoy VOX es un actor institucional, con capacidad de decisión, con presencia en gobiernos autonómicos y municipales, y con responsabilidad real sobre políticas concretas.
Y eso tiene consecuencias. Salta a la vista.
Gobernar no es declamar. Gobernar es estructurar, coordinar, negociar, apoyarse en equipos, en profesionales, en proveedores. Como lo hacen todos los partidos que han pasado de la pancarta al BOE o al boletín oficial de turno.
La pregunta incómoda es otra:
¿Se puede sostener hoy una estructura política con poder institucional sin apoyos técnicos y externos?
¿O alguien pretende que la profesionalización es válida… salvo cuando conviene criticarla?
Se introduce además un elemento emocional cuidadosamente calculado: la comparación entre quienes “cobran poco” y quienes perciben cantidades mayores.
Un clásico. Repito: Un clásico.
Pero profundamente tramposo.
Porque confunde desigualdad con irregularidad. Y en cualquier organización (pública o privada) las diferencias retributivas no solo existen, sino que responden a funciones, responsabilidades y valor de mercado.
Convertir eso en escándalo es más eficaz que riguroso.
Y mientras el foco se desplaza hacia lo accesorio, se evita lo esencial.
Porque hay una realidad difícil de negar:
VOX ha pasado de la marginalidad política a ser determinante en gobiernos.
VOX ha condicionado agendas.
VOX ha introducido debates que hoy están en el centro.
Eso no lo hace un partido desarticulado.
Eso no lo sostiene un liderazgo débil.
Por eso, cuando faltan pruebas, aparecen los relatos.
Cuando no hay hechos concluyentes, se elevan las sospechas.
Y cuando el poder interno se discute, el debate se traslada al terreno más eficaz: el de la duda moral.
Pero conviene no perder de vista una idea sencilla:
La política se mide en resultados, no en insinuaciones.
Y mientras unos construyen relatos desde fuera, otros (con aciertos y errores, como todos) siguen sosteniendo el proyecto desde dentro.
Porque al final, en política, ocurre como en la vida:
El ruido es libre… pero la realidad siempre acaba imponiéndose.
Y al Sanchismo le estamos haciendo el caldo gordo. ¿Nadie lo ve?